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Pensando un poco en lo que se ha ido hablando aquí esta semana, me viene a la cabeza un tópico, que aunque su uso esté últimamente denostado, son de lo más socorridos. En este caso es aquello de pensar en global y actuar en local.

Lo global y lo local. Lo macro y lo micro. No dejan de ser dos dimensiones de una misma realidad. En los últimos años, supongo que por todo el tema de la explosión tecnológica, la revolución de la información y la comunicación, y las prácticas económicas transfronterizas, creo que hemos sobredimensionado lo global,  nos hemos dejado lo local de lado, y con ello hemos sufrido un desequilibrio. Como decía Ana, a fuerza de pensar en grande, cuando lo grande se derrumba, nos quedamos abatidos, desprotegidos, desbordados. Porque con lo grande no podemos, y se nos ha olvidado lo pequeño, a manejar las piezas pequeñas del puzzle que son, precisamente, las que podemos manejar.

Yo no digo con esto que sea malo tener información de lo que pasa en cualquier lugar del mundo, ni amigos a miles de kilómetros de distancia con los que poder comunicarte en tiempo real, ni ser capaz de poder realizar análisis sesudos de la realidad económica y social del planeta tierra en su conjunto a día de hoy, de ayer y de siempre. Creo que no hay dudas en que tener estas opciones es absolutamente positivo. Pero que por contra no conozcamos a un solo vecino del bloque en el que llevamos viviendo 15 años, y que el barrio en el que vivimos sea ese entorno anónimo y hostil donde tenemos una casa en la que escondernos y conectarnos, creo, por contra, que es un error.

Asimismo, el funcionar en grande nos ha hecho olvidar que también se puede funcionar en pequeño. Cuando  lo grande se cae, por ejemplo, una empresa, y con ellos un trabajo, el único, con cuyo sueldo-iba a decir grande, pero quizá sea meterme en un jardín- que si no era grande sí daba al menos para soportar todos los gastos -eso está mejor- y no hay más trabajo ya como ese que hubo, cuando pasa eso quizá haya que pensar en pequeño. En pequeñas tareas remuneradas, diversificadas, que en su conjunto sí que ayuden a soportar el mes a mes. Y quizás, se podrían realizar desde casa, o por el barrio, y ganaríamos tiempo, y quizás, al realizar la actividad en el barrio conoceríamos allí a gente que nos podría necesitar, y también a la que podríamos necesitar, y podríamos establecer una red de relaciones colaborativas. Y quizás, en el barrio, veríamos cosas que se podrían mejorar para que estuviera más limpio, más habitable, más cómodo para quienes lo moran, y quizá, aprovechar esas nuevas relaciones para proponer mejoras, actividades, y apoyos, que hicieran que el día a día fuera mejor. Y esas redes se podrían ir extendiendo a otras muchas cosas. Todas ellas pequeñas y locales. Incluso también esas redes locales se podrían aprovechar para hacer crecer conciencias globales, de esa que parece abstracta y cosa de otros, como decía Carmen.

Así que definitivamente apostaría por ello, por volver a darle a lo local y a lo físico y cercano el aprecio perdido, sin caer en el error de desequilibrar a su otra cara de la moneda. Restaurar y reforzar las redes de actuación y colaboración locales sin demoler las globales. Por muy topicazo que sea. Y ahora lo dejo, que tengo pendiente un puzzle de 1.000 piezas, pequeñas todas ellas, y es la hostia de difícil.

 

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Un pensamiento en “Alabanza de lo pequeño sin menosprecio de nada

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