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Trasteando por google con eso de las 10 profesiones más “felices” he llegado a descubrir que también hay quién se ha dedicado a estudiar qué profesiones son las más “infieles” e incluso qué profesiones son las que más se “divorcian”. Y eso que no he seguido buscando, porque seguro se pueden encontrar clasificaciones profesionales para todos los gustos. Y eso en cuanto a las profesiones, porque debe haber equipos multidisciplinares repartidos por las universidades de todo el mundo dedicados a clasificar todo lo clasificable y parte de lo inclasificable.

¿Y por qué tendremos esa manía de clasificar?

¿No será una forma de intentar resolver ese ancestral problema para el ser humano de intentar entender el mundo?

Quizá no somos capaces de admitir que la mayoría de lo que nos sucede se escapa a nuestro entendimiento. Porque si no lo entendemos tampoco lo controlamos y sentir que no controlamos nuestra vida nos provoca temblores.

Nos empeñamos en demostrar que somos grandes. Pero no lo somos. Somos pequeños en un mundo grande. Hasta los más grandes son pequeños. Muy pequeñitos. Y el mundo no está bajo nuestro control, ni el “mundo” físico (léase planeta tierra, que pregunten en la isla de El Hierro si no) ni el “mundo” personal de cada uno.

El problema está en ese empeño en intentar controlar, en vez de asumir el descontrol como parte o pura esencia de la vida.

Es como si un surfero se empeñara en diseñar la trayectoria de la ola y colocara diques que obligaran al agua a recorrer un camino. Quizá eso estaría bien para un aprendiz, pero cuando uno aprende a coger una ola, ya no quiere saber por dónde le va a venir, sólo se sube a ella y la procura entender, y disfrutar de ello, hasta que la ola gana, que es casi siempre, y terminas en el agua, bien mojado pero contento del rato disfrutado y dispuesto a coger la siguiente, venga por dónde venga.

Supongo en la vida nos pasa lo mismo, que no pasamos de ser meros aprendices hasta que no aprendemos a coger las olas. Vengan de dónde vengan, y nos lleven a dónde nos lleven.

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6 pensamientos en “Olas

  1. Es que somos grandes, bastante grandes. La mayor parte de las especies biológicas que pueblan el mismo planeta que nosotros constan de individuos muchísimo más pequeños que el promedio de los humanos. Cierto es que el mundo en que vivimos es más de tres millones de veces más grande que cualquiera de nosotros, pero cualquiera de nosotros es más de tres millones de veces más grande que un estafilococo.

    Yo pienso que lo razonable es apreciarnos en nuestra justa medida. No somos el centro del universo, ni estamos hechos a la imagen y semejanza de un dios omnipotente, pero aquello no quiere decir que seamos lo siguiente a la nada; debemos de andar en algún puesto intermedio en una escala imaginaria de relevancia. Si no tuviésemos ese empeño en intentar controlar nuestro entorno, no solo no estaríamos charlando a través de este medio tan cómodo que implica mover electrones de un modo muy preciso, sino que jamás habríamos comenzado a usar el fuego, con lo a gustito que se está cerca de él en invierno.

    El problema no lo veo tanto en esa tendencia instintiva a controlar todo lo que nos rodea, sino en la tendencia a incluir otras personas en ese todo. No podemos controlar las mareas porque la luna es demasiado masiva como para que podamos influir significativamente en su movimiento, y tampoco podemos controlar el comportamiento de otras personas porque otras personas tienen sus propios cerebros que determinan sus propios comportamientos (eso convendría recordarlo la próxima vez que nos propongamos elegir a alguien para dictar unas leyes con las que no se puede controlar el comportamiento humano). No podemos controlar las mareas, pero sí podemos aprender sobre ellas y aprovecharlas para mover nuestras embarcaciones río arriba.

    No sé si te has parado a pensar en ello, pero cada uno de nosotros tiene, en el interior de su cráneo, un órgano gelatinoso que además de entender cómo están relacionados los objetos que existen y los eventos que ocurren a su alrededor, es capaz de plantearse cuestiones abstractas que ni siquiera aparecen a su alrededor, por ser abstractas; como por ejemplo por qué ello mismo tiene esa manía de clasificar. ¿Realmente te parece eso una nimiedad? ¿Deberíamos pasar por alto las capacidades de esa herramienta?

    Por supuesto que debemos entregarnos cuanto más mejor al descontrol y a la aleatoriedad. Aquello no solo es fuente de sorpresas a menudo agradables en un mundo cada vez más mecánico y predecible, sino que la aleatoriedad es la principal fuente de conocimiento en todo el universo. Las estructuras se forman por interacciones fortuitas entre elementos más simples, y solo aquellas que tienen lo que hay que tener para ser estables en su entorno perduran en el tiempo. Si el universo fuese tan rígido que no cupiese en él el concepto de la aleatoriedad, no se habría formado nada de lo que hoy vemos a nuestro alrededor; ni siquiera nosotros mismos.

    Pero lo sensato es hacerlo con vistas a aprender de ello, y no solo por el puro placer que supone aprender para los seres vivos que tenemos amígdala o un órgano equivalente, sino porque del aprendizaje se puede extraer utilidad. Habrá quien se empeñe en demostrar que es grande, pasándole el sentido de la vida literalmente por sus ojos y perdiéndoselo; así está la superficie de la Tierra plagada de grandes tumbas de piedra construidas en un patético intento de paliar la sensación de inferioridad de sus moradores, comprensible por otra parte al andar aquellos comparándose continuamente con dioses omnipotentes. Pero el sentido de la vida no radica en competir por ver quién se puede construir la tumba más chula, sino en la utilidad.

