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Parte de nuestras reflexiones en la última semana confluirían en los claros límites que la información profesional ha de tener y en los difusos límites que parece tener.

El robo de las fotos a Scarlett Johansson no hubiera tenido mayor trascendencia si no se publican en un medio de difusión masiva. Tampoco lo hubiera tenido la foto de Esperanza Aguirre saliendo del quirófano tras su operación de cáncer de mama, o el vídeo del apresamiento y muerte de Gadafi si no hubieran salido de la memoria de los móviles que se utilizaron para capturar las imágenes.

Ahora todos somos potenciales reporteros, en cualquier momento podemos sacar el móvil y fotografiar a cualquiera y, lo que es peor, colgarlo en internet desde el mismo teléfono sin necesidad siquiera de esperar a llegar a casa.

No parece que haya límites o, si los hay, son sólo los personales de cada reportero ocasional o de cada medio de difusión. Así que, si los límites son personales, voy a intentar pensar lo que creo yo que deben ser.  Hay, en todo caso, dos claros y diferentes puntos de vista: el de quien difunde la intimidad y el de quien es propietario de ella.

Desde el primero, el de los medios de difusión, creo hay unos límites básicos que, quizá no casualmente, coinciden con los tránsitos o procesos básicos que nos identifican como seres vivos del reino animal: íntima habrá de ser la muerte, y el sufrimiento que acerca a ella, íntimo el nacer y el parir, íntimo el apareamiento y los rituales de acercamiento, e íntimos los procesos de la nutrición, tanto el alimentarse como el desalimentarse.

En cambio, desde el segundo punto de vista, el del dueño, el límite será el que cada uno ponga, porque considero tan legítimo el que alguien quiera mantener en secreto toda su vida personal como el que otro decida mostrar su casa o su cuerpo y contar todo lo que le venga en gana sobre sus aconteceres personales. Es más, también me parece aceptable el que en cualquier momento se decida dejar de hacerlo sin que el haber mostrado antes obligue a nadie a seguir mostrando. Este límite individual y exclusivo podría permitir a quién optara por ello franquear algunos de los límites del párrafo anterior, siempre que no afecte a la intimidad de otros adultos sin su consentimiento y que nunca afecte a la de los menores de edad, con o sin consentimiento de los padres.

La ley protege el derecho a la intimidad pero, aunque me consta que la policía se toma en serio las intromisiones, la reparación del daño es lenta, y costosa. Además, de nada vale la ley para los que ya no pueden apelar a ella. Sería imprescindible poner límites a los medios de difusión pero…¿existe una justa frontera entre el derecho a la intimidad y el derecho a la información sin caer en la censura? y… ¿quienes serían los encargados de marcarla?

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10 pensamientos en “Íntimo

  1. Yo creo que lo bonito sería que no hiciera falta ley alguna, que tanto periodistas como consumidores ejerciéramos con un poco más de ética y sensibilidad. Igual que hace unos años el que tu perro dejara sus restos en la calle no despertaba extrañeza y se consideraba como “normal”, mientras que ahora se mira muy mal y se ve como un hecho reprobable a quien no las recoge y las limpia. Creo que se trata de una cuestión de respeto y sensibilidad, que se irá adquiriendo con el tiempo y por convencimieno más que a golpe de leyes.

  2. Eso sería lo ideal, que el sentido común fuera el que dictara el límite, sin necesidad de censuras, simplemente porque las personas respetaran la intimidad de las demás, como mínimo en el grado que piden que se respete la propia. Siempre hay excepciones, las que tienen excesiva curiosidad por los aspectos más íntimos de los demás, y las que a su vez son exhibicionistas con su vida privada, ya sea por placer o por dinero.
    A mí particularmente no me interesa.

