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Es admirar “ver, contemplar o considerar con estima o agrado especiales a alguien o algo que llaman la atención por cualidades juzgadas como extraordinarias”, e idolatrar “amar o admirar con exaltación a alguien o algo”, la única diferencia, según la RAE, es entonces la exaltación. Si parece encomiable la admiración y provoca rechazo la idolatría, la pega no puede estar más que en la exaltación.

Es exaltar “avivar o aumentar un sentimiento o pasión” o también “dejarse arrebatar de una pasión, perdiendo la moderación y la calma”. Ninguna de las dos definiciones, a priori, me provoca a mí ningún rechazo. Más me desagrada la tibieza que la exaltación. Así como la información necesita un criterio para ser manejada y entendida, los sentimientos también requieren criterio (o quizá se llama madurez) para ser manejados. Porque no es lo mismo la exaltación en un campo de fútbol cuando tu equipo del alma acaba de ganar en la tanda de penaltis que la que se ve cada dos por tres en cualquier embotellamiento de tráfico. Es preceptiva cierta dosis de exaltación en los lances amorosos y prohibida debería estar en las reuniones de padres en los colegios.

Así como compartíamos que la información en internet ha de ser manejada con un criterio inteligente para que sea útil, también creo yo que así deben manejarse todos los sentimientos, en especial los que trascienden fuera de nosotros. No considero mala la idolatría, pero sí es verdad que no me gustan los idólatras inconscientes. Me parece un privilegio de nuestro tiempo la información “total” en la red, pero me espanta quienes hacen un uso insensato de ella. De resultas de lo anterior, lo que deduzco es que lo que a mí me aterra son los inconscientes, los insensatos, y que lo que de verdad admiro es la conciencia, la sensatez… en resumen, la inteligencia.

No siempre admiro la cultura (en algunos casos, dadas las oportunidades de las que han dispuesto algunas personas, si no son cultos es para matarlos) pero siempre admiro, o incluso idolatro, la inteligencia. En cualquier ámbito: en el manejo de la información, o de los sentimientos, en casa, en el parque o en el coche, en los amigos y los desconocidos, en los políticos, en las taquilleras del metro o en los fruteros. El manejo de cualquier situación vital con inteligencia es lo que me parece de verdad admirable.

En resumen, para mí tan válidas son la admiración como la idolatría pero, eso sí, con seso.

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8 pensamientos en “Admirable

  1. Muy buenas, ¿qué tal ese lunes?

    A ver si me hago una web para compartir con otras personas mis reflexiones, que vengo por aquí a contar mis rolletes como si esto fuese mi blog. Pero ya se sabe, en casa del herrero, se come con pajita porque el pobre perdió los dientes en un desgraciado accidente en el que también se vieron envueltos un yunque, una fregona y un chimpancé adulto con un plátano. Así que, mientras venzo la pereza, confío en que no os moleste si vengo a pensar por aquí.

    A mí, la idolatría en sí, no me parece diabólica aunque pienso que todo es más conveniente ejercerlo con moderación, y si la idolatría implica admirar sin moderación, entonces quizá conviene admirar un poquito menos hasta recuperarla; se puede combatir la tibieza con pasión, pero sin llegar a perder la calma. El ejercicio con el que tengo más problemas es la idolatría hacia desconocidos. Porque los grandes ídolos de masas no siempre exponen al público su verdadera personalidad -a los actores y a las actrices, por ejemplo, les conocemos generalmente por interpretar otras personalidades- y a veces la personalidad del ídolo en cuestión, en la intimidad, no es nada digna de admiración. Pero que cada uno admire a quien o lo que encuentre admirable; lo más objetivo que se puede decir de la admiración es que es totalmente subjetiva y a mí me parece muy bien: yo tengo mi propio conjunto de ídolos cercanos -mi hermana, por ejemplo- y odiaría que alguien tratara de imponerme los suyos.

    Mucho más interesante me parece el tema de la inteligencia, un concepto que -en mi opinión- va ligado al propio concepto de la vida. No solo somos inteligentes los humanos, también lo son seres mucho más sencillos, como las plantas o un simple virus. Un árbol, por ejemplo, demuestra inteligencia cuando despliega sus hojas hacia la luz solar y entierra sus raíces en el húmedo suelo. Las células de sus hojas son ricas en estructuras fotosensibles y las células de sus raíces son ricas en estructuras de absorción de agua y sales minerales, por lo que esa configuración permite maximizar la energía recibida del sol y el agua y los nutrientes recibidos de la tierra. Un árbol que expusiese al viento sus raíces y enterrase sus hojas, en cambio, me parecería un árbol gilipollas, si me permitís la expresión (y si no me la permitís, me temo que ya la he dicho). También un virus demuestra cierta inteligencia cuando inyecta su genoma en una célula capaz de expresarlo y replicarlo, ya que el virus solo puede expulsar su genoma fuera de sí mismo una vez, y por tanto debe ser muy selectivo a la hora de decidir dónde lo expulsa. Un virus que perdiese su única oportunidad tratando de infectar una piedra me parecería también, como esos árboles locos, un virus muy estúpido. ¿Qué es, entonces, la inteligencia? Yo diría que es la capacidad de emplear la información extraída del entorno en beneficio de la estabilidad propia.

