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Es difícil encontrar una familia en la que el cariño, el tiempo, los bienes materiales o los castigos hayan sido repartidos de forma satisfactoria para todos los miembros. Ni siquiera quienes reparten suelen estar seguros de haberlo hecho de forma correcta. Porque la igualdad en el reparto suele ser fácil de conseguir, sobre todo en los bienes materiales, con la aplicación de una sencilla fórmula matemática, pero la igualdad no asegura la justicia, ni la equidad.

Entiendo por igualdad el reparto de una cantidad de cualquier bien entre varios sujetos de manera que todos reciban la misma proporción. Sería equidad (o justicia), en cambio, asignar a cada sujeto lo que en verdad le corresponde, lo que le pertenece o lo que merece.

Comparto con Patricia el enfado con ese papá Estado que acude al rescate y apoyo del hijo privilegiado mientras abandona a su suerte a tantos otros hijos desfavorecidos. Y la indignación (creo prácticamente general) con esos sueldos de millones de euros de quienes realizan un trabajo que, no sé otros, pero yo no llego a entender muy bien. Y me gustaría.

El trabajo es un bien que es objeto de compra y venta y, como tal bien, el mercado debería tender a asignarle su precio justo, ese en el que se equilibra la balanza entre el que entrega su trabajo y el que entrega a cambio un salario.

En las últimas semanas han aparecido en los medios de comunicación varias informaciones sobre sueldos: el del Rey y el Príncipe de Asturias, los de los banqueros, los de los parlamentarios, los de los funcionarios congelados, el del Presidente del Gobierno y sus ministros, los de todos los asalariados que van a ver reducidas sus nóminas con las mayores retenciones en el mes de febrero, los de los pensionistas…

Sueldos diferentes, muy diferentes, sin que yo pueda encontrar ninguna lógica en esas diferencias. Por ejemplo: ¿debe ganar más un Rey sin poder ejecutivo que el Presidente del Gobierno que representa el mayor poder ejecutivo del Estado? ¿puede ganar más un presidente de cualquier comunidad autónoma que el Presidente del Gobierno? ¿puede asignarse ningún sueldo que represente un enriquecimiento desmedido cuando la entidad que paga es una entidad pública?, o, aún admitiendo la mayor libertad de salarios en las empresas privadas ¿se puede tolerar un sueldo millonario en una entidad privada que soluciona sus problemas con inyecciones de dinero público?, ¿cuál es el sueldo justo?.

Quizá podríamos usar como baremo ese congelado salario mínimo y, partiendo de él, asignar como justo según la especialización que se requiera, el riesgo que se asuma, la responsabilidad que conlleve… etc. una proporción de dos a uno, tres a uno, quince a uno… o … ¿doscientos a uno?… ¿doscientos cincuenta a uno?… ¿por qué no fijar un salario “máximo” interprofesional? O, al menos, un salario máximo para quien recibe fondos públicos, sea directamente o mediante subvención o “inyección” a su entidad.

Que la justicia y la equidad en el sistema salarial se referencien sólo con un salario mínimo deja para mí el sistema un poco cojo. Cojo, como siempre, del lado débil.

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3 pensamientos en “Justicia y equidad

  1. A mi no me parece mala idea lo del salario máximo, creo que hay “sueldos” verdaderamente indecentes por ahí, si son de la administración pública directamente los recortaría, está demostradisimo que se puede vivir con mucho menos (como hacen millones de personas ahora mismo en este pais) y además darian ejemplo (que no tienen costumbre) y si es la empresa privada me parecen desorbitados, sobre todo porque esos sueldazos se suelen costear a base de bajar costes a nivel de trabajadores, ya sea con despidos o con sueltos miserables, se trabaja para los accionistas y se premia el beneficio a cualquier precio, vamos, que no ganan dos millones de euros al año porque están salvando vidas o generando una gran riqueza.
    Y por los pelos ehhhhh? 🙂

    • Sí, por los pelos, estoy viviendo yo mis lunes últimamente al borde del abismo…:-)

      Tendría que haber un sistema de gravar realmente los beneficios desorbitados de las empresas, u obligar a que se reinviertan en la empresa o en las condiciones de trabajo y salarios de los trabajadores, para que sirvan para crear riqueza de verdad y no sólo en los propietarios. Pero es más difícil que bajar sueldos de funcionarios, congelar pensiones o subir impuestos sobre el trabajo, así que, al final, todos hacen lo mismo.

  2. El problema es que los beneficios desorbitados nos parecen legítimos. De hecho, nos movemos en un sistema económico que no se preocupa en cómo obtener un beneficio justo, sino el máximo.

    También creo que, aunque jamás se lo vayan a cuestionar quienes gobiernan pues como dice Ana, lo fácil es meter mano en la cada vez más asfixiada clase media de funcionarios, asalariados, autónomos y pequeñas pymes, en el caso de que lo hicieran existiría un problema a la hora de establecer la línea que separa un premio al esfuerzo, a la gestión empresarial, al emprendedor, al que ha arriesgado, etc…. de un beneficio desorbitado.

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