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El último lunes intentaba yo, es verdad que tímidamente, derivar los derroteros de esta particular línea de Euler hacia la literatura, pero la dirección de una línea nunca la puede decidir un punto sólo (por mucho que sea el circuncentro, que empieza semana) y si los otros dos puntos no se dan por aludidos… no hay nada que hacer.

No obstante, siendo hoy 23 de abril un día propicio y teniendo que enlazar con la línea monárquica que seguiría al viernes de Patricia… voy a hacer otro intento.

Ya hace más de cuatrocientos años que Shakespeare (que estaría de cumple hoy si estuviéramos en el siglo adecuado) escribió una historia sobre un rey que cometía errores, El Rey Lear lo llamó (bueno King Lear, más bien). En resumen, la historia es todo un derroche de tragedias que acaecen en la corte de un rey a partir de su primera ocurrencia de ser original a la hora de repartir su reino entre sus hijas y, en vez de hacer las típicas partes iguales de toda la vida, dividir el pastel en función del amor que cada una de las hijas le profesan. Vamos, toda una idea. A partir de ahí se van encadenando tragedias hasta que no queda un actor vivo en escena, haciendo honor al viejo refrán de que “lo que mal empieza, mal acaba”.

No es paralela la vida de nuestro actual Rey a la del Rey Lear aunque, puestos a buscar similitudes más allá del número de descendientes, hay un error por una idea bastante peregrina que puede ser el comienzo del fin de su reinado. No es justo, en nuestra realidad, juzgar la vida de alguien por un error, pero tampoco lo es vivir por siempre a cuenta de una decisión acertada en un momento de crisis institucional que siempre se recuerda cada vez que aparece alguna crítica. Ocurre entonces que, cuando los errores empiezan a encadenarse, no es difícil prever que el devenir de la historia puede terminar mal, al menos para él.

Son varios cronistas los que plantean ahora el peligro de que nuestro rey se esté alejando de la realidad de la vida de sus ciudadanos, suponiendo, parece, que sí ha estado cerca en algún momento. Yo de siempre he oído que nuestra familia real era muy cercana y hacía una vida muy normal, cerca de los ciudadanos pero, la verdad, es que yo sólo he coincidido con la realeza en una ocasión (con los príncipes de Asturias en una sesión normal en un cine normal a la que ellos llegaron con cuatro guardaespaldas y sin cruzar palabra con ninguna persona “normal”) y no me pareció que esa cercanía fuera tal.

Este último error de ver normal una cacería de elefantes en África cuando a uno le quita el sueño el paro juvenil quizá no está lejos del de asistir a celebraciones familiares en un casoplón que la infanta adquirió sin que, y de forma muy evidente, su sueldo institucional le permitiera sufragársela y no ser consciente de que iba a traer problemas a la familia. Son errores normales cuando se vive lejos de la normalidad. Pero ellos reclaman normalidad a la hora de tener privacidad en sus vidas, o de educar a sus hijos, o de decidir qué se ponen. Y la normalidad debería ir toda en el mismo paquete, sin separar la normalidad en el trato de los demás de la del disfrute de privilegios.

Es difícil tener una conducta continuamente irreprochable, es difícil estar siempre en el punto de mira de mucha gente, es difícil, seguro, vivir una vida anormal. Pero anormal es, y ahora más, que desde la cuna se te asegure, hagas méritos o no, el porvenir, el poder, el privilegio.

Yo creo que la existencia de una institución estable, permanente e independiente de los devenires políticos puede dar seguridad al sistema político, pero los miembros de esa institución deben ser creíbles en su estabilidad, su permanencia, su independencia… su ejemplaridad. Si no, la institución deja de ser estable, y lo que es más importante… útil.

Nuestra monarquía no tiene por qué terminar en una tragedia de Shakespeare, aunque la verdad es que, tal cual están las cosas, no parece que haya mucha gente a la que le importe realmente a qué género de literatura se adscriba la historia que quede por escribir de nuestra familia real. Bastante tiene cada uno con ir escribiendo la suya propia y la de los suyos lo más lejos posible de ese género en el que tanto se prodigaba William.

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4 pensamientos en “De reyes, tragedias y errores

  1. esos puntos díscolos que te acompañan…. y eso que yo acababa de llegar a 1Q84, recién caída en la trilogía…. veremos qué nos depara esta apertura.

  2. Se me olvidó exclamarlo el lunes cuando te leí… ¿pero los principes van al cine? ¿al de todo el mundo? ahí sentados entre la gente? ¿? yo creía que no fijate, que o les cerraban una sala o la llenaban de escoltas y guardaespaldas hasta completar aforo para que no se sintieran solos.
    Fijate!

    • Pues al menos un día, hace unos años, fueron a un cine normal a una sesión normal a ver “La vida de los otros” en versión original. No sé si es frecuente o fue sólo un arrebato de normalidad.

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