    Las células germinales de la semilla del árbol contienen microscópicos cristales que actúan como factores de transcripción de algunos de sus genes: si la célula contiene una proporción elevada de cristales, entonces se pone en marcha una cascada de expresión de genes que resulta en la diferenciación de esa línea celular como células de raíz. Si la proporción es baja, no se iniciará aquella cascada de expresión genética y la diferenciación del tejido resultante será otra: presumiblemente en células de la parte aérea de la planta. ¿Cómo logra la semilla entonces saber hacia dónde proyectar la raíz? Por la gravedad terrestre. Los cristales, pese a ser microscópicos, son más densos que el resto de las estructuras celulares y tienden a acumularse en la parte inferior de la célula germinal. Así, tras la primera división en el plano horizontal, la proporción de cristales en las células hijas es diferente y también lo es su destino embrionario. Me dirás que no es inteligente aquello.

    En el caso del virus, éste expone hacia el exterior una superficie de proteínas y azúcares que es complementaria, en cuanto a su forma tridimensional, con estructuras análogas en la membrana de las células que son compatibles con su genoma. En el interior del virus, esas estructuras están conectadas al mecanismo de eyección de sus ácidos nucléicos, por lo que solo la proximidad inmediata de una célula compatible dispara -en un virus sano- el mecanismo por el cual el virus tratará de infectarla. Y así, el virus también es inteligente porque aunque el individuo inicial se destruye durante el evento, tras un período de tiempo la célula infectada vierte al medio miles de estructuras que son prácticamente iguales que él; con alguna que otra modificación en algunos individuos por efecto de multitud de causas independientes. A lo largo del tiempo, el virus logra con ello la estabilidad de su propia estructura y en eso me parece que consiste la inteligencia.

    ¿Y por qué me parece que el concepto de la inteligencia va ligado al de la vida? Porque aunque no todos los seres vivos comen, beben o tan siquiera se reproducen -los virus no hacen ninguna de esas cosas por sí mismos- todos los seres vivos son capaces de extraer información de su entorno y emplearla en beneficio de su propia estabilidad. Ese es, para mí, el rasgo definitorio de la vida. Así, cuando oigo la expresión “vida inteligente”, me parece un pleonasmo.

    En fin, que estoy de acuerdo contigo; yo también considero la inteligencia admirable y la admiro tanto en un árbol que crecería boca arriba si tuviese boca, como en un virus que va palpando su entorno hasta encontrar dónde meter sus genes (vamos… ¡lo que viene siendo un hombrecito!). Y no hay que olvidar que algunos virus son nuestros amigos. Gracias a muchos bacteriófagos, por ejemplo, las bacterias que nos ponen malitos se ponen, a su vez, malitas.

    Buenas tardes.

  2. Yo también admiro la inteligencia, que no tiene a veces nada que ver con un alto grado de formación académica. La inteligencia va más allá, es más sutil y lo ideal es manejarla con la suficiente destreza para que en la vida se equilibre la sensatez y la pasión.
    Los excesos de sensatez me han llevado a perderme grandes momentos en esta vida (aunque también me he ahorrado algún que otro disgusto) y la pasión… aún estoy intentando controlarla.

    • Yo creo que la inteligencia nunca tiene que ver con el grado de formación, aunque es verdad que a mayor grado de formación académica mayores son los recursos de los que dispone la inteligencia para actuar. Y, en cuanto a los sentimientos, supongo que los verdaderamente inteligentes son los que llegan a equilibrar sus dosis de sensatez y de pasión en cualquier momento y circunstancia, la mayoría de los mortales somos meros aprendices.

