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Una vez que hemos entrado en el tema de lo que somos o lo que queremos ser y nuestro cambio adaptativo a cada uno de nuestros entornos (ver Patricia viernes) aprovecho para plantear una inquietud sobre la imagen que cada uno tenemos de los otros o, mejor, la imagen que de nosotros tienen los otros.

En este nuestro mundo global de la información al minuto, en cuanto conoces a alguien no tienes más que conseguir un acceso a internet y teclear su nombre para crearte una imagen, con foto muchas veces, de quién es la persona que has conocido. Y, cuando vuelves a verla, la imagen que tú te has hecho sobre esa persona puede ganar ya a la que te hiciste cuando la conociste en realidad. “En realidad” si por realidad entendemos el conocimiento visual, que así solemos expresarlo, pero ¿ver a una persona nos permite conocerla? ¿de verdad el visual es el conocimiento real? ¿cuántas veces hemos de ver a alguien para llegar a conocerlo? ¿conocemos a nuestros amigos? ¿a nuestros hermanos? ¿a nuestros hijos?…

Si todos nos comportamos de manera diferente según el entorno en el que nos movemos ¿en cuantos entornos nos debe conocer alguien para que pueda pensar que “realmente” nos conoce?. Un montón de veces nos sorprende la gente que tenemos a nuestro alrededor, porque hace o dice algo que no corresponde a la imagen que nos habíamos creado a través de la información que, a veces durante años de trato, habíamos ido recogiendo. Y nos sorprende la nueva imagen, y hasta nos asusta a veces.

Y, si admitimos que no podemos conocer a los otros, nos queda poco para admitir que tampoco podemos conocernos a nosotros mismos. Porque cambiamos para adaptarnos a los entornos en los que nos vamos moviendo, pero entornos nuevos (o tan sólo personas nuevas) nos hacen modificar lo que creíamos ser para ser algo nuevo y desconocido antes para nosotros. Somos un continuo cambio. En lo que somos, y en lo que queremos ser. Porque, si llegamos a ser lo que queríamos ser, pasaremos quizá a querer ser otra cosa o a darnos cuenta de que, en realidad, tampoco teníamos tantas ganas de serlo, y volveremos a aspirar a ser otra cosa o a volver a ser lo que antes creíamos ser y no nos gustaba pero, visto desde el futuro, nos parece hasta apetecible. Y así nos pasamos la vida. Siendo, dejando de ser, queriendo ser y llegando a ser.

Y, de todo lo que somos, queremos ser o llegamos a ser, mostramos a los demás sólo una parte, según a quién sólo una pieza o unas cuantas, o unos cientos, pero nunca, ni nosotros mismos, tenemos el puzle completo. La vida a veces se encarga de mostrarnos, con los años, que las piezas que nos faltaban no eran más que esas tan numerosas de cielo azul sin matices que nada añaden e igual da tener una que quinientas, o que justo la única que nos faltaba era esa que tiene variedad de colores y formas y a la que no se identifica en absoluto hasta que, una vez colocada en el puzle, lo completa y lo da sentido.

Piezas nos faltan a todos, sobre nosotros mismos y sobre los otros, el quid está en cuántas y en cuáles.

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4 pensamientos en “Las piezas del puzle

  1. Lo malo es no encontrar esa pieza que falta, y entonces nos quedamos como desconertados, como que no conocemos a esa persona, y normalmente es verdad, a veces no nos conocemos ni a nosotros mismos después de toda una vida juntos. 🙂

  2. Sí creo que nos desconcierta descubrir piezas que nos faltan, pero no siempre las sorpresas son negativas, en nosotros y en los otros. A veces el no conocernos nos permite seguirnos sorprendiendo de vez en cuando y eso está estupendamente bien.

  3. Estoy de acuerdo, nunca tenemos todas las piezas del puzle. Así andamos siempre pensando y pensando, intentando encontrar respuestas y hallar conclusiones, pero al final, y mira que pensamos bien, terminamos con huecos que sólo podemos suponer…
    (aunque a veces me pregunto, cuando lo que faltaba era una pieza importante, si no sería que no sabíamos o no queríamos verla, o si no nos estaríamos imaginando la que queríamos que fuera. Que a veces la imaginación, o los deseos, o el mirar las piezas desde tan cerca -esa es otra, que la perspectiva llega con el tiempo -es decir, tarde-, juega muy malas pasadas…)

  4. De acuerdo yo ahora con tu paréntesis: la imaginación, los deseos o las miradas parciales nos juegan muy malas pasadas… o muy buenas, a veces las sorpresas son a favor, o, al menos eso dicen 🙂

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