    • Y de las excepciones se nutren algunos programas de Tv, algunos periódicos, y algunos contenidos de la red. A mí sí me interesan las vidas de otros, aunque no sus miserias. Creo que se puede aprender mucho oyendo a otros, o leyendo sobre otras personas de toda procedencia y condición, y me gustan las entrevistas, las biografías, y también me pongo al día de vez en cuando en revistas “del corazón”, etc. Pero no necesito, ni me gusta, que me den todo detalle de las miserias de nadie.

  3. Sí, si lo bonito sería que no hicieran falta leyes, pero la realidad es que aún habiéndolas no parece que la ética y la responsabilidad sean bien de consumo habitual. Lo mismo es de verdad cuestión de tiempo. Ojalá.

  4. Muy buenas, soy un jueves cualquiera. ¿Se puede convertir este lugar en un polígono de N vértices?

    Yo estoy de acuerdo en que la intimidad es un concepto subjetivo y siempre debería serlo. No todas las personas reservan para la intmididad las mismas actividades y hay quien disfruta desnudando su vida al completo, igual que hay gente a quien avergüenzan actos aparentemente tan inocuos como comer en público.

    Aunque no me parece tan claro que ese deseo de intimidad sea característico de todo el reino animal; más bien me parece un rasgo definitorio de los seres humanos. Otros animales nacen, se pasean desnudos, comen, defecan y copulan por allá por donde tengan ganas y posibilidades. En cuanto a morir, cada uno muere donde le pilla. Sin embargo, no creo que ese detalle -si el deseo de intimidad es un instinto puramente animal o de animal humano- sea relevante a la hora de reflexionar sobre lo que es mejor o peor para las sociedades humanas, que, al fin y al cabo, están formadas predominantemente por seres humanos.

    El problema de la falta de intimidad cuando se desea es interesante y, si tiene alguna solución, a mí me parece que aquella pasa por la concienciación y la educación, mucho antes que por la legislación. Hace ya milenios que se intenta resolver otros problemas a base de escribir leyes, y los problemas siguen ahí.

    Y es que inventarnos límites imaginarios a la capacidad de comunicar información no impone límites reales a la capacidad de comunicar información. Por muy reprobable que sea publicar unas fotos de Scarlett Johansson en cualquier tesitura sin su consentimiento, aquello no lo convierte en imposible. Y dado que en el planeta del dinero siempre habrá alguien sin escrúpulos dispuesto a hacer lo reprobable si es rentable, no veo qué podría solucionarse con leyes. Será más eficaz concienciar a los consumidores de ese tipo de información, para que lo reprobable no resulte rentable.

    ¿Pero por qué resulta tan rentable la publicación de semejantes fotos? ¿Buscan los consumidores contemplar el cuerpo desnudo de esa mujer? Obviamente sí, pero… ¿van detrás del cuerpo desnudo? ¿O más bien desean contemplar a esa mujer? Teniendo en cuenta que desde hace años circulan por la red millones de fotos y vídeos de personas anónimas en las situaciones más variopintas, muchas de ellas supuestamente íntimas, no creo que sea lo primero sino más bien lo segundo. A mí me da la impresión de que los consumidores buscan conocer cuantos más detalles mejor sobre las vidas de sus ídolos.

    Quizá la solución no pase por concienciar a la gente de que publicar y consumir datos de la vida privada de otras personas, sin su consentimiento, es un acto reprobable. Todo el mundo tiene deseos de intimidad en algún u otro momento de sus vidas y, por tanto, todo el mundo debe de entender lo desagradable que puede llegar a ser que otras personas las desnuden; no creo que sea necesario concienciar a nadie en ese sentido. Sin embargo, quizá disminuiría el interés de la gente por los detalles más escabrosos de la vida de sus ídolos si la gente idolatrase menos a personas que no conocen de nada.

