Home

Como dice Ana, a veces nos empeñamos en silenciar ese ruido interno que nos producen nuestros propios pensamientos, son momentos en que sabemos que seguir escuchando esa retahíla de reproches mentales, problemas sin solucionar o tristezas inexplicables no van a arreglarnos el humor, así que lo mejor es aumentar el volumen externo y silenciar el interno, sin miramientos, en plan mordaza. Y no me sirve eso del control mental y la meditación para poner la mente en blanco, se de muy buena tinta genética que cuando un mal rollo invade tu cerebro no hay mantra que te lo quite.

Así que como lo mejor es intentar ignorarlos reconozco que para mi el mp3 es uno de los mejores inventos de este presente tecnológico, aunque hay que tener cuidado con las listas de reproducción que se eligen porque se corre el riesgo de volver a despertar justo esos sentimientos que se quieren acallar, porque no se van, se quedan ahí agazapados y latentes, esperando cualquier estímulo externo para volver a emerger.

Frente a lo difícil que nos es a veces acallar ese ruido interno que solo nos perturba a nosotros, aislarse del ruido exterior es bastante fácil y sin ese murmullo urbano de fondo tan característico y agobiante, un paseo con la debida banda sonora musical se convierte en una especie de safari humano, solo hay que centrarse en observar a la gente. A veces me pregunto con curiosidad si las caras de las personas con las que me cruzo me son familiares porque las he visto otras veces y mi cerebro ha registrado sus facciones, o porque es mi mente la que amolda las imágenes que mis retinas le transmiten a rasgos familiares o conocidos. Y llegado a ese punto suelo divagar sobre las casualidades y las coincidencias, esos segundos que nos separan de encuentros personales que podrían ser cruciales para nuestra vida y que por culpa de un semáforo, o por detenerse a mirar un escaparate no se producen. Líneas imaginarias que tejen una especie de entramado invisible en el que todos nos cruzamos con todos en un momento de nuestra vida, aunque no nos demos cuenta.

Una vez perdí un metro y tuve que esperar al siguiente, recuerdo que me había torcido el tobillo y tenía que llevar las radiografías al médico, y como siempre salgo con el tiempo justo llegaba tarde. El caso es que cuando salía del metro subiendo las escaleras lo más deprisa que mi leve cojera me permitía tuve un encuentro casual que cambió mi pasado cercano y del que es fruto mi presente.

Todavía no se si fue una casualidad o simplemente el destino.

Anuncios

2 pensamientos en “El silencio interior

  1. Yo creo que nuestra vida es como un enorme puzzle de piezas que no sólo encajan en un único lugar, y sobre las que no siempre tenemos la potestad de colocar donde y cuándo queremos. Hay veces que perder el metro te cambia la vida y otras es el llegar a tiempo lo que produce el cambio, nunca sabemos si el camino que un día dejamos o la oportunidad que un día perdemos van a llevarnos con el tiempo a otros caminos u oportunidades quizá mejores. O no. Pero ahí está la gracia del juego.

    Y, por otra parte… ¿son muy diferentes la casualidad y el destino?.

    Bs.

    • Creo que a veces no somos conscientes de que hay pequeñas variaciones que sin que nosotros nos demos cuenta pueden variar nuestro futuro de una manera que ni nos imaginamos, pero lo tomamos como el normal devenir de las cosas, y sin embargo cuando tenemos que tomar una decisión que nosotros consideramos crucial para nuestro futuro nos cuesta muchisimo y siempre nos cabe el arrepentimiento posterior por si nos hemos equivocado.

      Pero lo que es tu pregunta final la ha respondido de una manera magistral nuestra querida Pat 🙂

Los comentarios están cerrados.