  3. Idolatrar implica un sentimiento más fuerte que admirar. De hecho, en muchos otros diccionarios se define como “amar excesivamente a una persona o cosa”. Dentro de los excesos -que ya tienen una cierta connotación negativa- siempre hay grados, lo que tú has llamado insensatez, que en ocasiones roza la obsesión, o la traspasa. Yo no valido o invalido nada, es sólo que el grado de idolatrar me parece menos sano, por las implicaciones que tiene o puede llegar a tener. Yo puedo conmoverme hasta la médula con la música de alguien, pero no por ello espero a las puertas de un hotel para conseguir un autógrafo que besaré y conservaré como si fuera un tesoro, ni llenaré las paredes con sus fotos, ni lloraré y gritaré de éxtasis si al firmarme me roza la mano. Lo que conozco es su música, y es su música lo que me emociona, y admiraré con toda la intensidad del mundo su talento creativo. Y ya. Y es que idolatrar es también adorar ídolos o falsas deidades. Eso de convertir a hombres en dioses es muy legítimo, pero me encantó eso que dijiste acerca del olimpo humano.
    Y en cuanto a conocidos, admiro muchas cualidades de personas a las que quiero: la bondad, la sensibilidad, el valor, la inteligencia, la imaginación, el sentido del humor, la belleza, la actitud ante la vida, muchas cosas. Pero lo que siento no es idolatría hacia ellas. Siento admiración hacia sus cualidades y amor hacia las personas. Y amor muy intenso, pasión incluso. Pero no idolatro. Porque el amar con exaltación de la definición de idolatrar no tiene la misma connotación, ni se utiliza en el mismo sentido, diga lo que diga la RAE, que el amor con exaltación del enamoramiento, o del amor filial, o de cualquier otro tipo de amor exaltado que al menos en mi caso siento hacia personas muy cercanas…
    Yo la diferencia la veo un poco como esa explicación, creo que de Aristóteles, de en epopeyas y grandes tragedias el autor miraba a sus personajes -los grandes héroes- de rodillas, en los dramas frente a frente, y en las comedias desde arriba -por eso los deformaba, comomás tarde Valle en el esperpento,-. Pues eso, que idolatrar supone mirar al ídolo de rodillas, mientras que en la admiración se mira frente a frente, a un igual. Y yo no censuro o invalido nada, que cada cual se arrodille, mire por encima, o lo haga de frente, pero a mí esto último me parece más sano, especialmente para quien mira.

    • Lo de recurrir a la RAE es porque a veces creo que usamos palabras con connotaciones positivas o negativas sin que, en realidad, las tengan. Aunque también es cierto que el lenguaje se construye y modifica en la calle y, con el tiempo, los usos de la calle acaban incorporándose al diccionario.

      Yo no creo que la admiración sea mirar frente a frente, si admiras es porque, al menos en la cualidad que admiras, te parece que el admirado es mejor que tú, sin que tengas que sentirte inferior. Creo que admiramos cualidades que nos gustaría tener o que aspiramos a tener. Y me parece bueno admirar a otros. En cuanto a la idolatría pienso que sólo es posible en personajes públicos, no cercanos, en aquéllos que ofrecen una imagen parcial de sí mismos (actores, músicos, etc.) porque sólo en la parcialidad es posible el endiosamiento (por eso del olimpo). Yo no creo haber idolatrado a nadie nunca, ni siquiera a cantantes, músicos, o escritores, pero quizá tampoco nunca he alcanzado un grado de máxima exaltación en ningún sentimiento, cuestión de carácter, supongo.

      • Totalmente de acuerdo con que los objetos de idolatría es difícil que sean seres cercanos a quienes se conoce. Yo creo que sí se puede admirar frente a frente, eso es precisamente el apreciar y valorar cualidades de otros sin que tú te sientas inferior, a eso me refiero con lo de arrodillarse, a ese sentirse inferior. Yo puedo reconocerme menos inteligente o imaginativa que alguien, admiro a ese alguien, e intento aprender, y disfrutar con su inteligencia o imaginación, pero sin sentirme por ello “peor”, o “inferior”. Tan sólo menos inteligente. Oye, otro día hablamos de denotación y connotación. Anda que no se nos ocurren cosas de las que hablar!!!! DE seguir así vamos a tener que doblar días 😉 Un beso

  4. Pues eso, que a veces decimos casi lo mismo pero de formas diferentes. Yo creo que sí se mira un poco hacia arriba cuando admiras a alguien, pero también que no es preceptivo (ni recomendable) sentirse inferior. No sé si termino de explicarlo bien, a ver si me concreto un poco, por ejemplo: yo admiro a prácticamente todas mis amistades y a gran parte de mis familiares, pero eso no me hace sentirme inferior, más bien al contrario, me da subidón ver qué plantel de afectos tengo. Y en eso de doblar días… buff, no sé si “lunes” da para más… Bs.

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