    Y es que la organización social humana no deja de ser una enorme muchedumbre de gente anónima salpicada por unos pocos grandes ídolos famosos a los que la muchedumbre adora. A diario mamamos de mil maneras lo importantes que son Scarlett Johansson, Cristiano Ronaldo, Fernando Alonso, Obama Bin Laden, Ángela Mercury y otras personas, de forma tan insistente que todo el mundo termina creyéndoselo. Así, no es extraño encontrarse con gente que se califica a sí misma, con toda naturalidad, como “alguien importante”. Y cuando a alguien importante le roban unas fotos íntimas para publicarlas en Internet, se arma la de San Tintín. Sin embargo, los miles de fotos de gente que no es importante que también se encuentran en Internet desde hace años, a nadie parecen importarle.

    Pero no debería ser así. La lista de personas que a mí me importan la escojo yo, y no tiene por qué ser igual que las vuestras; la importancia de cada ser humano es un concepto completamente subjetivo. Yo, por ejemplo, escojo entre mis familiares y amigos a la hora de buscar mis ídolos.

    Quizá el interés desmesurado por las vidas de los famosos es el precio que tienen que pagar por esa fama de la que en muchos otros contextos salen estupendamente bien parados. No estoy yo seguro de que sea menos reprobable aceptar sueldos y prebendas desmesurados a cambio de dar pataditas a un balón, o de fingir ser otra persona durante hora y media de peli, o de realizar otras tareas de utilidad real moderada, y luego quejarse cuando las personas de quienes sale toda esa riqueza pretenden obtener más a cambio de su inversión. Tal vez, para poder gozar del anonimato, sea necesario mantenerse anónimo.

    En definitiva, yo pienso que si queremos más intimidad, tendrá que ser en parte a costa de la idolatría. Y para dar un giro al tema sin llegar a salir de él, me gustaría despedirme con una pregunta.

    Dentro del creciente clima de paranoia antiterrorista mundial, y con el avance en las tecnologías de captación y proceso de imágenes, diferentes autoridades parecen estar interesadas por la implantación, en aeropuertos, de sistemas que permitan examinar a los pasajeros a través de sus ropas. No sé si aquello es aún ciencia-ficción o realidad, pero me interesa conocer lo que otras personas opinan sobre sus implicaciones si fuese cierto.

    Para ponernos en el divertido caso extremo, ¿pensáis que sería lícito que los administradores de la sociedad obligasen por ley a la gente común a viajar en pelotas en beneficio de su seguridad?

    Un saludo, y enhorabuena por vuestro círculo de opinión triangular.

  5. Evidentemente, no.

    Y no creo que haya que renunciar a ninguna idolatría, cada uno es libre de idolatrar a quién y cuánto quiera. Sí es verdad que creo habríamos de tener claro que, sea el trabajo que sea el que uno tenga, tiene siempre derecho a preservar lo que quiera de su intimidad. Se idolatra una imagen, una foto, no una realidad. Lo que desde luego sí va a acabar con cualquier tipo de idolatría es el conocimiento extremo de los personajes. Porque de cerca no existen dioses en el olimpo humano.

  6. Por supuesto que cada uno es libre de idolatrar a quien quiera y cuanto quiera, no seré yo quien trate de imponer unos límites imaginarios a la capacidad de cada uno de idolatrar. Y también coincido contigo en que la idolatría a menudo implica cierto grado de idealización, porque todos estamos lejos de la perfección y nuestros defectos no siempre saltan a la primera vista. A veces, para desenamorarse, basta con conocerse un poquito más.

    A lo que yo me refería es a que el interés que han suscitado las fotografías en cuestión ha sido desproporcionado al compararlo con el interés que han suscitado en el pasado miles de otras fotografías similares de mujeres que no eran Scarlett Johansson, y me pregunto si la diferencia radica en el hecho de que su imagen es un ídolo reconocible en gran parte del mundo: una enorme cantidad de personas sabe relacionar el nombre de esa chica con su imagen. Porque es en ese interés desproporcionado donde yo pienso que radica lo lucrativo de publicar esas fotos.

