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Hace tiempo que tomé la decisión, cuando un ser cercano moría, de evitar por todos los medios ver el cuerpo. No se trata de no aceptar la realidad, la realidad se impone al margen de esa visión: he podido ver el certificado de defunción, leer las esquelas, ver una lápida con el nombre, y con el tiempo, la simple ausencia ya me da fe del hecho. No hace ninguna falta que vea el cuerpo. Y sin embargo, el verlo lo cambia todo, porque las imágenes se quedan muy grabadas, y corro el riesgo de que cada vez que quiera, en mi imaginario, rememorar a dicha persona, mi cerebro me juegue una mala pasada, y en lugar de devolverme una imagen de dicha persona sonriendo y feliz, como yo querría que hiciera, me devuelva la de un cuerpo sin vida con expresión desconocida dentro de una caja.

Si imaginamos nuestro propio final, supongo que casi todos preferiríamos que nadie, a excepción de los familiares y amigos más íntimos, nos acompañara en los últimos momentos de agonía, con el dolor y los rastros de la enfermedad o las heridas reflejándose en un cuerpo que se agota. De hecho, si no nos diera miedo morir, o si no fuera por la despedida, creo que preferiríamos pasar por ese trance a solas.  Pocas cosas debe haber más íntimas que el sufrimiento o la muerte.  Ni tan públicas…

Me pregunto por qué cuando, a pesar del exhibicionismo creciente que demostramos, -si quieren saber a qué me refiero, visiten perfiles al azar en redes sociales y vean qué clase de fotos publican los ciudadanos de sí mismos de forma completamente voluntaria sin el menor pudor-, tratamos con respeto a nuestros enfermos y muertos, y no se nos ocurre difundir imágenes en las que se les muestre deteriorados porque atenta contra su dignidad.  Pero sin embargo, consumimos impasibles imágenes día tras día en los medios de comunicación de seres humanos en las más terribles circunstancias, que no han autorizado semejante difusión, sin que se nos pase por la cabeza cuestionamos la ética de semejante práctica. ¿Por qué? Porque es una práctica tan cotidiana y habitual que ha pasado a formar parte de nuestra cultura. Casi todos hemos desarrollado mecanismos de endurecimiento que protegen nuestra sensibilidad y nuestra digestión,  y los que no cambian de canal o apartan la vista. Pero por el mero hecho de formar parte de nuestra cultura lo hemos dado por válido, y no se nos ocurre cuestionar. Me pregunto si es un argumento suficiente.

Según la UNESCO, “La tarea primordial del periodista es la de servir el derecho a una información verídica y auténtica por la adhesión honesta a la realidad objetiva, situando conscientemente los hechos en su contexto adecuado. “

Dejando de lado la imposibilidad de una objetividad pura, podemos deducir de esas palabras que la finalidad primordial que se le presupone al periodista es la de informar, y para ello se sirve de palabras e imágenes. Las imágenes también se justificarían si están al servicio de ese fin, el de informar, o completar la información de las palabras. Efectivamente, estarán conmigo en que no es lo mismo que te cuenten que ha habido un terremoto con miles de víctimas mortales a  ver un vídeo con una secuencia de cadáveres cubiertos de moscas y barro por las calles. No es lo mismo. Existen muchas formas de ilustrar las consecuencias de un terremoto sin agredir la dignidad de las personas que están sufriendo, o que han muerto. De modo que la finalidad de esas imágenes no es la de informar, sino la de atrapar espectadores por su crudeza, convirtiendo la desgracia, el sufrimiento y la muerte ajena en espectáculo.

¿Qué ocurriría si un día de operación salida, sus padres, por poner un ejemplo, fallecieran en un aparatoso accidente de tráfico, tan aparatoso que el servicio de bomberos tuviera que trabajar horas para rescatar los cuerpos del amasijo de hierros? ¿Qué ocurriría si en el tiempo que dura el rescate acude al lugar de los hechos un periodista que, para cubrir la noticia,  toma unas imágenes de los cuerpos destrozados? ¿Les resultaría lícito la publicación en todos los medios de comunicación de esas imágenes, la de los restos de SUS PADRES, en aras de una mejor explicación de lo que es un accidente de tráfico en un día negro, o en aras del noble fin de aleccionar y prevenir a los ciudadanos? Y si tras las autopsias, el nivel de alcohol en sangre de su padre, el conductor, superara los límites legales, ¿sería entonces lícito exhibir su cadáver? O si, habiéndose saltado un semáforo, hubieran ocasionado más muertes además de la de ellos ¿entonces ya sí lo sería? ¿No serían suficientes para ilustrar el siniestro y sus consecuencias, -vuelvo a preguntarme- unas fotografías con los restos del coche?

¿Por qué si se respeta los nombres de refugiados de guerra, afectados por catástrofes naturales, víctimas de hambrunas, etc.. no se respeta su imagen, y no se les solicita permiso para hacerla pública y satisfacer al espectador de su ansia de cruento espectáculo audiovisual, o torturarlo con ella –según el caso-?

