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Sobre la palabra versaba el poema que cerraba el viernes de Patricia y con la importancia de un nombre se formaba su título inicial. La palabra y el nombre, principio y fin.

Cada objeto, acto, momento, sentimiento o persona, tienen su nombre. Y es una importante decisión la de asignar la palabra correcta para cada cosa nombrable. Importante y difícil, porque el nombre ha de parecerse a lo nombrado, debe reflejar lo que el nombrado es. De ahí que los padres sensatos huyan de los nombres con significado para sus vástagos, no sea que, con el tiempo, el significado del nombre acabe por significar demasiado al nombrado.

Cuando alguien hace algo malo, malo, decimos que lo que ha hecho “no tiene nombre”. Y cuando nos queremos olvidar de alguien le decimos “innombrable”.

El nombre nos precede y nos acompaña, nos presenta y nos delimita. Nuestro nombre existe antes de saber cómo somos y crecemos haciéndonos a él. Con el tiempo nuestro nombre y nosotros somos lo mismo.

Así que, en el momento de la máxima identificación, nada hay tan recomendable como uno de esos nombres genéricos que la tradición nos asigna a unos cuantos (miles o cientos de miles me temo) elegidos. Quizá un nombre original combinado con un apellido más original todavía y posiblemente muy largo, te identifica mucho y muy claramente, así que te permite pocas opciones personales. En cambio los nombres comunes, muy comunes, te dan un margen de vidas ilimitados, tu nombre pega con todo, puedes ser tonta o lista, racional o emocional, absurda o coherente, elegante o macarra, rubia, morena o pelirroja, escritora o pin-up, cocinera o bailarina clásica, delicada o grosera, camionera, oficinista o luchadora de sumo, sin que nadie pueda llegar nunca a decir… qué curioso, con ese nombre no parecía que fuera…

… pero el principal oficio al que claramente nos destina nuestro genérico nombre es al de escritor… no en vano la naturaleza nos puso en el mundo asignándonos ya nuestro primer seudónimo. Y eso tiene que ser una señal.

 

 

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