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Después de leer la reflexión de Ana me doy cuenta que nuestra intervención puede ser determinante tanto en nuestro destino individual como en el del colectivo al que pertenecemos. Y que al mismo tiempo ese colectivo, el grupo donde elegimos estar, las personas de quienes nos rodeamos, forman una parte tan importante que pueden ser unos condicionantes muy influyentes a la hora de generar nuestra propia identidad.

Somos animales sociales, necesitamos sentir que pertenecemos a un grupo y además ser aceptados por el, así que si hace falta modificamos nuestro comportamiento y acoplamos nuestros códigos personales a sus normas, a veces paulatinamente, dejándonos moldear, otras a conciencia, traicionando nuestras propias creencias si hace falta.

Lo hacemos en la adolescencia, nuestra etapa más vulnerable, ese influenciable momento en que necesitamos tanto afirmarnos como individuos autónomos como sentirnos integrados dentro de un grupo, así que cometemos los actos de rebeldía e iniciación que sean necesarios para ser aceptados en el.

En la vida adulta seguimos tragando, sin darnos cuenta, así que acabamos viviendo una vida con costumbres impuestas tan arraigadas en el subconsciente colectivo que parecen inamovibles. Y si pensamos que en la adolescencia la presión del grupo es poderosa, no tiene ni punto de comparación con la de después, donde manda el sentido de lo correcto y apropiado, así que se supone que tienes que estudiar una carrera universitaria, emparejarte, afianzar la relación, encontrar un trabajo y casarte, al cabo de un tiempo tener un hijo, lo ideal es dos y si son niño y niña mejor, comprarte una casa y un coche familiar, ir a casa de los padres a comer los sábados y a la de los suegros los domingos, y dependiendo del status social y económico la lista de normas y códigos de conducta apropiados para ser “normal” y aceptado por tu entorno se hace mucho más larga.

En mi familia alguien rompió drásticamente con todas esas normas. Dejó el trabajo, vendió su casa, se deshipotecó y se fue a vivir al campo en completa libertad (es decir sin deber ni un euro a ningún banco). Como ella quería. He podido estar más o menos de acuerdo con alguna de sus decisiones pero no le puedo quitar el merito de la valentía, porque cuando decidió hacerlo la freímos a sermones sobre seguridad, jubilación, vejez…  pero aguantó el chaparrón, y lo nuestro si fue presión.

Total, quien no tiene un futuro incierto…

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4 pensamientos en “Identidad

  1. Es verdad, hay que ser muy valiente para ir a contracorriente, pero quizás la persona de tu familia que lo dejó todo también tenía la presión (o el apoyo, que a veces es lo mismo) de otro grupo con el que se relacionaba y que le hacía tender hacia la ruptura.

    • Por supuesto que tenía el apoyo de su pareja pero te aseguro que eramos muchos al otro lado cuestionándole su decisión. Pero ya sabes, el amor mueve montañas! 🙂

  2. El futuro es incierto para todos, y a veces cuanto más nos empeñamos en asegurarlo más se empeña él en ser incierto. Hace falta mucho valor para cambiar de vida, valor y suerte, pero ya hemos dicho que la suerte o el destino no dejan de ser algo que vamos eligiendo poco a poco, así que tendremos que llegar a concluir que tendremos suerte o destino a favor si nosotros queremos, con o sin cambio de vida. Y eso de que todo dependa de nosotros… ¿no da un poco de vértigo?.

    • Si, a veces da vértigo tener tanto poder sobre uno mismo, será porque no estamos acostumbrados a ejercerlo 🙂 pero al final nos damos cuenta de que son tantas las variables que ni aunque nos empeñemos podemos dominarlo al 100%.

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