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Buscando fuera la inspiración que no llegaba de dentro he acudido a la prensa digital, lo cual es todo un reto habida cuenta del prosaismo y proselitismo que uno encuentra, pero poniéndole voluntad y probando suerte en la sección de Cultura, me he topado con reseñas de dos hombres, ambos con dos historias, ambos de nombre Ernesto.

El primero de ellos nació hace ya muchos años en Argentina, el día de San Juan, pero no heredó el nombre del santo del día, sino el de un hermano recién fallecido. Su padre, de origen italiano, había llegado cruzado el Atlántico en busca de la tierra prometida, sin conocer la forma que ocupaba aquella esperanza, pero que debió imaginar hermosa; prometer es tan fácil… Una vez allí  supo que las promesas versaban sobre el esfuerzo y la lucha para sacar adelante una prole de once hijos como familia pequeño burguesa gracias a un molino en la aridez del pueblo pampeño donde fue a instalarse. Rojas.

Con tal desesperación mi madre se había aferrado a mí para protegerme, sin desearlo, ya que su amor y su bondad eran infinitos, que acabó aislándome del mundo. Convertido en un niño solo y asustado, desde la ventana contemplaba el mundo de trompos y escondidas que me había sido vedado.

De alguna manera, nunca dejé de ser el niño solitario que se sintió abandonado, por lo que he vivido bajo una angustia semejante a la de Pessoa: “Seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta“.

Leyendo esto me parece sencillo reconocer en este niño que se siente fuera del mundo, relegado a observador, aunque de voluntad participante, al hombre que escribió en las páginas de una de las pocas novelas que escribió “en todo caso había un sólo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida”.

Sin embargo, me resulta paradójico que este hombre que se siente introspectivo y observador, y que contó historias que harán que su nombre Ernesto, y el de su hermano, se recuerden aunque ya haya muerto – hace un año más o menos-, este hombre, haya sido el  protagonista de una vida agitada, aventurera, comprometida y activa: juventud comunista, alejamiento del partido con el estalinismo, huídas por Europa, investigación en el campo de la física, después abandonó la investigación para dedicarse a la literatura y la pintura. Pero ya aclara él que “la vida desborda los esquemas rígidos, es contradictoria y paradojal, no se rige por lo razonable, sino por lo insensato. ¿Y no significa esto proclamar la superioridad del arte sobre la ciencia para el conocimiento del hombre?”.

El otro Ernesto, el nicaragüense,  era para mí desconocido, pero como le han dado el Premio Reina Sofía de poesía ha salido en prensa, justo hoy, cuando yo andaba en busca de inspiración. Su historia es tan rocambolesca que adolece de toda verosimilitud, y sin embargo es real. No en vano, este hombre ha sido en su vida filósofo, escultor, traductor, revolucionario y golpista contra el dictador Somoza, fue ministro de Cultura durante la Revolución Sandinista, en 1983, y sacerdote -revolucionario también: su apoyo a la Teología de la Liberación le valió la enemistad con Roma y una reprimenda pública de Juan Pablo II en 1983. Y ensayista también. Y poeta. Y la poesía también cuenta cosas.

Me pregunto si también él se sentirá observador, y escuchador más que artífice y partícipe. Y como no estoy segura de hallar respuesta, dejo unos versos de él:

La materia son ondas.
Un yo hacia un tú.
                                Que busca un tú.
          Y esto es por ser palabra todo ser.
Por haber hecho al mundo la palabra
       podemos comunicarnos en el mundo.
                                                     -Su palabra y un tambor…

Somos palabra
           en un mundo nacido de la palabra
y que existe sólo como hablado. 

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