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El odio hacia un tercero puede resultar un nexo de unión con otras personas. Quizá, el peso que produce el odio -porque odiar pesa- se difumina un poco con esa sensación de unión, ese compartir algo, aunque sea odio hacia un tercero, con aquellos que lo comparten. Y una vez que se ha logrado eliminar ese objeto de odio, se desvanece lo único bueno que quizá tenía: la unión. Porque el vínculo con esas personas sólo existía en la medida en que resultaba útil para luchar contra aquello que se deseaba cambiar. El vínculo era un medio para conseguir un fin. Los niños de la clase del ejemplo de Ana, no estaban unidos porque se quisieran, sino porque odiaban al mismo profesor. Y por eso, una vez  se acaba el profesor se acaba aquello que compartían.

A veces se escucha a personas que lucharon durante los tiempos de la dictadura por adquirir las libertades perdidas hablar de aquella época, y paradójicamente se suele apreciar un cierto tono de nostalgia, porque ahora parece haberse perdido ese espíritu. Yo creo que en realidad lo que se añora no es la época ni la circunstancia, sino ese vínculo, esa unión que sentían las personas que con tanto arrojo luchaban por algo. Si “gracias” al odio hacia un tercero se conseguía un estrecha unión con otras personas, y una vez desaparecido ese tercero se pierde esa sensación de unión y complicidad, ¿se puede llegar a dar la contradicción de añorar ese odio con tal de volver a sentir esa sensación de causa común, de cercanía? ¿De verdad no es posible establecer vínculos de unión como fin en sí mismo, de compartir con los demás por el mero placer de compartir, y que esos “demás” no sean un medio para conseguir un fin sino un fin en sí mismo? ¿Necesitamos un tirano que nos aplaste, alguien que nos destroce la vida para hacernos grandes,  dar lo mejor de nosotros mismos y abandonar el individualismo feroz? ¿De verdad?

La otra tarde a mis hijos les llamó la atención algo que ya me había saltado a la vista a mí. La ONCE había colocado a modo de publicidad una especie de urnas de cristal con un árbol de navidad dentro. ¿Por qué encierran el árbol? me preguntaban. Pues no sé, supongo que para que nadie robe los adornos. Pero es horrible, decían. Sí, parece un árbol muerto dentro de un sarcófago. Yo preferiría exponerlo sin nada, aunque lo esquilmaran, que tenerlo muerto dentro de un ataúd transparente. Además, igual que hay quien se llevaría adornos, también habría quien los pusiera ¿no creéis?. Mi hijo mayor exclamó: ¡qué optimista! Y el pequeño preguntó ¿Qué es eso? Y le contestó: optimista es quien ve el lado bueno de las cosas, y cuando hay algo malo, le busca solución. Bueno, les dije,  lo intento.

El caso es que a mi pregunta del párrafo anterior al anterior, mi respuesta sería un rotundo sí. Sin ningún tipo de finalidad más que el mero hecho de compartir, que es una forma de querer y de sentirse unidos a otras personas, se hacen muchas cosas. Pero no es cosa de mi optimismo:  tengo pruebas fehacientes. Os invito a que buceéis un poco por Internet, que quizá es una herramienta que lo ha posibilitado de forma masiva. Allí la gente invierte muchas horas de su tiempo en compartir. En la red se comparte de todo: clases de baile, de cocina, de música,  de bricolaje, de electrónica… se comparten conocimientos de todo tipo, creaciones artísticas, experiencias personales…  De hecho, ayer mi hijo mayor se dedicó a crear una web, -gracias aun sitio gratuito que lo permite-, y en su presentación decía lo siguiente “He colgado estos juegos de acción aventuras y carreras para vuestro disfrute, y claro está, para el mío. Me he esforzado mucho para hacer esta página y también he gastado gran parte de mi tiempo haciéndola, pero ha valido la pena. Porque ahora os puedo imaginar jugando con los juegos que he colgado y leyendo este texto.” Me alegró saber que con 10 años ya intuye algo.

Si ese espíritu de compartir con otras personas sin más finalidad que esa, saliera de la Red (al menos de una forma más generalizada), si lo que nos une a los demás y nos hace fuertes y nos empuja a ser mejores, no dependiera de terceros (y menos aún de odios hacia los mismos con lo que nos ahorraríamos arrastrar ese peso), si no estuviera motivado por el miedo, por la necesidad, o por escapar del sufrimiento sino que sólo dependiera de nosotros -¿depende acaso de alguien más?- tendríamos todo lo bueno de la unión con los demás sin las desventajas anteriores, y su duración dependería también de nosotros mismos. Eso también es poder, no? Un poder muy poderoso. Y muy gratificante.

¡Feliz año!

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2 pensamientos en “Otras fuerzas de compartir

  1. Bueno es conocer el poder del odio para, cuando se puede, huir de él y aspirar a otros tipos de poder más gratificantes. Seguro el de la unión es el mejor de todos y tiene un poder multiplicador al que, basándonos en los griegos, llamamos “sinergia”, y contradice a las matemáticas en eso de que dos más dos son siempre dos, la sinergia puede hacer que dos más dos sean cinco… o seis, pero eso merece un post especial 😉

  2. Gracias a la red estamos compartiendo un montón de cosas, es verdad, ya no emociones, música o palabras, sino otras formas de vivir como son los intercambios (trueques me refiero) o los bancos de tiempo. Compartir es todo un poder, y si conseguimos que ese compartir supere todas la barreras mentales que nosotros mismos nos ponemos seguro que todo irá mucho mejor.
    Y el ejemplo de tu hijo es de lo más esperanzador (me ha encantado su idea de compartir juegos).
    Genial.

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