Home

Escribía Patricia el viernes sobre ese principio que fundamenta nuestro sistema económico y vital, de la obtención del máximo beneficio. Y se preguntaba, entre otras cosas, ¿qué es lo necesario? o ¿qué es lo suficiente?

Casi todos los analistas, tanto los ilustrados, como los de barra de bar, cafetería de oficina o patio de cole, coinciden en que uno de los problemas que ha llevado a la situación de crisis actual ha sido la dilapidación de recursos. Porque este sistema nuestro, aparte de en la obtención del máximo beneficio, se ha basado en el derroche, en un derroche general de recursos, no sólo económicos. Porque hemos malgastado el dinero, pero también el agua, la madera, la gasolina o, incluso, el aire. Hemos actuado como si nada tuviera fin, a pesar de que sí sabíamos que lo tenía, que todos los recursos lo tenían, porque todos son limitados.

Y ahora resulta que no hay dinero para pagar la calefacción en los colegios, o para dar ayudas sociales, o para pagar a los laboratorios los tratamientos que permiten luchar contra el cáncer, y las administraciones públicas no tienen dinero para pagar a sus proveedores y éstos se están ahogando, y no pueden pagar a sus empleados, y no hay dinero para casi nada, y nos estamos escandalizando, y con razón. Pero ya hace años que el escándalo económico había llegado a muchos ámbitos, y gastábamos sin ton ni son, algo que, en nuestras economías domésticas, pocos nos permitimos pero que llegamos a ver con naturalidad en la economía general. Y no parece que nadie se hiciera una de las preguntas que planteaba Patricia ¿es esto necesario?

Ahora hay estudiantes en la calle manifestándose porque hay institutos sin calefacción, y también los hay sin dinero para tizas, y los hay sin profes de apoyo en aulas en las que es imposible que  la integración se realice sin damnificados si no hay refuerzo para un único profe, y el escándalo es tal, que los estudiantes ya se están echando a la calle. Con razón también.

Con esa misma razón que hubiéramos tenido para echarnos a la calle cuando hubo sitios en los que, con el dinero de todos, se compraron ordenadores para cada estudiante, se entregaron libros gratis, se compraron pizarras electrónicas para cada aula, se contrataron profesores sin medida con cargas lectivas de menos de diez horas por semana, se enviaron estudiantes a todos los confines del mundo con recursos comunes, se bajaron las tasas académicas en las universidades y entre todos financiamos los estudios universitarios de todo el que quiera “ir” a una universidad (aún de aquéllos que sólo quieren “ir” y en ningún momento se plantearon estudiar)… ¿de verdad era esto necesario?

Ahora resulta que hay gente con salarios bajos que no puede mandar a sus hijos a la universidad (el sistema de becas sigue siendo insuficiente para el que no tiene apenas recursos) pero, de sus impuestos, se detrae una parte para pagar la universidad de los que sí pueden ir y podrían incluso pagarlo sin ayuda ¿es esto necesario?

En todos los ámbitos de nuestra vida nos habíamos acostumbrado al derroche y en la educación también. Siendo cierto que no se pueden escatimar recursos en educación (y menos en sanidad, desde luego) la realidad es que se desperdiciaron recursos en todos los sectores. Y ahora resulta que hay que tirar de tijera por todos los sitios y parece que de los primeros sitios a los que ha llegado el tijeretazo es a la calefacción de los coles, o a las tizas, o al papel, incluso en institutos en los que tienen en un almacén aún sin desembalar las pizarras electrónicas. Y aquí no hay quien entienda nada.

Aunque yo, la verdad, algo sospecho. Porque los gestores públicos han hecho con el dinero de todos algo que jamás harían con el suyo propio (dudo que haya casas en las que se compre un ordenador nuevo cuando no hay dinero para lápices o calefacción). Durante décadas centenares de gestores han identificado el dinero público como un dinero de nadie y han hecho con él lo que les ha venido en gana, sin respetar leyes, normas ni rendiciones de cuentas. Y, como andábamos en época de bonanza, nada ha pasado. Y los tribunales más allá de Marbella, poco han hecho.

Mientras no aprendamos todos que ese dinero público que gestionan los políticos es un dinero de todos y por ello ha de gastarse con mucho más cuidado que el privado, mal nos va a ir. Porque yo, con mi dinero, si se me va la olla y me compro un perfume antes que una barra de pan, un pijama, una medicina o un libro, es mi problema. Pero yo, con el dinero de otros, no compro perfume si antes no está todo el mundo alimentado, vestido, sano y educado, y punto, no hay otra. Y ahí no caben ideologías. Sólo cabe sentido común. Y una ética muy básica. Tan básica como insólita en nuestra historia reciente.

Anuncios

2 pensamientos en “Ética insólita

  1. Es que ese tipo de ética del que hablas es el que falta en muchos ámbitos, pensamos que cuando paga “papa Estado” no hay que escatimar en gastos, como si el dinero nunca se acabara, igual que cuando “paga la empresa” vamos a un restaurante más caro que el que nos permitiriamos si tuvieramos que pagar nosotros la cuenta. Si todos intentaramos actuar responsablemente con el dinero ajeno, común y particular, mejor nos iría.

  2. En general creo que no estamos acostumbrados a hacer juicios críticos acerca de nuestras costumbres, nuestra cultura, nuestra forma de usar el dinero público, nuestra forma de usar nuestro propio dinero, ni acerca del trasfondo ético o moral de muchas cosas. VAya, si me apuras, creo que en general cuesta trabajo hacer juicios críticos hasta de una peli, y si me apuras más, en materia de ética y moral, creo que queda claro que hay consenso en que matar es moralmente incorrecto -casi siempre- robar está mal como concepto, pero en la práctica se relativiza mucho, y… creo que de lo demás ni hablamos. Cuanto menos pensamos y analizamos más fácil es ir a lo nuestro, y hacer lo que interesa en cada momento con la conciencia tranquila. Así que has sido tremendamente acertada con el título. Creo que en general, encontrar ética es algo insólito. Especialmente si hablamos de política, economía y gestión de recursos comunes, como el dinero público.

Los comentarios están cerrados.