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Sabía que la crisis ha hecho que muchas familias hayan visto mermados sus recursos hasta límites que rozan el umbral de la pobreza, pero me sorprendo (y entristezco) al leer en el artículo de Ana que gracias a los comedores escolares muchos de los hijos de estas familias recién empobrecidas pueden hacer una comida decente al día. No quiero ni pensar la de desayunos, comidas, meriendas y cenas que se podrían servir con una ínfima parte de alguna que otra indemnización/rescate/bonus del sector financiero de este país.

Por no entrar en disquisiciones que me harían perder los nervios, yo me quedo con esos otros daños colaterales de la crisis que ha mencionado, la de los principitos destronados y su mala adaptación a la nueva situación económica familiar.

Desde que incorporé en mi vida la faceta de madre (antes de tener hijos los niños eran para mi unas miniaturas humanas que no despertaban en mi ningún interés) empecé a observar que había una especie de despotismo infantil que tenía completamente subyugado a todo su entorno. Ana nos habla de ese perfil de niños maltratadores que no han sabido asimilar le pérdida de poder adquisitivo de sus padres, y se vuelven crueles con ellos. Yo además añado que en estos casos la falta de atención o de educación por parte de los padres hacía estos niños ha sido proporcionalmente inversa al surtido de caprichos, juguetes, ropa y cualquier objeto susceptible de posesión por parte su hijo.

Nuestra generación ha estado tan ocupada trabajando y ganando dinero para que nuestros hijos “tengan de todo” que no se ha ocupado de enseñarles el valor del esfuerzo, lo que cuesta ganarlo, cuantas veces he escuchado al pasar cerca de una madre “¿tu que crees, que el dinero sale de debajo de las piedras?”, mientras abría la cartera para darle dinero a su hijo y que se comprara esos carísimos muñequitos deformes que su hijo pondrá en su ya atiborrada estantería donde periódicamente hay que hacer limpieza y “tirar trastos” porque ya no cabe nada (aparte de que cualquier baratija mala de plástico destinada a niños cuesta como si estuviera hecha a mano por un artesano suizo).

Así que estamos ante unos niños, preadolescentes y adolescentes que han oído pocas veces un no en su vida, y si se lo han dicho ha durado poco, no se vaya a deprimir el niño, que gracias a que nuestros padres no fueron tan melindrosos en ese aspecto (todos tenemos en nuestro subconsciente: ¡no es que no, porque lo digo yo!) hemos tenido una capacidad de frustración altamente desarrollada, que para lo que luego es el discurrir de la vida, viene muy bien.

Ejemplo práctico: dos adultos están hablando y se acerca el hijo de uno de ellos que sin pedir permiso interrumpe la conversación para normalmente hacer alguna petición de vital importancia para él pero que no suele ser asunto de vida o muerte. La mayoría de padres (según profundos estudios realizados por mí en muchas horas de parque) contestan inmediatamente a sus demandas, unos pocos, poquitos, les dicen amablemente que no se interrumpe a los mayores y que se pide permiso con educación si es algo urgente. Resultado hasta la fecha: los niños y adolescentes no callan ni bajo el agua, nadie les ha enseñado a respetar a los adultos mientras están hablando, ya sean padres o profesores. Lo sé por las quejas reiteradas de todos los profesores que mis hijos han tenido en los últimos doce años, y también porque mi hijo está cansado de venir cargado del triple de deberes porque sus compañeros no se han callado en ninguna clase, pero sobre todo, porque últimamente lo estoy sufriendo hasta en los conciertos,  donde cada vez es más difícil poder escuchar la música en condiciones, ni aunque los músicos pidan silencio al público (cosa que en mis largos años de público nunca había visto tanto como ahora).

La pena es que necesitemos una crisis para renovar valores.

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2 pensamientos en “Príncipes destronados

  1. A ver si de verdad se renuevan, almenos si se sigue extendiendo la conciencia del problema, que no deja de ser un buen primer paso.

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