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El viernes un compañero de Patricia se sentía exclusivo con un coche Mercedes, a pesar de lo habitual que son esos coches por nuestras calles.

Hace un rato he visto la nueva campaña de la Organización Nacional de Transplantes bajo el lema “eres perfecto para otros”.

Exclusivo… perfecto…

Hace unos días hablaba con una de mis analistas de cabecera sobre la injustamente poco valorada cualidad de la normalidad en los impares adultos interesantes y, poco después, con otro analista consanguíneo, sobre la necesidad en los niños de no sentirse demasiado diferentes, de no destacar mucho sobre el resto.

Entonces… ¿en qué quedamos?… ¿debemos ser exclusivos?…  ¿perfectos?… ¿o normales y no destacar?

La exigencia continua de perfección en cualquier aspecto de nuestra vida acaba machacándonos, a cualquier edad. Pero también es clásica la necesidad de sentirnos exclusivos de vez en cuando.

Puestos a elegir, es mejor disfrutar de ese sentimiento de exclusividad en alguna actividad que se nos dé especialmente bien o en los ojos de alguien que nos mira como si fuéramos lo más bonito, lo más grande y lo más listo del mundo.

Pero lo mismo no es siempre posible elegir ese tipo de exclusividad, y es entonces cuando no hay más remedio que recurrir al Mercedes, al casoplón o a los diseños en ropa y accesorios. Todo sea por sentirnos grandes.

Así que ya va siendo hora de que valoremos en su justa medida a todos esos que, consanguíneos o no, nos consideran perfectos o exclusivos, y a esos talentos y habilidades que nos permiten sentirnos grandes de vez en cuando, porque, sin duda… nos están ahorrando una pasta, en coches, en casas o en joyas.

Buff, menos mal.

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