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Cuando la situación de una determinada región es estable, los ciudadanos tienen trabajo, y, en general, hay una calidad de vida aceptable, la gente no sale a la calle en masa sino para celebrar fiestas populares, no surgen líderes políticos al estilo mesiánico, y poco se escucha hablar de la palabra patria.

Sin embargo, en entornos difíciles, cuando la calidad de vida empeora sensiblemente y hay un alto porcentaje de personas que difícilmente consiguen cubrir mes a mes sus necesidades básicas, la paz en la vida social se perturba. La gente se echa a las calles (quizá no seamos rebeldes sin causa), existe un ambiente de crispación que hace que los altercados violentos se multipliquen, y  se radicalizan las posturas políticas. También vemos que proliferan líderes mesiánicos, con discursos apasionados donde se escuchan palabras como patria, nación, traición, lealtad, y que con ellos movilizan en urnas a un elevado número de personas que votarían al mismísimo diablo si éste consigue despertar en ellos la fe en que les devolverá el bienestar perdido. No hay más que ver lo ocurrido recientemente en Francia o en Grecia, por no irnos más lejos, que todos tenemos en mente ejemplos a lo largo de la Historia. Y es que Maquiavelo es una constante en el ser humano. Haz que esté lo suficientemente desesperado por conseguir mi fin, que los medios pasarán a un segundo o tercer plano, y ya los justificaré, miraré hacia otro lado, o incluso los defenderé. Lo que importa es la aparición de un mesías con una mano lo suficientemente firme como para llevarlos a cabo.

Pero al mismo tiempo, en entornos difíciles, se han encontrado otras reacciones, desde la resignación más absoluta muy en línea con el estoicismo de tradición cristiana, hasta la desidia y la abulia (esta debería sonarnos, que va mucho con la idiosincrasia del español de toda la vida, como ya habían subrayado en su día Larra o Unamuno), pasando por supuesto por la indiferencia del “mientras a mí no me toque” (cuando toca ya pasaríamos a las otras opciones).

Sin embargo, el ser humano es una fuente inagotable de recursos. Y en un entorno difícil , inestable, de pérdida constante de bienestar y seguridad, se ha inventado otra forma de actuar.  No es una forma pasiva, sino activa, pretende un cambio, es de signo rebelde y de rechazo. Pero sin embargo no se escuchan en ella palabras como patria, ni se amparan en ningún líder mesiánico, y a pesar de brotes violentos puntuales, se persigue la no violencia y la movilización pacífica. Es una voz horizontal y heterogénea, que surgió de forma espontánea el 15 de mayo del año pasado, y  que, a pesar de que  se pueden encontrar ecos del mayo del 68, tiene una personalidad propia, y ha traspasado fronteras (las fronteras, esa cosa que también nos hemos inventado, como si de verdad una frontera pudiera poner coto y diferencia a nuestra naturaleza).

Esta semana he podido leer muchas crónicas acerca de lo que ha supuesto el Movimiento 15 M a lo largo de este año. Se les critica el no estar abanderados por un líder y el no configurarse como grupo político, el no tener un programa claro y uniforme, la heterogeneidad de sus propuestas y el fracaso de su utopía. Sin embargo, también se reconoce que gracias a este Movimiento, se ha despertado una cierta conciencia sobre algunos temas. Así, de pronto se amplía la transparencia en la información acerca del gasto público, no sólo de instituciones intocables hasta ahora como la monarquía, o se publican sueldos no sólo de políticos, sino también de directivos de banca (por ser directivos de empresas privadas que han recibido dinero público). Y también se cuestionan la ética y la legitimidad de las praxis financieras, especialmente en el sistema de ejecución de una hipoteca, y de pronto se comienza a hablar de la dación en pago.

Yo creo que si bien a nivel práctico aún queda casi todo por cambiar, el Movimiento del 15 M no es una utopía inútil. Todo depende de lo que se espere de él. Yo no creo en los milagros ni en los mesías, ni siquiera en forma de masa heterogénea horizontal. Tampoco creo que las revoluciones (entendiendo por revolución un movimiento brusco y minoritario que termina triunfando por el camino de la fuerza y las armas)  sean la mejor opción. Pero lo que sí veo es una evolución en la conciencia colectiva. Un modelo económico y social que hasta hace poco tiempo era aceptado por una inmensa mayoría sin plantear duda alguna comienza a ponerse en entredicho. De pronto surgen preguntas acerca de un sinfín de materias que forman parte de un modo de vida que comenzamos a percibir como insostenible e injusto, y se levantan voces haciéndose preguntas acerca de nuestro comportamiento como consumidores, de la falta de ética en determinadas formas de lucro hasta ahora perfectamente admitidas, de la falta de justicia de muchas de nuestras leyes, de la idoneidad de nuestros modelos de consumo, de la incoherencia de una forma de vida que atenta contra los principios naturales y ecológicos, de la necesidad de poner fin a la corrupción política, del peligro existente en confiar nuestra estabilidad y bienestar en las leyes del mercado, de las consecuencias de una globalización y concentración del capital. Y todas estas preguntas, todas estas dudas, todo esta toma de conciencia, que de momento se materializa en una amalgama difusa de propuestas, en un sentir heterogéneo y disperso, es el primer paso para un cambio, para un cambio de los de verdad, pero instrumentado en el consenso, en la no violencia, en una forma más pura de democracia. Y esto no es el primer paso para la utopía. Es ya utopía en sí misma. Y existe.

Quien quiera verlo, y quien quiera serlo, tiene mañana una oportunidad muy visible. Y cada día, desde la invisibilidad, muchas más. Cuestión de voluntad y de fe.

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Un pensamiento en “Utopía o no

  1. Tu lo has dicho, solo hace falta voluntad, y mucha fe claro. Esperanza en cambiar las cosas poco a poco, en nuestro entorno, en nuestra casa, en nuestra cabeza.. ahí empieza todo.
    Muy buena tu reflexión, como siempre 🙂

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