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Escribía Patricia el viernes sobre la importancia del factor humano frente a la tecnología. Es verdad que nos hacemos dependientes de las máquinas y, a veces, nos mostramos inseguros cuando no podemos contar con ellas, llegando incluso a ser totalmente dependientes, olvidando que no son más que un instrumento a nuestro alcance de disposición voluntaria.

Así como el GPS en ocasiones estorba nuestra llegada a un destino conocido al que decidimos ir por el camino de siempre, sea o no el que maximiza nuestros recursos (gasolina o tiempo), la más avanzada de las tecnologías enturbia a veces nuestra existencia, en vez de ayudar a mejorarla. Es el momento entonces de armarnos de valor y apagarla, de vivir sin ella.

Hay sin embargo una característica prácticamente común a todos los avances tecnológicos que los hace si cabe más imprescindibles: el ruido. Todas las máquinas hacen ruido, aunque sea apenas perceptible, y nos hemos acostumbrado a vivir con él, con ese ruido que nos acompaña hasta que nos dormimos.

Hace años llamé por teléfono a un antiguo amigo cuyo devenir existencial le había llevado, después de años de vivir (y dormir) acompañado, a vivir (y dormir) solo, y, dado que el ruido no le dejaba oírme bien, me dijo “espera un momento, que en el comedor con la tele no oigo, salgo a mi cuarto” yo, inocente, le dije “pues apaga la tele ¿no? ¿no estás sólo?”, y me contestó “sí, sí lo estoy, por eso la pongo en cuanto llego”.

La tecnología nos ha traído un ruido ambiente que nos impide oírnos. Y en esos días en los que somos un factor humano productivo, eficiente, creativo, alegre y autosuficiente, nos molesta, mucho, por lo que, en cuanto podemos, no hay más remedio que apagarla. Pero hay otros días en los que nos levantamos improductivos, grises, pesimistas, oscuros, y nuestro ruido interno nos entristece, así que, para no oírnos, podemos recurrir a la tecnología y dejar al GPS que nos lleve a casa desde ese trabajo al que acudimos diariamente año tras año, encender el televisor al entrar en casa sin siquiera elegir canal o correr con el mp3 rugiendo en nuestros oídos. Porque, así, no nos oímos. No siempre nuestro ruido interior es mejor que el de la tecnología, y como no siempre hay cerca un factor humano en condiciones para que nos hable (o abrace, según necesidades) la tecnología nos brinda la oportunidad de encender el ruido un rato. Ese ruido que apaga los nuestros.

Y, dentro de los ruidos, es preferible ese que pueden emitir los DVDs, CDs, ordenadores, MPsX que, más que ruido, es música, pero en casos de emergencia, y en ausencia de emisiones musicales, válido es hasta el microondas. Todo por conjurar ese peligro sordo que tiene el factor humano cuando se escucha demasiado.

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4 pensamientos en “El ruido de la tecnología

  1. Tienes razón, a veces deseamos el silencio cuando los ruidos y grito no nos dejan oir ni nuestros pensamientos, y otras veces ese mismo silencio es tan opresor que preferimos subir el volumen a nuestro alrededor para tapar nuestros pensamientos. Y en eso la tecnología ayuda mucho, lo malo es hacerlo por costumbre, porque no estamos acostumbrados a nuestro propio silencio.
    Muy bueno el post.

    • Sí creo que es malo que sea una costumbre, eso de no poder oírte nunca. Pero poder dejar de escucharte de vez en cuando, me parece una licencia apetecible.

  2. Todo por sentir que al menos tenemos el control de algo, aunque sea del volumen, y la compañía de quien sea, y perder un rato la conciencia del gris, del miedo, del pesimismo y sobre todo de la soledad (aunque da igual las mantas que se eche uno encima, o del volumen, porque al igual que la humedad se mete hasta los huesos).

    • Sí, es astuta la soledad, aunque también creo que es un lujo a veces poder sentirse solo estándolo, me parece más terrible sentirse solo cuando estás rodeado de gente.

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