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Por suerte o por desgracia, el cerebro sí es inteligente, responde a estímulos y tiene memoria en materia de experiencias dolorosas. Vamos a dejarnos de eufemismos y a concretar la experiencia dolorosa. Hablaba Miércoles de pasión. Bueno, quizá no sea la pasión propiamente dicha la que duela, sino el final de la misma. Y no sólo duele porque se haya terminado, que sí, pero también porque se echa de menos, ¿por qué? porque se quería más, porque se quería para siempre. Un momento… ¿para siempre? esto supone que se había proyectado esa pasión hacia el futuro, en forma de ilusión o de sueño. Y es que cómo no va a doler cuando termina. Se queda uno sin esa pasión, con lo vivo que hace sentir, pero no sólo ahora, sino además siempre. Porque resulta que ese siempre que habíamos construido con algodón de azúcar y música de violines no va a poder ser. Se termina el amor y se rompen las ilusiones y los sueños, y toca pensar en otro siempre diferente, con la buena pinta que tenía ese que habíamos imaginado. Y encima toca pensarlo sin pasión. Las desgracias nunca vienen solas.

¿Que si el cerebro aprende? Vaya si aprende. Sufre, -vaya si sufre-, y se defiende. Eso no significa que nos vaya a impedir enamorarnos de nuevo, volver a sentir pasión, mariposas en el estómago o música de violines.  Pero probablemente cuando vuelva a ocurrir lo abordemos de una forma diferente, con un elemento en juego que la primera vez no había, y sobre el que guardo dudas, pues no sé si nos protege o nos enferma. Estoy hablando del mecanismo de defensa por excelencia: el miedo.

Y así, la siguiente vez, nos daremos, pero un poco menos, porque cuanto más sincero, más entregado y más bonito, más ilusiones. Y cuanto mayor sea la ilusión, mayor el dolor en el caso de que se rompa.

Las ilusiones rotas duelen. Las que tienen que ver con el amor y las que no. Todas duelen. El final de una ilusión pequeña supone un dolor pequeño, y el final de una ilusión grande un dolor grande. Moraleja, precaución con las ilusiones.

De modo que poco a poco, de desilusión en desilusión, de frustración en frustración y de desengaño en desengaño, vamos aprendiendo y desarrollando ese inteligente mecanismo de defensa, que llamaremos prudencia, que suena mejor, pero que no deja de ser una consecuencia directa del miedo. E iremos aprendiendo a enamorarnos y a emprender cualquier proyecto con precaución, tratando de medir el tamaño de las ilusiones, y progresivamente reduciremos el espacio que reservábamos para la confianza y la fe para dar cabida a la posibilidad de fracaso y a la inseguridad. Y cuanto menos creamos en algo o en alguien o en nosotros mismos, menos ilusiones nos haremos, y cuanto menores sean las ilusiones, menor el dolor en caso de nada salga bien.

Pero hay una parte que se nos olvida, y es que la ilusión hace feliz, y proporciona energía para construir. Y ya digo que además que aplica a cualquier proyecto, y no sólo a los que tienen que ver con el algodón de azúcar y la música de violines. Y es que si falta la ilusión, si falta la fe en que algo pueda salir bien, en algo, en alguien o en nosotros mismos, ¿qué energías o qué esfuerzos invertiremos en ese algo? Pocos o ninguno. A menor ilusión menos energía, menos esfuerzo, menos cosas construidas, menos felicidad, y por supuesto también menos picos de dolor. Y cuando terminamos de perder la capacidad para ilusionarnos caemos en el cinismo como forma de vida. Con ese “no hay nada que yo pueda hacer, no merece la pena, es imposible, todo es una mierda, nada va a cambiar”,  conseguimos vivir sin picos de dolor desgarrador pero también sin felicidad el resto de la vida. Yo creo que el miedo nos protege, pero nos enferma.

Así que apuesto por ser irracional, e ir en contra del miedo, y ya que es  imposible evitarlo enfrentarse a él, aunque  las ilusiones cuesten un poco más de trabajo, y hagan falta más esfuerzos de fe, y más vencer ese escalofrío que da el pensar “como me dé una hostia con esto no lo voy a soportar”, (aunque el discurso no suele ser tan honesto, y lo cambiamos por miles de excusas). Merece la pena el esfuerzo de vencer ese miedo tan inteligente y racional -que sí, que está ahí, salvo  para los niños y jóvenes, que lo hacen todo con esa ilusión, sinceridad e ingenuidad de la primera vez-  para poder dejarnos llevar por las ilusiones, la pasión, y el ánimo exaltado. En el amor, y en todo lo demás.

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3 pensamientos en “Lo racional de lo irracional: contra el miedo.

  1. El cerebro aprende, pero no siempre bien. La verdadera inteligencia habrá de ser la que hace conjurar el miedo y vencerlo, darse un plazo de duelo para cada fracaso (de los de violines o de cualquier otro) y volver a dejarse ilusionar, las veces que haga falta. El miedo es bueno en su justa medida, nos avisa de un peligro o nos recuerda que una vez sufrimos, pero el cerebro tiene que servirnos para recordar también que quizá alguna otra vez, aunque sea lejana, apostamos fuerte en ilusión y salimos ganando, o que quizá fracasamos y sufrimos pero, con la práctica, hemos aprendido a fracasar y ya no nos cuesta tanto hacerlo. Una vez leí que la mejor forma de conjurar los fracasos es aprender a fracasar… fracasando aposta, para darnos cuenta de que se sobrevive y que no es para tanto. A veces identificamos inteligencia y racionalidad y yo creo la verdadera inteligencia es la que nos permite dosificar racionalidad e irracionalidad, salirnos del tiesto de vez en cuando y entrar cuando convenga. ¡Feliz viernes!

  2. Conozco gente que se ha blindado después de una ruptura de pareja, que no se atreve a volver a probar y se inventa excusas tontas para romper cualquier inicio de relación. Hasta se autoconvencen de que no están hechos para la vida en pareja y que no van a volver a enamorarse. Eso no es miedo es cobardía. Quien no lo ha pasado mál después de una ruptura, da igual que te dejen, o que dejes, es algo que se rompe y en lo que como dices habías puesto ilusión, normalmente mucha (todo va con el carácter).
    Cuando eres adolescente crees que te vas a morir cuando te deja tu primer novio, aunque solo hayas salido tres meses. Con el paso del tiempo y de las relaciones, cortas o largas, intensas o suaves, vas aprendiendo, depurando, y cada vez estás más segura de lo que quieres o de lo que no quieres repetir. Lo que yo por lo menos sigo sin controlar es la ilusión, siempre pongo la misma, toda la que tengo
    Me ha encantado y suscribo enterito tu último párrafo. Bs.

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