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Dice el dicho que “mientras hay vida hay esperanza”. Es esperanza, según varios diccionarios, sinónimo de ilusión. Y decía Viernes que “cuanto mayor sea la ilusión, mayor el dolor en el caso de que se rompa”. Es cierto que, cuantas más ilusiones o esperanzas tenemos puestas en nuestros proyectos, más probabilidades tenemos de fracasar… como también más probabilidades tenemos de triunfar (por aquello de no haber puesto todos los huevos en la misma cesta).

La ilusión no siempre es un sentimiento asociado a la música de violines, porque ilusión ponemos en cualquier proyecto nuevo, profesional, personal, deportivo o familiar, ilusión ponemos en la misma vida, pero parece que el usar la palabra ilusión significa que el que lo hace es un “iluso” y no está bien visto. Por eso he preferido usar la palabra esperanza, que parece menos entusiástica y suena mejor.

Esperamos, siempre esperamos, con la intención de que lo que deseamos sea posible. Esperamos tener un buen día, que la gripe no nos machaque, que nuestro jefe no tenga mal día, y nos amargue el nuestro, que la película que vamos a ver nos guste, que esté buena la comida que cocinamos, que nuestro equipo gane el partido, que el diagnóstico sea benigno, que nuestros hijos estén sanos, que el euribor no se desmande, que la lluvia llene los pantanos, que aprobemos el examen, que el amor nos dure, que la justicia sea más rápida, que no nos duela más la cabeza, que no suban los impuestos, que nos quepa la ropa del año pasado, o que nos toque la lotería. Esperamos. Siempre esperamos. Y, por eso, estamos vivos. Porque si ha de ser cierto que mientras haya vida tendrá que haber esperanza, no es menos cierto que, si  no hay esperanza, lo que no hay es vida, o a lo que hay no se le puede llamar VIDA, así, con mayúsculas.

La esperanza, la ilusión, marcan la diferencia entre quien vive y quien VIVE.

La pega es que esas mayúsculas no podemos elegir aplicarlas sólo a la parte buena y suelen implicar que, si nos ilusionamos a lo grande, cuando fracasamos la torta es también… mayúscula. Pero no dejan de ser gajes del oficio. Del de vivir. Con mayúsculas.

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4 pensamientos en “Esperanza

  1. A mí me parece bien que distingas entre “vivir” y “VIVIR”, que tal y como los empleas son claramente conceptos diferentes. Sin embargo, no estoy seguro de la conveniencia de usar esa forma de distinguirlos, ya que es exclusivamente gráfica. Tanto “vivir” como “VIVIR” suenan exactamente igual, al menos en mi cerebro, lo que hace que algunas de tus frases rechinen en mi cabeza cuando las rememoro.

    ¿Podría decirse que “vivir” es vivir a secas, mientras que “VIVIR” es experimentar la vida? Si no hay palabra para eso, nos la inventamos. Por ejemplo, exvivir; entendiendo por ello “vivir interactuando con el entorno que hay fuera de uno mismo”. El término opuesto, invivir, podría entenderse como “vivir interactuando únicamente con los microorganismos que uno tiene dentro”, sin experimentar lo que hay alrededor. Acudo al diccionario y compruebo con satisfacción que ambos vocablos están vacantes. Si alguien más empleará esas palabras terminado este párrafo, no lo sé; no lo creo. Desde luego no lo espero.

    Y es que a mí no me parece que para experimentar la vida sea necesaria la esperanza. Yo experimento una gran variedad de sensaciones, a veces más agradables y a veces menos, y sin embargo la vida me ha enseñado a no esperar nada de ella. En ocasiones confío en que las cosas transcurran de un modo similar al que yo tengo en mente, e incluso trabajo activamente para intentar que así sea, pero no siempre me siento a esperar que las cosas ocurran; y desde luego albergo la posibilidad de que ocurran de un modo completamente diferente al imaginado, porque las hostias parece que duelen menos cuando uno las ve venir.

    A mí me gustaría, no te digo que no, abrir un día el diccionario y encontrarme el par de definiciones que he mencionado hace un par de párrafos, donde antes no había nada. No voy a convertirlo en el objetivo de mi vida, pero conociéndome, si aquello ocurriera, seguro que sonreiría y pensaría “Qué chulo… ¡me he inventado un par de palabras!” Sin embargo, no pongo ninguna esperanza en ello porque no tengo ningún deseo de que ocurra. Me da absolutamente igual. No me parecen tan relevantes las palabras en sí como los conceptos que hay detrás de ellas -me da igual llamar a una cosa “silla” que llamarla “chair”, con tal de comunicar a mis interlocutores el concepto de un dispositivo sobre el que sentarse- y sí me parece completamente irrelevante quién se las inventa. En general, no despiertan en mí tanto interés los inventores como sus inventos.

    La esperanza tiene mucho que ver con el deseo y pienso que conviene distinguir los deseos de la realidad. Pero no trato de promocionar la desesperanza ni te digo que no esté bien tener deseos, ¿eh? A lo que me refiero es a que conviene saber qué conceptos de nuestras cabezas son deseos y cuales son información que se corresponde con la realidad. El derecho a la vida de todos los seres humanos, por ejemplo, es un deseo. En la realidad, todos los seres humanos mueren.

    Y con ese pensamiento tan bonito -malditos lunes, je je je- me despido:

    ¡Quedo despedido! ¡A la *uta calle! 😀

    • El mantener la esperanza no está reñido con ser realista, al contrario, se complementan perfectamente. Y a mí, si algo me ha enseñado la vida, es que si no le pido, no me da. Así que yo, por si acaso, pido. Y espero, activamente, pero espero.

  2. Pues como le decía hace un momento a Viernes, yo pongo mucha ilusión, no solo en el amor, si no en todo lo que hago, bueno, el momento trabajo es más bien plano, para que nos vamos a engañar, 🙂 pero en lo demás… es lo que diferencia vivir de VIVIR! 🙂
    Bs. (y a ver que hago yo ahora)

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