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Andaba Patricia el viernes (si publica Patricia es viernes, diga lo que diga el calendario) aprendiendo de sus amores y de sus demonios, de su confianza y de sus impulsos, y lo compartía con nosotros por si a alguno nos servía de algo y aprendíamos también.

 Nos pasamos la vida equivocándonos, en el amor, en las direcciones (a pesar del GPS) o en las matemáticas. Cuando los niños de primaria aprenden cualquier operación pasan por varias fases (según mi atenta observación): primero no tienen ni idea, luego les parece difícil y prestan mucha atención para hacerlo bien, más tarde se crecen al pensar que ya saben hacerlo y es cuando se equivocan más, y a partir de ahí se plantan en una encrucijada, o abandonan porque no sale (y pasan a inaugurar su historial de suspensos académicos), o continúan equivocándose a lo tonto sin pensar más hasta llegar a la desesperación, o, por último, analizan (con el adulto cercano, profe o madre) cada operación mal resuelta descubriendo los errores hasta que un día, por fin, se enciende una luz y se le pilla el truco a la operación, sin saber muy bien cómo ni por qué la mayoría de las veces, pero consiguiendo por fin dejar de equivocarse (al menos en lo gordo). El periodo de equivocaciones es más o menos duradero según el niño, su capacidad de análisis o su fortuna (que la suerte pesa en casi todo lo que hacemos) pero son raros, muy raros, los niños que aprenden operaciones matemáticas sin cometer ningún error en sus primeras operaciones.

 Nos acostumbramos en el cole a equivocarnos sin medida, a corregir, a analizar, a variar la forma de operar hasta llegar al modo correcto y, años después, cuando hacemos cualquier operación sin ayuda de máquinas (los raros que aún las hacemos de vez en cuando) escribimos los números con soltura sin que los errores del pasado pesen en nuestro trazo. Porque los errores en nuestras primeras operaciones no tienen por qué pesar, son ellos, esos errores, los causantes de nuestro, digamos triunfo, ante los números. Yo sé sumar, restar, multiplicar y dividir porque en el cole me equivoqué aprendiendo, porque resté al sumar y multipliqué sumando, porque dividí olvidando el cero al cociente y descoloqué las filas de la multiplicación, porque lo hice mal una y mil veces, justo por eso, es por lo que ahora lo sé hacer.

Y si el error no pesa en el aprendizaje de una ciencia exacta… ¿por qué dejar que pese en nuestra inexacta vida?

¿Por qué dejar que los errores pasados debiliten nuestro trazo? ¿No habría de ser justo al revés?

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5 pensamientos en “Prueba y error

  1. Creo que es justo al revés, que aprendemos cuando nos equivocamos, sin error no hay acierto, aunque luego no podamos evitar seguir equivocándonos… algo bastante humano se ve. 🙂

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