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En general cuando hablamos de precio nos referimos al importe en dinero en el que se valora algo, a lo que se paga, o se pagaría, por ello. El precio refleja una relación de intercambio entre los bienes y servicios disponibles en el mercado y la moneda.

Se dice que el precio es “justo” cuando hay equivalencia entre lo que se entrega y lo que se paga, es decir que el trato es equitativo, que hay un equilibrio entre lo entregado y lo recibido a cambio… ¿y cómo se consigue ese equilibrio?

En economía se llama mercado al lugar en el que se reúnen compradores y vendedores para realizar sus operaciones, y este mercado se regula por dos leyes básicas: la ley de la oferta y la ley de la demanda que, como cualquiera podría pensar, incluso los economistas, son leyes complementarias.

La ley de la oferta determina que la cantidad ofrecida de un bien aumenta a medida que lo hace su precio, manteniéndose las restantes variables constantes. La ley de la demanda, por su parte, establece que la cantidad demandada de un bien disminuye a medida que aumenta su precio, manteniéndose el resto de las variables constantes. Por tanto la cantidad ofrecida es directamente proporcional al precio y la cantidad demandada es inversamente proporcional al precio. Con esas condiciones, se define como precio de equilibrio o precio justo aquél en el que la demanda y la oferta se igualan.

El precio justo para un bien, pongamos por caso el trabajo, sería aquél en el que la oferta de trabajadores se igualara a la demanda de empleo de las empresas, el precio oscilaría subiendo y bajando hasta que no hubiera un solo trabajador en paro ni un solo puesto de trabajo sin cubrir. Así de sencillo… o no.

En un modelo económico, con el resto de las variables constantes, el precio “justo” se consigue en una situación de pleno empleo. Todo el mundo trabaja, pero en contrapartida el precio del trabajo baja hasta que todo el mundo está empleado.

La cuestión es que tanto en la ley de la oferta como en la de la demanda es importante lo que hay después de la coma, ese “manteniéndose las restantes variables constantes”. Y no hace falta ser muy listo  (la tradición dice que los que estudiamos económicas no lo somos) para entender que eso de “variables constantes” es algo cuando menos dificilillo. La economía es una ciencia que enuncia leyes para condiciones perfectas cuál si fuera una ciencia exacta, pero no lo es, y para poder enunciar leyes no tiene más remedio que añadir aquello del “manteniéndose el resto de las variables constantes”, con lo que, al final, la mayoría de las leyes económicas sirven de poco porque las “variables”, haciendo honor a su nombre, suelen ir por libre y no dejan de influir en los precios, rebajándolos a veces o, en el caso del trabajo, casi siempre protegiéndolo y limitando su bajada.

Por eso, para flexibilizar el mercado de trabajo, siempre se habla de permitir sueldos más bajos, despidos más baratos, etc. para dar un poco más de margen al mercado para que se regule sólo, para que bajando el precio haya más demanda y más población empleada.

Y hasta aquí lo que es económicamente “justo”.

El problema es que no es la justicia una virtud que se pueda encuadrar sólo en lo económico. Y esas leyes que protegen el precio del trabajo buscan una justicia ética más allá de la económica. Y, a pesar de que todos coincidamos en unos mínimos, la justicia ética tiene tantas versiones como individuos hay.

La pregunta es ¿qué haríamos si la decisión económica sobre el trabajo fuera nuestra? es decir… ¿qué elegiríamos? ¿mantener cifra alta de paro a un precio alto? ¿o pleno empleo a precio más bajo?

En mi caso no puedo dejar de felicitarme por no haber destacado nunca en temas económicos ni políticos y tener la tranquilidad de que nunca voy a tener que decidir eso porque, la verdad, a mi se me hace muy pero que muy difícil.

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4 pensamientos en “El precio justo

  1. Y tan difícil. Es como lo de: a quién quieres más a mamá o a papá? Hay muchas más variables que podríamos cambiar para que el precio no tuviera que ser tan bajo pero parece que no interesa… y como bien dices… es muy muy difícil.