¿Por qué nos mostramos tolerantes ante la difusión de fotografías y vídeos mostrando la tortura, muerte y vejación del cadáver de un dictador asesino–por no hablar de la tolerancia ante su asesinato y tortura en sí? ¿Será que creemos que sus atrocidades en vida nos legitiman?

¿Por qué nos hemos conformado con adormecer nuestra sensibilidad ante ese mercado audiovisual que convierte la desgracia en espectáculo, y lo hemos aceptado como rasgo cultural, y no nos preguntamos acerca de su ética, ni nos cuestionamos su consumo?

Y por último, y quizá como forma de justificarme ante semejante número de interrogantes, les regalo el último, ¿podríamos acaso encontrar respuestas sin formularnos primero las preguntas?

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9 pensamientos en “El espectáculo audiovisual

  1. En cuanto a la última pregunta creo está claro: imposible encontrar respuestas si ni siquiera las buscas. Pero parece que en lo de respetar la intimidad del sufrimiento ajeno la batalla está perdida, no hay límites, ni para los desconocidos (baste mirar cualquier informativo) ni para los conocidos (baste recordar, por ejemplo, la foto de Esperanza Aquirre saliendo de quirófano tras su operación por cáncer de mama). Yo quiero estar informada de lo que pasa pero no se me debe dar opción a contemplar hechos que no aportan nada a la noticia. Todos los límites que creíamos tenía un periodismo profesional parece están saltando por los aires.

    • Una cosa es que haya una situación que creamos susceptible de mejora, pero de ahí a dar la batalla por perdida… lo que tiene que haber es batalla, y después, ya veremos ;-). Todo empieza por la toma de conciencia, y ésta, por una pregunta. Yo creo que nos hacemos pocas.

  2. Creo que en lo que ha dicho Ana está la diferencia: hay imágenes que no aportan nada a la noticia, quizás solo morbo o curiosidad (malsana). Lo que desconozco es si la carnaza se exige ahora desde los despachos para tener más audiencia en los informativos, o son los propios periodistas los que la buscan. Supongo que habrá de todo un poco.
    No estáis un poco hartas de esas aperturas de telediarios (da igual la cadena que sea) en que los primeros minutos los dedican a decir lo buenos que han sido en el último mes y que han liderado audiencia? (los espectadores nos han escogido para ser informados… bla bla bla). Lo ridículo es que lo dicen casi todos en el mismo tiempo.

    • Sí, todos lo dicen, porque también parece que cualquier encuesta, ranking y, no digamos, elección, es interpretable, siempre, claro, a favor del que interpreta. Al final va a resultar que todos vemos informativos objetivos y líderes de audiencia, así todos contentos.

  3. enhorabuena! me encanta la línea de euler! os seguiremos lunes, miércoles y viernes! me han gustado los tres post. dan para mucho, éste último, da para otra serie de post! dan ganas de poder hablar largo y tendido en lunes, miércoles, viernes o hoy domingo! El miedo viernes! el miedo es la respuesta a las preguntas (creo yo) el miedo a pensar en la muerte, el miedo a saber que vamos a morir, el miedo a aceptar que lo que vivamos depende sólo de nosotros mismos! Dios! qué responsabilidad!, y hablando de Dios! mejor sería si hubiese cualquier persona o todopoderoso que gobernara nuestra vida o nuestra alma, nuestras decisiones, nuestros errores. Así que voluntariamente nos adormecemos en este mundo que nos pone, por cierto, todo tipo de medidas supérconvincenteseconómicasbasura! que nos adormezcan y sí! somos capaces de ver lo más atroz mientras comemos porque es parte del espectáculo de adormecimiento. La muerte no va con nosotros! aunque como dice Eckhart Tolle: “recomiendo visitar un cementerio” para plantearnos todo esto, para agitarnos, para revolvernos, aunque sea para vivir de verdad. Enhorabuena otra vez!

    • El miedo a la muerte, y el miedo a la libertad, que están relacionados. Y con tanto miedo, y tanto dormir, nos perdemos la vida, con lo valiosa que es. A pesar de lo incómodo de las preguntas. O gracias a ellas. Mil gracias por el apoyo, y por la aportación, guapa!

  4. Jolín, con lo entretenido que es reflexionar, es una pena tener que trabajar. Claro que, a veces, un exceso de reflexión puede convertirse en un pequeño infierno, así que supongo que lo suyo es encontrar un saludable equilibrio entre la reflexión, el trabajo, y tantas otras tareas disfrutables y/o necesarias.

    Supongo que se pueden encontrar respuestas sin formular las correspondientes preguntas, por potra. Cuando Alexander Fleming descubrió las propiedades antibióticas de la penicilina, no fue porque se preguntara si aquella molécula tenía propiedades antibióticas, sino porque solía tener el laboratorio hecho una pocilga y uno de sus cultivos de estafilococo fue contaminado por error con esporas de moho. Fueron las preguntas que le desencadenaron aquella inesperada y no solicitada respuesta las que le permitieron profundizar en el hecho observado, aislando finalmente la penicilina.

