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Estos días hemos estado hablando (o mejor escribiendo) de ilusión, esperanza, amor… y el último párrafo que Lunes escribió en su post me trajo recuerdos de mi adolescencia, de ese momento en que empiezas a autoafirmarte, quizás con demasiado ímpetu, y unos padres asombrados observan como su dulce niña se convierte en alguien extraño, antipático y arisco.

Porque el amor filial es intenso y desinteresado (salvo deshonrosas excepciones que de todo hay en este mundo) pero si hay un momento en que no fluye con demasiada armonía es la adolescencia. Quieres a tus padres, pero te estorban, porque te coartan, sabes que se preocupan por ti, pero no te entienden, y sigues, sobre todo, buscando su aprobación.

El abismo generacional entre mis padres y yo era enorme, así que en aquellos turbulentos ochenta pase algunos años, más o menos desde los diecisiete a los veinte con la firme convicción de que los padres estaban en el mundo para hacerle la vida imposible a los hijos. La relación con mi madre era puramente la relacionada con la intendencia doméstica y con mi padre era casi inexistente, casi prefería que no me hablara, así no me sermoneaba.

Hace unos meses mi encantador, buenísimo y adorable hijo, del que yo creía que lo único que tenía de preadolescente era el tamaño, me mintió. No era una mentira muy grave, pero le pillé. Había traicionado mi confianza. Y en ese momento la sensación que me invadió fue de desilusión, y en ese preciso instante descubrí que lo que leía en los ojos de mi padre cuando me miraba y no me hablaba era precisamente eso: desilusión. No me odiaba, simplemente había depositado demasiadas esperanzas en mí, y le estaba fallando.

Reconozco que no me gustó la sensación. Que me entró miedo, porque no podemos evitar proyectar deseos e ilusiones propias en nuestros hijos, sin pensar que ellos no las compartirán todas, quizás ninguna y tendrán las suyas propias. Se que me mentirá, se enfadará y hasta habrá ratos que me odiará y que eso formará parte de su crecimiento personal.

También se que aguantaré. Que recordaré viejas palabras y hasta sonreiré.

 

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2 pensamientos en “Desilusión

  1. Van unidas la ilusión y la desilusión, son caras de una misma moneda. La idea es intentar compensar dosis de una y de otra, pero seguro habrá rachas en las que a nuestros hijos se les olvidará suministrarnos la dosis compensatoria. Espero que sea sólo cuestión de paciencia (espero no de esperar, sino de tener esperanza y cruzar fuertemente los dedos).

  2. Supongo que la mejor forma de evitar la desilusión es ponerte en su lugar, ya que tienes la adolescencia fresca. Yo desilusión no siento, pero sí pena cuando ves según qué reacciones o según qué formas de actuar, y le ves tan inestables y tan perdidos a veces. Y pienso “madre mía, pues no te quedan golpes que darte contra la pared”, y sabes que no puedes hacer nada más que estar cerca mientras van experimentando, y pegándose sus golpes, y aprendiendo a levantarse, y probando, y buscando su propio camino. Y eso es en realidad ilusionante, aunque lleve como daños colaterales escuchar alguna que otra mentira, alguna que otra contestación desafiante, y lidiar con la rebeldía. No es nada personal.

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