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Es verdad que creo que el destino individual tiene una parte de casualidad y otra de causalidad, que cada uno, eligiendo, va labrándose un destino propio. Y cada día podemos ver pruebas de que el mismo hecho tiene consecuencias diferentes para personas diferentes, o para la misma persona en momento diferente. Muchas son las variables que intervienen en la construcción de un destino individual, muchas y muy variables, valga el baile de palabras. Pero, si en el destino individual puedo tener prueba razonable de cómo se forma, en lo que se puede llamar destino colectivo ando mucho más despistada. Porque la suma de individuos construye grupos con un devenir independiente del de cada uno de ellos, devenir que conforma un destino propio. Y hay en esos destinos colectivos una suerte de personalidad grupal sorprendente en muchos casos a poco que lo analizas. Y vamos a analizarlo, claro que sí, con un ejemplo.

Miles de equipos de fútbol hay en España si contamos todas las competiciones, del prebenjamín a la primera división entre los federados, de los equipos que se forman en los patios escolares a las pachangas de maduritos que, año tras año, se empeñan en demostrarse que lo importante sigue siendo participar. Y los equipos cambian de nombre, de patrocinador cuando lo hay, de capitán, de integrantes, de campo y, con ello, van cambiando su carácter, su destino colectivo, casi siempre. Casi. Porque ahí está el Atletico de Madrid, paradigma del cruel destino colectivo que,  siendo un club ya centenario, cambia de jugadores, de entrenador (con bastante frecuencia), de presidente y hasta de campo, sin poder transformar esa personalidad suya tan intensa, tan de pierdo o pago, me luzco o me desplomo, triunfo o me hundo, me entusiasmo o sufro, o, en resumen, VIVO con mayúsculas o me dejo morir. Un club insensato, irracional, con un destino colectivo incierto pero dramático seguro, en esa acepción de la palabra que el María Moliner define como “de intensa emoción y ansiedad”.

Y así anda el club, emocionándose cada dos por tres, ilusionándose, elevando su emoción al infinito… como en estos días. Porque con el “Cholo” el equipo ha conseguido dos victorias seguidas y eso, en cualquier club de primera, podría ser visto con contención, con cautela, cruzando los dedos para esperar unas semanas más a ver si el entrenador se asienta, si el cambio se construye poco a poco. Pero en el Atleti no, en el Calderón la contención no existe, y los atléticos ya han visto que el sistema de juego es ahora similar a aquél equipo que consiguió el doblete y, a veintitrés puntos del primero, se sienten ganadores. Y como no es tan importante lo que uno es como lo que uno siente, su destino colectivo es, en estos días, un destino alegre y esperanzador, lo que no se sabe, eso sí, es por cuanto tiempo.

Labramos nuestro destino individual con nuestras continuas decisiones pero ¿qué poder tenemos sobre los destinos colectivos de los grupos a los que pertenecemos?

No será lo mismo el poder  de un hincha atlético de tele y sofá, que ese poder ilusionador que ha demostrado el “Cholo” Simeone. Miembros los dos del mismo colectivo, pero con distinto poder.

Quizá esa sea nuestra única opción en un destino grupal, la de elegir desde dónde queremos vivirlo, desde casa sentaditos en el sofá o en primera línea de campo. Y, bien mirado, esa opción no es poca.

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2 pensamientos en “Destino colectivo

  1. Podemos elegir el grupo, y el dónde y el cómo vivirlo. Como elegimos también muchas veces con quiénes formar grupo, de entre todas las personas del mundo a quién tener cerca, con quién emprender un proyecto, a quién llamar en un momento dado, con quiénes generar una personalidad colectiva que nos puede llegar a sorprender. Pero eso, una vez más, es causalidad. Muy bonita tu descripción de los rojiblancos, más como forma pàrticular de sentir que como una simple afición a un equipo. Bs

  2. Al final hay equipos en los que ser forofo de ellos no puede ser sólo una afición, porque nadie se aficiona a sufrir, tiene que haber algo más. Bs.

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