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Decía Patricia el viernes que “un niño que pierde cetro y corona, probablemente es un niño que tendrá al menos la oportunidad de conocer el valor de las cosas, el valor de las personas, y con un poco de suerte, aprenda algo más acerca de la felicidad, el respeto, los límites, la responsabilidad y la solidaridad”. Infinitas veces hemos oído contar a personas que han pasado por una experiencia traumática su opinión de que le ha servido para saber cuál es el verdadero “valor de las cosas” y conocer qué es lo verdaderamente importante y qué no. Así que parece que el mayor aprendizaje vital se centra en las malas experiencias. Las enfermedades, los problemas económicos, los abandonos, los accidentes, los terremotos… es decir, las desgracias en general, nos hacen aprender. Y en general cuando alguien cuenta eso de “me sirvió para aprender…” siempre es con la experiencia propia, parece que nadie aprende por experiencia ajena.

Porque podríamos ser listos, digo yo, y aprender ya con lo que les ha pasado a otros, para no necesitar más desgracias que nos pongan en nuestro sitio. Que a ver si la crisis económica es simplemente un regalo para que toda una generación aprenda por las bravas qué es lo verdaderamente importante.

Esta mañana he oído a un político relevante decir que quizá estamos asistiendo a un cambio social tan importante como la revolución industrial, o la revolución francesa, y él se preguntaba si en el momento en que se vivían las grandes revoluciones de la historia las personas que las vivían serían conscientes de que lo hacían. A mi eso de estar viviendo una gran revolución me parecería estupendo e, incluso, apasionante si no resultara que en todas ellas hubo mucha gente que se quedó en el camino.

Como individuos parece que necesitamos un golpe para despabilarnos, para madurar, y yo quiero pensar que tiene que existir la opción de madurar aprendiendo de las desgracias de otros.

Como sociedad estamos asistiendo a una mala experiencia, crisis lo llaman, y a mi me gustaría pensar que, como sociedad, también podríamos aprender de otras revoluciones anteriores y no necesitar perder a gente en el camino para conseguir un avance en la buena dirección. Es probable que sea cierto y que nuestra sociedad salga de esta crisis más justa o más fuerte, más madura, pero no debería compensarnos el salir fortalecidos si no salimos todos.

En cualquier caso, como individuos, como instituciones y como sociedad, esta opción de madurar a golpes no me parece muy atractiva. Yo preferiría madurar al sol, como las frutas.

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4 pensamientos en “El valor de las cosas

  1. Yo también prefiero madurar al sol (o a la sombra), menos traumático, aunque se ve que al final la torta contra el suelo nos la tenemos que dar…

  2. Por supuesto, yo también prefiero madurar al sol, pero lo que más me sorprende es de lo poco que nos sirve la experiencia. Quiero decir, que no aprendamos (o no recordemos) de los errores anteriores de la humanidad para intentar hacer las cosas mejor…

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