    Claro que Fleming ya se hallaba inmerso en una investigación sobre la prevención de enfermedades bacterianas, por lo que en el momento de ver su cultivo contaminado ya tendría muchas preguntas relacionadas con ese tema en la cabeza. Quizá, si no se hubiera hecho esas preguntas, habría pasado completamente por alto el cultivo contaminado y no habría encontrado esa respuesta. De modo que finalmente no sé si se puede o no, pero a mí en todo caso me parece más útil planteárselas.

    Sobre tu actitud con respecto a los muertos, Patricia, creo que es acertada. En los últimos momentos de la vida de mi padre, y en especial en la última semana, fue exactamente la misma que adopté yo; no quería quedarme con esas imágenes de mi padre, sino con otras que recuerdo de mi juventud y mi infancia. Por ejemplo, él saltando en una cama elástica, en los tempranos ochenta a juzgar por sus patillas, con una sonrisa de oreja a oreja.

    Sin embargo, cuando por fin se fue, no me quedó más remedio que verlo ya que murió en casa, en los brazos de mi madre; allí donde pienso que debería morir todo el mundo (no en los brazos de mi madre, que no tiene tantos, sino abrazado a su pareja). Y lo primero que observé fue que había dejado de sufrir.

    A menudo asociamos muerte con sufrimiento pero no es así; en todo caso el sufrimiento es una característica más de la vida.

    Después me despedí de su cuerpo en el tanatorio, y tengo que reconocer al personal funerario la calidad de su trabajo. Sin haberlo conocido en persona, lograron devolver a mi padre una cara de paz y tranquilidad que no había tenido en ningún momento desde que su enfermedad comenzó a mostrar sus síntomas. De hecho, fue la mejor cara que le vi en dos años. No sentí ninguna necesidad de esconderlo de otras miradas.

    Puede que mi perspectiva en cuanto a la propia supervivencia sea diferente de la de otras personas; yo no puedo dejar huérfanos y aquello me deja la conciencia bastante más tranquila sobre lo que ocurriría si yo de pronto desapareciera. Quizá por ello pienso que el problema no es tanto la intimidad que no se concede a las víctimas de cualquier tragedia, sino el excesivo interés -la obsesión colectiva, diría yo- que demostramos por un tema tan sencillo como lo es la muerte. A mí no me da miedo morirme; en todo caso empatizo con la pena que quizá sientan otras personas que continúen vivas cuando yo me muera. Pero miedo a morirme, ninguno. Es algo que acepto como inexorable.

    Todo lo que existe, excepto las partículas de materia que componen en última instancia cualquier cosa material, dejará de existir algún día, porque el universo no es más que un montón de materia en movimiento, y ese movimiento implica que las partículas que hoy conforman cualquier cosa, antes o después se desplazarán para formar parte de otra cosa, o para moverse por el espacio en solitario. Para que no hubiese muerte tendría que dejar de haber movimiento; pero claro, entonces tampoco habría vida.

    Como mucha gente parece no aceptar ese simple hecho, tienden a refugiarse en pócimas, ungüentos, oraciones e incluso autoridades que les prometen una vida longeva cuando no eterna. Pero los vendedores de pócimas, ungüentos, paraísos divinos y otros artículos interesantes para el creyente en la inmortalidad no les apaciguan. Lejos de ello, alimentan sus miedos porque de ellos pueden sacar tajada. Los medios de comunicación nos recuerdan a diario los cientos de formas diferentes de las que podemos morir, porque saben que aquello nos obsesiona lo suficiente como para pagar dinerales por sus catálogos del terror. Los dirigentes políticos nos recuerdan a diario que el mundo está lleno de gente malísima que quiere matarnos, porque esperan que con ello depositemos en sus manos la responsabilidad de vivir nuestras vidas.

    La muerte es un hecho para todo el mundo, y su bondad o maldad es una cuestión completamente subjetiva. A los grandes saurios de la era cretácica quizá les molestara el meteorito que cayó en la península del Yucatán, cargándose a todos ellos menos al monstruo del lago Ness según algunos, y dando lugar al jurásico. Sin embargo, a los mamíferos el mismo meteorito nos vino como un regalo caído del cielo. Yo no siento una enorme vergüenza al admitir que me alegro de que murieran todos esos dinosaurios; suena algo cruel, pero es que de otro modo es muy improbable que hubiera tenido la oportunidad siquiera de vivir. También es justo que yo muera algún día y mi lugar sea reemplazado por otros seres vivos.

    Pienso que a la humanidad le iría mejor si dejásemos de conceder tanto valor a nuestras muertes y empezásemos a concedérselo a nuestras vidas. A mí me gustaría ver un periódico que me recordase a diario cien formas diferentes de disfrutar la vida.

    Y si no lo hay… ¡habrá que hacerlo! 🙂 Un saludo, y perdón por no saber sintetizar.

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