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Y de dónde vienen los demonios…

A veces los demonios vienen de fuera. Los demonios que vienen de fuera son dolorosos, por el factor desengaño, porque cuesta verlos, porque haber creído ver amor cuando resultaron ser demonios genera miedo e inseguridad en uno mismo. En el momento, los demonios nublan tanto que no se puede ver nada con claridad. O quizá lo que nubla sea el empeño en cerrar los ojos, para poder seguir forzando las cosas, porque a veces vemos lo que queremos. No es amor, pero yo quiero que lo sea. Entre unas cosas y otras uno está nublado, y al pasar el tiempo, con perspectiva y distancia, uno se pregunta cómo pudo ser tan estúpido. ¿Cómo no vi antes que eran demonios? Si eran rojos, con rabo y cuernos… y yo no lo vi. Y si no lo vi, cuando era tan claro, ¿quién me garantiza a mi el no volver a equivocarme?

Pero otras veces, los demonios los llevamos puestos. Porque  todos y cada uno llevamos dentro tanto amor -y capacidad para amar- como demonios -capacidad para dañar- . Estamos surtidos. Hubo un momento, en que me sentí sobrada de confianza en mí, y pensé que haría bien en seguir mis impulsos. Confía en ti misma, si has pensado hacer esto o aquello, por algo será. Sin embargo, de ese exceso de confianza aprendí algo muy importante acerca de esa dualidad que llevamos dentro, y es que no siempre es bueno confiar. En mi caso particular, aprendí también cuándo era o no bueno confiar en mí y en mis impulsos – y como supongo que no seré un ser extraño, y ya que creo que en el fondo todos nos parecemos bastante en lo esencial, y por si sirve, lo voy a compartir.

Lo que descubrí en su día, aunque pueda parecer una perogrullada, es que cuando me dejo llevar por  por la alegría y por el amor  hago bien en confiar en mí y en mis impulsos, porque soy capaz de ser y de hacer feliz. Cuando me dejo llevar por la inseguridad, la soledad y el miedo tiendo al egoísmo. Pero cuando me dejo llevar por el dolor, la desesperación o la desesperanza, soy terriblemente destructiva, demonio para mí misma y para quienes me rodean. Así que una vez que sé esto, puedo estar alerta para controlar mis impulsos, y dependiendo de la emoción que los mueva, saber si debo o no seguirlos. Otra cosa que he aprendido es que  a través del amor es posible ejercer el control sobre todos esos impulsos que provienen del sufrimiento y que provocan sufrimiento, y redimirlos. Y ser y hacer feliz.

 

 

 

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3 pensamientos en “Conocer al enemigo

    • Perdonada 😉
      Estoy de acuerdo, los peores demonios son los que llevamos dentro y solo despues de haberlos sufrido (o ver como hacían sufrir a otros) somos capaces de controlarlos.
      Hay quien no lo consigue nunca. 🙂

      • No hay problema, hoy me toca día de sentarme a escribir a las 11, así que todavía podías haber publicado incluso más tarde y me hubiera dado tiempo. Voy a ver si al menos me da tiempo a pensar de aquí a las 11, por no ir pillada…;-)

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