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Dice Ana que un hipotético Ministerio de la Alegría tendría una carga de trabajo difícil de sobrellevar, sobre todo en estos tiempos que corren. Y le doy la razón.

Son malos tiempos para las celebraciones, la tan traída crisis se va a sentar a cenar en muchas mesas esta Nochebuena, así que este año disminuirá la montaña de regalos que últimamente casi tapaba el árbol de Navidad (sobre todo si son de leds que son muy monos pero pequeñitos), los gambones a la plancha brillarán por su ausencia (ya el año pasado por mi barrio casi había desaparecido el sabroso aroma a gambas a la plancha que nos acompañaba desde que salíamos de casa hasta que llegábamos a casa de mis padres) y a este paso a los cotillones de Fin de Año habrá que llevarse las uvas en un Tupper.

Pero quizás eso sea lo único bueno que pueda tener la crisis. Porque reconozcámoslo, llevamos años comentándolo en el café, mientras nos atiborramos de polvorones, que la Navidad se ha vuelto una fiesta totalmente consumista, que nos dejamos llevar por la publicidad de los grandes almacenes, que total es una vez al año… Y yo reconozco que cada vez me agobia más la Navidad.

Hay dos maneras de vivir la Navidad, una es cuando eres niño y crees todavía en la magia (llamémosle Melchor, Gaspar o Papa Noel). Tu noche preferida del año es aquella en la que tus deseos se van a cumplir, y suelen cumplirse casi en su totalidad, así que solemos perdonar esos pequeños fallos tipo: “yo no me había pedido la Nancy morena, quería la pelirroja!”.

La otra manera es cuando ya sabes que los Reyes Magos no existen, que son los padres… y los hermanos, los tíos, los abuelos… entonces cambiamos la magia por el espíritu práctico. Nos inventamos el amigo invisible (con disimulo, solo para los mayores) e intentamos sorprendernos con los previsibles regalos que llevamos semanas insinuando (más vale regalo práctico esperado que sorpresa inútil).

No soy creyente así que mi Navidad se reduce a la cena de Nochebuena con reparto de regalos, ni comida de Navidad (una de las ventajas del divorcio), ni cena de Noche Vieja o comida de Año Nuevo en familia, ni siquiera Roscón de Reyes (somos de Papa Noel), y sin embargo hace años que estas fiestas son para mi un generador de stress.

Intentar cumplir un mínimo de la lista de reyes es agotador, todavía recuerdo muchos medios días en que cambiaba la comida por recorrido maratoniano por las tiendas de juguetes en busca del Digimon agotado. Ahora mis hijos son mayores, ya saben la verdad y sus listas son más fáciles, pero la familia ha crecido y tengo cinco sobrinos pequeños, con lo que todo ha vuelto a empezar, y mis hermanos no renuncian a su regalo navideño (excepto mi hermana zen), y mis padres, que se lo merecen todo…. Así que las semanas previas a la famosa noche son tan estresantes (sobre todo la tarea mental de pensar en una docena de regalos bonitos, baratos y originales) que llego a ese día cansada, sin ganas y deseando que todo acabe.

Y el caso es que a mí me encanta regalar, pero parece que se queda todo en eso, que nos olvidamos de que es uno de los pocos momentos del año en que estamos todos juntos, y que lo mejor de todo es eso, que todavía estamos todos juntos.

Así que a tres días de la noche más esperada del año (palabras textuales de mi hija) todavía me quedan dos encargos por comprar, con lo que mañana a mediodía (otra vez) comeré cualquier cosa y me pasearé entre multitudes de personas que nunca como ahora habían dado tantas vueltas a la etiqueta del precio antes de decidirse a coger algo.

Y que conste que el pollo relleno con salsa española que hace mi madre está riquísimo. Pero eso es otro tema.

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4 pensamientos en “Alegría

  1. Mi padre lleva años proponiendo que unas navidades nos hagamos el regalo de no regalarnos nada. El otro día le decía al novio de una amiga, “¿sabes? lo bueno que encuentro de tener ahora tan poco dinero, es que me he dado cuenta de que en realidad no necesito más.”
    De alegría sin embargo ando sobrada.
    Que las compras y los compromisos no te arruinen esa noche en que os juntáis todos, ni mucho menos la alegría. Qué bonito el tema, esta semana estáis especialmente grandes.
    Un beso

    • Siempre estamos igual, diciendo que debemos valorar la fortuna de poder reunirnos y de tener con quién pero agobiándonos con las fiestas, es que no escarmentamos 🙂 .

      Yo, desde que ayer me contaron una familia en la que la madre cobra a los hijos lo gastado para preparar la cena y hay algún hijo exige factura justificativa, valoro mucho más lo que es tener una familia, que al menos a mí, me parece normal. Besos.

      • Que fuerte lo de la familia esa Ana, me imagino a la madre llevando los cafés con la nota de la cena 😦
        Yo pienso como tu, tener una familia y poder disfrutarla, eso, no tiene precio.
        Besos.

    • Yo cada vez estoy más convencida de eso Pat, que cuando empezamos a descubrir que no necesitamos tanto, que en realidad las cosas que tienen verdadero valor no se pueden comprar (ni regalar), empezamos a ser realmente felices.
      Y a mi el agobio se me pasa enseguida, así que pienso pasarmelo genial. en la cena y después 😉
      Besos.

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