    El concepto de la utilidad va ligado al concepto de la vida desde su inicio, y es que todos los seres vivos sin excepción somos capaces de *utilizar* información en beneficio de nuestra propia estabilidad. Eso ha ocurrido así desde que nuestros ancestros “vivos” (y lo pongo entre comillas porque era una vida completamente pasiva) eran moléculas de RNA que obtenían su estabilidad por ser complementarias consigo mismas.

    A lo largo de los cerca de cuatro mil millones de años que han transcurrido desde entonces, nuestras moléculas de RNA han ido aprendiendo infinidad de cosas útiles para su propia estabilidad: cómo almacenar información en DNA, cómo combinar aminoácidos para formar proteínas con todo tipo de funciones, y con ello, cómo construir cuerpos con cerebros capaces de sacar a las propias moléculas de RNA del planeta antes de que el planeta deje de estar en condiciones de sostener la vida.

    Nuestro cerebro capaz de entender conceptos abstractos puede entender no solo que el cuerpo en el que reside tendrá un final antes o después, sino que la estrella cuyo calor nos dio la vida también llegará un día a enfriarse. Yo sé que vosotras no sois muy partidarias de ponerse uno objetivos que conduzcan a frustraciones, pero, en un mundo plagado de personas con tendencia a intentar controlar a otras personas que les rodean, en beneficio de su propia y gigantesca tumba, ¿no sería más bonito que las personas cooperasen con otras personas en beneficio del objetivo común de exportar la vida fuera de la Tierra antes de que la Tierra deje de poder sostener la vida?

    Sería una prueba de la verdadera relevancia que tenemos los seres humanos si compartiésemos nuestro cerebro con tantos otros animales y plantas que nos acompañan en la vida, y que no son capaces de abandonar el campo gravitatorio terrestre, y les ayudásemos a franquear ese obstáculo aparentemente infranqueable que es la muerte de la estrella que da calor a su sistema planetario.

    Y nadie dice que no podamos disfrutar de ir aprendiendo por el camino. El fin del sistema solar está aún muy lejos y no creo que ninguno de nosotros vaya a verlo; hay tiempo de sobra para disfrutar de la suerte de haber nacido mientras averiguamos tantísimas cosas que necesitamos aprender para salir de aquí con un mínimo de probabilidades de éxito. ¿Quién sabe qué otras sorpresas agradables nos deparará ese aprendizaje? Basta con que dejemos de pelearnos por ver quién tiene el país más de puta madre, o el dios más de puta madre, o la empresa más de puta madre, o el equipo deportivo más de puta madre, o, en definitiva, quién es el más guay o apoya al líder más guay.

    Si nos limitamos a coger las olas de la vida y dejarnos llevar por ellas, lo mismo nos encontramos con que rompen en un muro de afilado coral y roca; con la risa que da despellejarse brazos y piernas con ambas cosas. Pero si aprendemos a navegarlas, podemos emplear su energía para que nos lleven donde queramos ir. Esa es la diferencia abismal entre nuestro cerebro y el sistema nervioso de una medusa. Yo no creo que vaya a dejar genes que atestigüen mi paso por la vida, pero sé que otras personas sí los dejáis, e iría en su beneficio que cogiéramos el timón de nuestras vidas y las dirigiésemos hacia un buen puerto.

    Un saludo.

  2. Supongo que esa manía de intentar controlar hasta lo incontrolable y predecir lo impredecible nos hace sentir más seguros. Como han comentado los humanos somos más grandes que muchas otras especies, pero yo no puedo evitar sentirme diminuta al contemplar lo que nos rodea, tanto en este mundo que conocemos como en la inmensidad que nos rodea fuera de el.

  3. Yo creo que está en nuestra naturaleza el intentar entenderlo todo, el tratar de controlarlo todo y de predecirlo. Me gusta la expresión “falacia de control”, porque nos engañamos muy a menudo con ella. Pero bueno, somos seres contradictorios, qué le vamos a hacer. Sabemos que no podemos pero nos pasamos el rato reflexionando para entender, aunque sea para llegar a la conclusión de lo poco que podemos llegar a entender.
    Observar, clasificar, describir lo que vemos (incluso a nosotros mismos, que también somos un complicado objeto de conocimiento) nos puede ayudar a entender mejor, a satisfacer ciertas curiosidades, a veces a encontrar algo útil, o a pasar el rato cuanto menos. Pero no se nos debe pasar que no dejará de ser un conocimiento parcial, porque es lo máximo que tenemos a nuestro alcance.
    En cuanto a dejarse llevar, creo que no es incompatible el tomar el rumbo de la propia vida con el de aceptar lo que nos va deparando la realidad, sus olas, a la que no podemos controlar y que no podemos amoldar a nuestro antojo -el no aceptar eso sí que genera dolor-.
    De hecho, para llegar a donde queremos, hay que aprovechar las olas y no ponerse en contra, aunque no sepas cómo son de altas, o de fuertes, o si te van a llevar por un camino distinto al que pensabas. Pero al final está la orilla.

  4. Ah, me maravilláis. O quizá sea asombro.

    ¿Qué opináis entonces del esfuerzo? ¿En qué conviene invertirlo, si es que conviene invertirlo en algo?

  5. Estoy casi seguro de que tienes razón; pero por ahora, lo que me cuesta bastante esfuerzo es comprender exactamente lo que dices, si recurres continuamente a las metáforas.

    Ten en cuenta que cada uno tenemos una perspectiva diferente ante cualquier asunto y, por tanto, es probable que proyectemos aspectos diferentes de la vida sobre aquella imaginaria tabla de surf, o sobre cualquier otra metáfora. Por ello, ¿te importaría ser más detallada en tu respuesta? ¿En qué consiste, para ti, mantenerse en equilibrio sobre la tabla? ¿Qué pasa cuando uno se cae?

    Muchas gracias por la aclaración, un saludo.

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