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De verdad que si no explico los procesos mentales que me llevan a hablar de lo que voy a hablar a partir de los paraísos de baricentro es por vuestro bien. Soy errática, me caracteriza una manifiesta incapacidad para la síntesis, y además adolezco de una marcada tendencia a la digresión. Para demostrarlo, voy a empezar con una pequeña historia basada en hechos reales:

Érase una vez un joven investigador en ciencias sociales, matemático de carrera y con síntomas de Mac adicción y tecnopatía, que el día en que se está jugando conseguir un puesto de trabajo y debe impresionar a los miembros de la comunidad científica que decide su ingreso, toma una decisión insólita. Voluntariamente y sin sufrir en apariencia ningún tipo de enajenación mental transitoria, renuncia a proyector, renuncia a apoyos audiovisuales, renuncia a portátil,  a diapositivas con entrañables animaciones horteras sólo posibles gracias a power point y software sucedáneo, y comienza su intervención armado sólo con un pizarrón -como lo llamó él- a modo de escudo, y un rotulador borrable como espada. Que es algo así como decir que se presentó allí armado únicamente consigo mismo, en un alarde de honestidad y valor tan en desuso que resultaba obsceno y provocador. Obsceno porque es una clase de desnudez, y provocador por creerse capaz, él sólo, y por sí mismo, de convencer -de entre los buenos- a los mejores.

A lo largo de los últimos meses he sido testigo de varias exposiciones de trabajos ante los investigadores que iban a juzgar el del joven del cuerpo a cuerpo, y si digo que son duros me quedo corta. Sin paños calientes he visto despedazar argumentos, modelos matemáticos, presentaciones, formas de explicar… hasta arrancarle al títere la cabeza.

Sin embargo ayer, ante un tipo que comenzó a explicar su modelo realizando un símil con personajes del cómic y anécdotas de la vida en pareja de determinados emperadores de la antigua Roma, con todas sus fórmulas en la cabeza, y después en el pizarrón, con una seguridad y un sentido del humor envidiables, ocurrió un milagro: el tribunal se rindió. Hasta se acercaron a felicitarlo aún sorprendidos. Él contestó que tratándose de temas tan puramente teóricos, consideraba imprescindible amenizarlo con el factor humano. Y sí, fue su factor humano, su conocimiento, su investigación, su trabajo, su forma de transmitirlo, su seguridad, su valor para el cuerpo a cuerpo. Sin duda esa fue la clave.

Claro, el factor humano.  Ese que cada vez está más relegado y en el cada día depositamos menos confianza. El factor humano. Pensamos que somos grandes por toda esa tecnología que hemos sido capaces de desarrollar y que ha transformado nuestro día a día. Pero estamos cometiendo la miopía de olvidar lo importante. De pronto se nos abre el suelo bajo los pies si a la hora de viajar a un lugar nuevo no disponemos de navegador, si al hacer una presentación no tenemos el apoyo de medios,  si para comunicarnos no hay conexión y estamos lejos del correo electrónico o de las redes sociales. Y sin querer, nos vamos quitando importancia, o valor. Es que sin la tecnología no somos nada…. Aquello que nos ayuda no puede sustituirnos o servir para anularnos, ¿qué clase de ayuda sería esa?

Lo que nos hace grandes rara vez viene de fuera. Uno no se hace más grande poniendo más tecnología -en este caso-   a su servicio. Uno es más grande cuanto más da de sí su propio factor.  El del cuerpo a cuerpo.  El humano.

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2 pensamientos en “Cuerpo a cuerpo

  1. Menos mal que ese sincero acto de contricción inicial nos justifica este borrón y cuenta nueva, menos mal 🙂 Hay otras que, cuando lo hacemos, lo hacemos con menos gracia.

    Y totalmente de acuerdo en que la mayor grandeza del ser humano es su propio ser, lo mejor aprovechado posible. A veces se nos olvida que nuestro mejor arma para enfrentarnos al mundo somos nosotros mismos.

  2. El factor humano está cada vez más minusvalorado. Hasta cuando se le echa la culpa de incidencias y accidentes parece que se nos juzga y se nos culpa de no ser tan perfectas como las máquinas, como si las “máquinas” nunca fallaran.
    Que sería de ellas sin nosotros.

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