    Pero no creas que estoy tratando de justificar lo ocurrido basándome en que aquella mujer es famosa; a mí, tanto el hecho de publicar esas fotos como el de consumirlas me parecen reprobables. Si bien a mí me encantaría que compartiese conmigo la belleza que presupongo en su cuerpo, no la tomaré sin su consentimiento porque no me parece que el robo sea un pilar muy sólido sobre el que asentar una sociedad mínimamente próspera. Además, para mí, el encanto no reside tanto en la visión de un cuerpo desnudo sino en que esa persona quiera compartir la belleza de su cuerpo conmigo, que es una sensación mucho más especial. Quizá pueda exponer mejor lo que intento recurriendo a la analogía del trabajo.

    Actualmente, en este mundo en el que todos nos hallamos enfrascados -bien por gusto o por necesidad- en la tarea de hacer dinero, los productores de bienes y servicios tienen cierta tendencia a acaparar cuanto más mercado mejor, ya que aquello les permite acumular más riqueza, que es de lo que parece que trata la vida de algunos. Por ello, es normal encontrar grandes centros de trabajo que aglutinan a miles de empleados, y todas aquellas personas acuden a trabajar empleando las mismas carreteras de acceso, los mismos trenes y los mismos autobuses, lo que a menudo genera congestiones por exceso de demanda.

    Si se descentralizase el trabajo fomentando la producción y el consumo local, aquello diluiría el interés de los usuarios por esa serie de recursos específicos, minimizando la posibilidad de que aquellos llegasen a su punto de saturación, además de tener otros beneficios que no son relevantes en esta analogía.

    De un modo similar, cuando los siete mil millones de seres humanos que poblamos el planeta admiramos con exaltación a un puñado de personas (¿cuántos famosos ídolos de masas habrá? ¿Mil? ¿Diez mil? ¿Cien mil? Aun cien mil famosos supondrían poco más de un 0,001% de la población mundial), por pequeño que sea el interés que cada uno siente por conocer detalles de sus vidas -y es natural interesarse por las vidas de aquellos a quienes uno admira- eso supone una cantidad tremenda de interés. Me guste a mí el hecho o no, si atendemos al número de personas en el mundo que se interesan por la vida de Scarlett Johansson, se trata de una mujer con una vida muy interesante.

    Sin embargo, si cada uno buscase entre sus conocidos a la hora de escoger sus ídolos, nadie acapararía tanto interés como para que resultase rentable exponerse a una sanción por hurgar en los detalles de su vida. Y serían, en mi opinión, mejores ídolos, ya que estarían basados en el conocimiento; no en si Han Solo es más o menos simpático que Luke Skywalker. Yo admiro más a algunos de mis familiares y a algunos de mis amigos a medida que voy conociendo sus capacidades y sus comportamientos más admirables.

    Pero también he pecado de idealizar e idolatrar en exceso a algunas de las personas a mi alrededor, no siempre con consecuencias de lo más divertidas, así que cada uno idolatre, cuanto quiera, a quien o lo que quiera, desde luego; no seré yo quien diga a nadie cómo vivir su vida. Pero que no se sorprendan los enormes ídolos si despiertan un enorme interés.

    Eso sí, todas aquellas personas que hayan visto y compartido las fotografías en cuestión deberían mandarle a Scarlett Johansson sus propias fotos en pelotas, para que ella las publique si lo estima oportuno. Aquello, al menos, eliminaría el doble rasero de que yo sí puedo publicar tus fotos pero tú no puedes publicar las mías.

    Jolín, vaya verborrea la mía. Hala, levántate del ordenador y acuéstate mejor en la cama, que si sigues dormida sobre el teclado se te van a marcar todas las teclas en el moflete 🙂

    Un saludo.

    • A mí particularmente me parece que la idolatría es insana, y el principal perjudicado el idólatra. Cambiaría la idolatría por la admiración, que para mí es más sana.

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