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Reflexionando sobre lo que decía Lunes de “nuestra manía” de clasificarlo todo me doy cuenta de que es algo que a veces hacemos sin darnos cuenta, casi obligados por las circunstancias, así que no sé si es algo inherente a nuestra condición humana o nos enseñan a hacerlo desde que somos capaces de amontonar cubos de plástico por colores y tamaños.

Me suena el móvil, es un amigo que me llama desde su trabajo. Selecciono guardar número para tenerlo identificado en el futuro y empiezan las preguntas: móvil, trabajo, casa, fax…, añadir contacto a: amigos, familia, empresa, servicios… dependiendo de lo sofisticado del teléfono y nuestras ganas de participar las opciones pueden ser más numerosas que los tipos de salsa a elegir en el Foster`s.

Hay algunas clasificaciones que suelen plantear cuestiones un poco tontas que nos encanta responder, por ejemplo en las redes sociales te dan opción a agrupar tus amigos por listas o grupos, están los muy amigos, los conocidos, la familia, los compañeros de trabajo, los antiguos alumnos del Instituto, la quinta de la mili… aunque al final esté todo mezclado, porque alguien a quien has conocido en el trabajo se convierte en amigo intimo después de una noche de copas en la cena de empresa. O ese exnovio que se convierte en mejor amigo tras una amigable separación, valiosa excepción para tantos otros ex que no se podrían meter ni siquiera en la categoría de conocidos. Hasta esos amigos a los que hemos tachado de la lista acabamos quitándoles la etiqueta de “peores amigos” cuando olvidamos aquella terrible afrenta de juventud que nunca perdonaríamos. Se podrían crear tantos subgrupos…

En la vida cotidiana la lista es inmensa, clasificamos cosas: el armario por ropa de invierno o verano, los estantes de la nevera por tipos de comida, los libros por géneros… todo lo clasificamos, puntuamos y agrupamos. Conozco gente que puede vivir en el caos, dentro del desorden encuentran su propio orden (eso sí, hay que darles tiempo para que lo encuentren). Yo creo que estoy en un punto intermedio. Reconozco que me gusta el orden físico en el salón de mi casa, aunque en la nevera mezcle las endivias en el mismo estante que el jamón o los yogures. Mis libros no suelen estar ordenados bajo ningún orden lógico, tengo un sitio especial para mis autores preferidos, pero los demás los coloco donde puedo según los voy acabando. Y de mi armario… mejor no hablar.

Pero en mi vida nunca he podido aplicar el orden. Ni siquiera lo he conseguido con mi horario laboral, ha fluctuado entre temporadas a mi favor en las que le robaba horas para disfrutar de momentos inolvidables y otras en las que él me ganaba muchas, quizás demasiadas, horas de familia y sueño. Ahora creo que he llegado a un equilibrio en el que ambos estamos en paz.

En los demás aspectos… lo mejor es dejarse llevar.

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2 pensamientos en “Orden

  1. Esa es la idea. No tanto no decidir lo que te pasa sino asumir que no todo está bajo nuestro control, o incluso ir más allá y acostumbrarnos a sobrevivir en situaciones caóticas. Bs.

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