    • Sí, ya digo en el texto que eso de “manteniéndose las demás variables constantes” es lo único que permite en economía enunciar leyes. No es sólo la protección del trabajo lo que hace más rigida la oferta y la demanda de trabajo, hay muchas más variables (unas que perjudican y otras que favorecen), pero es verdad que el trabajo es un factor de producción y, como tal, se comporta subiendo y bajando su precio de acuerdo con la oferta y la demanda. En una comunidad pequeña, en la que podría haber menos variables, la decisión de “trabajamos todos pero cobrando menos” es muy fácil de defender y en eso se basan muchas comunidades que viven del trabajo de todos, y a éstas se les asigna una ideología comunista, pero si esa misma decisión se toma a nivel estado es de ideología conservadora (o incluso reaccionaria). No defiendo la bajada de sueldos y la pérdida de derechos laborales que ha costado años conseguir, pero, como economista, la bajada del precio del bien trabajo cuando es un bien con una oferta mucho mayor que la demanda, me parece inevitable, terrible, pero inevitable.

  2. El tema está, Ana, en que para tomar una decisión adecuada hay que tener en cuenta otras de esas variables inconstantes. Me explico: no se trata de que haya trabajo para todos de baja calidad, o trabajo para unos pocos de mayor calidad. Concretar los términos a eso es errar la cuestión de lleno. Hay una variable que es la “plusvalía”, o sea, el valor añadido al trabajo: la ganancia. Y otra variable: quien se queda es plusvalía. En un sistema más equitativo, una parte importante de esa plusvalía es repartida entre todos mediante los impuestos. Esos impuestos valen para “ayudar” a que el coste de la vida sea más llevadero a los que menos tienen, o tienen acceso a trabajos peor remunerados. Esa plusvalía está saliendo del país por agujeros negros en forma de “excepciones fiscales” y “el sandwich holandés”, lo que hace que el estado tenga menos recursos para dedicarlos a servicios públicos de calidad. De hecho, ni siquiera con los recursos adecuados se garantiza que se gasten adecuadamente, con lo que hay que tener en cuenta otra variable, como es la ideología. Otra variable a tener en cuenta es la “tecnificación de los procesos”, o sea, los avances tecnológicos que mejoran los procesos de producción y que, inevitablemente, cada día le comen terreno al ser humano. A medida que la técnica mejora, las tareas humanas se reducen dentro del ámbito de una empresa… lo que hace que cada vez haya menos mano de obra necesaria, otra de las razones por las que está aumentand el paro y de la que nadie habla.

    En mi opinión se trata de que el trabajo disponible se divida entre la mano de obra disponible, de tal manera que haya jornadas de trabajo menores, pero todos tengan los recursos necesarios para vivir con dignidad… mediante un rearto más igualitario de los beneficios. En efecto, esto que cuento se parece bastante al comunismo, aunque incluye una variable tecnologica. Yo lo llamo “Tecnocomunismo”.

  3. Otras no, Kike, para tomar una decisión hay que tenerlas en cuenta todas. Y no va a haber trabajo para todos nunca, el “pleno empleo” ya hace mucho que se define con una tasa pequeña de paro, ya nadie aspira a un pleno empleo real. Y la ideología es algo que cuenta siempre a la hora de tomar una decisión, aunque es verdad que creo que, cuanto más adversa es la situación, menos margen hay para una decisión ideológica.

    La crisis económica coincide con una crisis del sistema, en parte por aquello de que el factor tecnología está ganando espacio al factor trabajo, pero la única forma de salir de ahí tendrá que ser la creación de nuevos trabajos. El problema es que no se crean de la noche a la mañana y, mientras tanto, hay millones de personas sin trabajo.

    La idea de que “el trabajo disponible se divida entre la mano de obra disponible” es la misma ahora en todas las ideologías, la forma de llegar a ella es lo que es diferente. El problema es económico pero la decisión, como todas, es ideológica.

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