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Acerca de los niños educados como príncipes, lo mejor que les puede ocurrir es que sea lo que sea les quite la corona. En la era del hiperconsumo, los niños se han colocado a la cabeza. Son los seres más sensibles a las estrategias del márketing  tanto tienes tanto vales. Para ser feliz necesitas tener una consola, para ser feliz necesitas tener esta colección de cromos, para ser feliz necesitas tener las zapatillas de Messi, para ser feliz….. y los pobres lo van intentando con una cosa y con otra, y la felicidad se les va escapando a la espera de satisfacer la siguiente necesidad, y la muy puñetera no llega nunca. Tengo en mente las palabras de mi hijo mayor, cuando ingenuo me decía “mamá, si me compras un teclado ya no me voy a aburrir nunca más”. Y los padres, ingenuos, satisfacemos los caprichos, porque como lo que más queremos en el mundo es que sean felices, pues oye, que no nos puedan echar en cara que les truncamos la felicidad y que su vida habría sido mucho mejor si les hubiéramos comprado todo eso que querían. La culpa juega su baza en todo ello. Como trabajamos mil horas al día, a veces tenemos que viajar, o a raíz de separaciones, o de las comparaciones con los estilos educativos que nos rodean, o la que quiera que sea la circunstancia, compensamos no negándoles esa felicidad efímera que se envuelve en papel de regalo, pero les privamos de la oportunidad de descubrir la que dura un poco más, y es más consistente, porque fomentamos que en lugar de buscarla se entretengan pensando en el siguiente capricho.

Los niños educados como príncipes están alejados del resto de las personas. No tienen empatía. Porque como son los más guapos del mundo, y los más listos, y los que lo hacen todo bien, y los que cometen errores que jamás tienen consecuencias, terminan con la sensación de que son más importantes que los demás, y la sensación de superioridad (que implica desprecio hacia el resto) termina alcanzando hasta a sus seres más queridos, aquellos que les dieron el cetro y la corona, sus propios progenitores, y terminan sufriendo en sus carnes  el despotismo de seres que están por encima del bien y del mal, y que no tienen en cuenta nada y a nadie que no sea por y para ellos. Y es que quizás hemos estado confundiendo el refuerzo positivo del estilo educativo moderno, y el reforzar la autoestima de los niños, con ver sólo lo positivo, que no sólo les manifestamos, sino que multiplicamos hasta el infinito, pero no les decimos nada acerca de lo negativo, de los aspectos que deben mejorar, corregir, evitar o aprender. Ni tampoco hablamos de sus frustraciones: las evitamos, de modo que tampoco aprenden a superarlas ni a enfrentarse a ellas, a ellos mismos, a controlar su enfado, si ira o su tristeza, y los dejamos a merced de las mismas. Con lo complicadas que son estas emociones de dominar y el gran entrenamiento que requiere el lograr ese dominio. Como tampoco les hablamos de los sentimientos que despiertan en los demás sus propias reacciones. Así que los demás no somos personas, sino cosas que no sienten ni padecen. Y ellos tienen unos sentimientos que les resultan extraños, y que piensan además que sólo les ocurren a ellos, y piensan que están solos. Y no, todos nos frustramos, nos enfadamos, nos entristecemos, y nos sentimos solos. Incluso los padres, incluso siendo mayores, ya ves. Pero no te preocupes, porque puedes hacer cosas para controlarlo y estar mejor.

Un niño que pierde cetro y corona, probablemente es un niño que tendrá al menos la oportunidad de conocer el valor de las cosas, el valor de las personas, y con un poco de suerte, aprenda algo más acerca de la felicidad, el respeto, los límites, la responsabilidad y la solidaridad. Lástima, es verdad, que casi siempre haga falta una crisis para que ocurra, ya sea a nivel nacional, como ésta que vivimos, o a nivel familiar.

Otra cosa es que lo que pierdan los niños con una crisis como esta sean derechos fundamentales para su dignidad como seres humanos. Que pierdan un techo donde vivir, que vivan con la angustia de saber que se alimentan gracias a la caridad, que pierdan garantías de asistencia médica, que pierdan oportunidades educativas.

Y yo me pregunto, ¿y si sirviera también para que muchos adultos perdiéramos cetro y corona, y quizá, ya no siendo príncipes sino ciudadanos como los demás, también aprendiéramos algo más acerca del valor de las cosas y las personas, de la felicidad, el respeto, los límites, la responsabilidad y la solidaridad, y empezáramos a hacer las cosas de forma que dejara de haber personas que perdieran sus derechos fundamentales como seres humanos?

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Un pensamiento en “A cambio del cetro y la corona

  1. Aparte de la corona y el cetro (privilegio y mando) todo reinado debe llevar una capa (responsabilidad) que a veces pesa mucho. A los niños de ahora se les dió cetro y corona, pero sin capa que compensara lo otro. Todo era muy fácil. Ahora no, y ahora en muchas casas ya sólo hay capa, sin cetro y sin corona, y claro, nadie la quiere.

    Y el caso es que no voy a seguir comentando, porque lo mismo me autopiso el post para el lunes…

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