Home

Como decía Ana, el leer la prensa o ver noticiarios últimamente perjudica gravemente la salud mental. Lo que se transmite es que a pesar de que nuestros políticos toman medidas de salvamento a costa de continuar endureciendo las condiciones de vida de los ciudadanos y que parecen venir impuestas como inevitables viendo las caras de “yo no quería esto”, y sus explicaciones cada vez menos convincentes de que no había alternativa, nos encaminamos sin remedio hacia una hecatombe económica de dimensiones y consecuencias impredecibles.

A veces yo tampoco puedo con ello, y tengo que apagar y refugiarme en alguna otra realidad -o ficción- , otra que sea bonita, y desconectar de tanto catastrofismo. Recuerdo por ejemplo un documental -no sé si sería Callejeros, o alguno del estilo, que comencé a ver porque su contenido resultaba esperanzador. Iban a hablar de personas que debido a la crisis habían perdido sus trabajos y que habían decidido reinventarse para poder vivir. Llamaban reinventarse a que unos ingenieros agrónomos se dedicaran a limpiar acuarios de clínicas dentales, que hubieran tenido que volver a vivir con sus padres y que no  ganaran con su nueva actividad más que para que sus padres al menos no tuevieran que asignarles paga semanal, o que licenciados en derecho o económicas, con experiencia e idiomas fueran ahora mismo cada vez más seleccionados para trabajar como camareros en hoteles… eso para mí no es reinventarse, es sobrevivir. Tuve que apagar.

Sin embargo, al igual que Carmen, me puede la curiosidad, y sigo la actualidad económica a través de los medios de comunicación, aunque procurando cierta distancia. Porque creo que el sensacionalismo catastrofista es una tendencia en el periodismo actual. Y es terriblemente tóxico.

Me pregunto si los medios de comunicación, conscientes del poder que ejercen sobre la sociedad en general, se han cuestionado su forma de tratar la información. Hace unos años, la aparición de la gripe A fue ofrecida de tal forma que llegamos a pensar que se trataba de la plaga del siglo XXI y que íbamos a morir como chinches. La alarma social duró lo que duró la realidad en imponerse: estábamos hablando de una gripe que no causó un impacto muy distinto a la de cualquier otro año.

Sin embargo ahora mismo estamos hablando de una realidad que puede transformarse en función de las expectativas. Nuestra gripe A de ahora puede o no matar dependiendo de que se crea que vaya a matar. Resulta que, en parte, la estabilidad económica de nuestro país se asienta sobre las expectativas y la confianza que éste genera. Si mercados y países vecinos dudan de nosotros sube la prima de riesgo, y entonces el pagar nuestra deuda nos puede suponer caer en bancarrota.  Y en esa tesitura nos encontramos con una prensa cuyo fervor sensacionalista se ceba en alimentar la sensación de debacle inevitable al más puro estilo “el fin del mundo se acerca”, o como decía Ana, el barco se hunde, los mujeres y los niños primero (ah, no, perdón, políticos, adinerados y amigos primero). ¿Por qué? Porque la tragedia vende. Y así, lo que veo es que para incrementar audiencias se usa el miedo y la alarma social, que el país vecino para ganar votos usa el miedo -el de sufrir en sus carnes la ruina del nuestro, dándola por hecho, contribuyendo a que se haga realidad- , que para que la sociedad acepte cualquier medida y esté dispuesta a sacrificar cualquier derecho se usa el miedo.

Qué poco seguros estamos si hacemos que nuestro bienestar dependa de un intangible como la confianza o las expectativas, y menos si se trata de las del mercado. Pero una vez que lo hemos montado así, ¿no deberían los medios de comunicación hacer un ejercicio de responsabilidad y cuestionarse el tratamiento que le dan a la información como protagonistas que son a la hora de influir en esos intangibles?

Anuncios

2 pensamientos en “El sensacionalismo y el desastre

  1. Deberían, pero no lo hacen. Son tan esclavos de las audiencias que parece que la información (en su sentido literal) ya no importa. Se informa sesgadamente, o de una manera tan breve que es casi imposible formarse una opinión, con lo que al final la mayoría de la gente se queda con los titulares, y nada más. De esa manera pueden crear miedo y manipular la opinión pública.
    Es como cuando dicen: “la preocupación número 1 de los españoles en este momento es la crisis”, claro, con lo que nos desayunamos, comemos y cenamos todos los días, como lo fue anteriormente el paro, el terrorismo…

Los comentarios están cerrados.