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Decía Aristóteles que mientras a un historiador le corresponde narrar hechos que han ocurrido, a un escritor le corresponde contar aquellos que si bien no han ocurrido, podrían ocurrir, y por eso justifica que la Literatura es más filosófica que la Historia, pues la Historia se detiene en lo particular del ser humano, mientras que la literatura echa mano de lo general para tomar forma.

Así, muchas veces, cuando nos cuesta trabajo entender, superar o interpretar acontecimientos de la realidad, vivencias propias o ajenas, tiramos de literatura, de ficción, de historias con minúsculas.  Así, Ana se sirvió de la historia del rey Lear para hablar de la monarquía como institución primero, y más tarde del caso concreto de la nuestra. Con los niños también pasa mucho. Para que entiendan y superen emociones que les sobrepasan, por ser nuevas para ellos, por ser inexpertos en identificarlas y en gestionarlas, se acude a menudo a cuentos. Y entonces se inventa uno un cuentecito, con un protagonista al que le ocurre alguna cosa con ciertas similitudes a las del niño en cuestión, y que le hacen sentir como al niño en cuestión, y que termina superando y resolviendo con final feliz. Y el niño, al ver sus sentimientos reflejados en otro ser,  aunque no sea él mismo, aunque ni siquiera tenga forma humana, (porque el protagonista bien podría ser un calcetín, un oso, una estrella de mar, o un hada del bosque), es capaz de entenderlos, de aceptarlos y de superarlos. Y el niño da todo lo fantástico como bueno, y es capaz de creerlo y de entenderlo, así trate de imposibles, como unicornios, porque resulta que un unicornio que había perdido el cuerno, en medio de un bosque de árboles azules, se ha sentido igual que él se habría sentido de haber sido un unicornio sin cuerno en un bosque de árboles azules (a esto se le llama verosimilitud, y es requsito imprescindible para que una historia funcione). Y yo ahora me pregunto, ¿de verdad sólo les ayudan a los niños las historias con minúsculas a entender el mundo que les rodea (sea del color que sea, porque aunque el cielo sea azul, o blanco o gris, bien podría ser de cualquier otro color), y a sí mismos en él? ¿o no son las historias con minúsculas (en forma de libro, de película, o simplemente escuchadas de viva voz) un poderoso instrumento que nos ayuda a conocer un poco mejor la naturaleza del ser humano, y con ello también a nosotros mismos, ya se trate de niños y no tan niños?

Pero voy más allá, porque creo que esas historias no sólo nos influyen a la hora de conocer, entender y empatizar con el ser humano en general gracias a ese efecto reflejo, y nos permiten extrapolar, y filosofar, sino que también influyen en la forma de interpretar el contexto que lo rodea -que nos rodea-, lo que llamamos la realidad en la que se desenvuelve -nos desenvolvemos. Y es que gracias a ese efecto reflejo, y a la asociación, a veces somos capaces de ver elementos maravillosos y fantásticos en cosas que otras personas (que carecen de ese reflejo) sólo interpretan como cotidianas, anodinas, y previsibles. Porque, al fin y al cabo, todos protagonizamos un montón de historias, y podemos encontrar la capacidad para alejar de la ficción los elementos maravillosos y fantásticos, convirtiéndolos en realidad.

Y colorín colorado….

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Un pensamiento en “Historias con minúsculas y efecto reflejo

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