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Ana hablaba de que la crisis ha obligado a mucha gente a reinventarse profesionalmente. Algunos han ideado nuevas formas de negocio, originales o innovadoras, otros no han tenido más remedio que aprender sobre la marcha y perfeccionar lo que solo habían practicado con herramientas caseras de bricolaje.

Así hemos pasado de tener que pedir cita con varios meses de antelación a “expertos” albañiles, escayolistas, pintores y fontaneros (sobre todo ellos) que cobraban un dineral por cualquier chapuza, (si hablábamos de una reforma de varios días era obligatorio pedir un préstamo), a poder elegir entre una amplia gama de todo tipo de empresas multiservicio y autónomos con módicos precios.

Esa es la diferencia entre los años de bonanza para la construcción y el inmenso y parado páramo actual, en el que abundan todo tipo de no profesionales ejerciendo todo tipo de trabajos y reventando los precios del sector, porque al final lo que ahora importa a casi todo el mundo a la hora de elegir un presupuesto es lo que va a costar, y a veces comparando ofertas no me explico como cubren costes.

Bueno si, apurando hasta el último céntimo de cada ingreso y para eso hay veces que se escatima en la calidad del material, si hay suerte y se puede estar dado de alta y en regla se pagan seguros sociales, pero olvidándose de extras lujosos como planes de prevención de riesgos laborales y cosas por el estilo, regalando el precio de la mano de obra y por supuesto, siempre que se pueda escatimar algo a Hacienda no declarándo todo los ingresos, porque ese IVA que se cobra junto con cada factura se lo tragan los gastos, es lo malo de no tener margen de beneficios, y luego, a la hora de hacer la declaración trimestral parece que se lo haya tragado la tierra. No es economía sumergida, es economía de supervivencia.

Mientras tanto, nuestro querido papa Estado prepara una amnistia fiscal para los que menos lo necesitan, vamos, dando ejemplo de responsabilidad fiscal. Y eso, si que cabrea.

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