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Hablábamos en la última semana de lo que nos hace madurar, o aprender, de si se madura siempre a golpes o es posible madurar al sol, de si sólo aprendemos de los errores o, como decía Patricia el viernes, también lo hacemos con los aciertos. Y estoy de acuerdo con ella en que podemos aprender de todo, de los éxitos y de los fracasos, porque no creo que el aprendizaje radique tanto en el resultado de una experiencia como en la mirada con la que nosotros la observemos.

Hay algo que decía Patricia en su último párrafo que a mi me parece primordial, decía ella que una misma persona “puede ser consciente unas veces pronto y otras tarde de aciertos y errores, y mostrar una diferente actitud de respuesta en cada caso”. Y ese ser consciente es lo importante. De nada sirve acertar, o errar, si no miramos lo que hemos hecho de forma consciente, con una cierta dosis de análisis que es lo único que permite aprender.

Esta mañana un profesional del gremio de la educación infantil explicaba a unos cuantos menores que de nada sirve pedir perdón cuando se ha hecho algo malo si no se es consciente de lo que se ha hecho y no se pone empeño después en no volver a repetirlo. Da igual las veces que pidan perdón, si no saben por qué y no aprenden de ello no sirve de nada.

Para los adultos también es aplicable. Hacer daño a alguien (aunque sea sólo a nosotros mismos) por un error, equivocación o mal paso de nada sirve si no aprendemos de ello para no volver a caer.

Muchas veces acertamos inconscientemente, sin saber por qué y, la verdad, una vez que uno ha triunfado el no pararse a analizar para aprender tampoco importa mucho. Has ganado, pues qué bien, y ya está, aunque sea a lo tonto. Lo verdaderamente grave es que ese “a lo tonto” nos ocurre muchas veces con los fracasos, con los errores, con las malas experiencias, que no nos paramos a analizarlas para sacar algo de ellas y desde luego, si no aprendemos de ellas, estamos fracasando a lo tonto. Y eso sí que tiene delito.

 

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