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No controlamos nada. No controlamos nuestros pensamientos, ni tampoco nuestras emociones. Nos encontramos muy seguros de conocernos, pensando que somos y sentimos de una determinada forma, que no pensaremos ni sentiremos jamás de otra determinada, y cuando más seguros estamos, y en el momento más inesperado, nos encontramos con que hay algo que nos provoca un sentimiento inesperado, que nos descoloca nuestra estructura del pensamiento, y que nos hace dudar acerca del cómo actuar. Creo que el orden, si lo analizamos, es el siguiente: primero sentimos, después pensamos, y por último actuamos. Aunque a veces nos podemos saltar el paso de pensar, y primero sentimos y seguidamente actuamos. Los impulsos, supongo.

Este fenómeno para mí es desconcertante, me apasiona por un lado, y me aterra por otro. Porque a lo largo de mi vida me ha pasado para bien y para mal. Es decir, a veces aquello que me ha descolocado ha sido para descubrir algo hermoso, para ensanchar mi comprensión, me ha convertido en una persona más abierta, me ha hecho cuestionar sistemas éticos o valores culturales impuestos por el sistema social en que he nacido y descubrir que puede haber otros más justos y más humanos. Me han servido para prevenirme contra dogmas, para reforzar la confianza en mí misma, en lo que soy,  y en las cosas y personas que amo. Aunque de entrada resultara doloroso porque exigiera reconocer una equivocación en la forma de pensar pasada.

De hecho, algunas veces, me ha servido para reforzarme tanto que he pensado “deberías confiar ciegamente en tí, y seguir tus impulsos, porque si están será por algo bueno”. Error. Error el confiar ciegamente, error el seguir ciegamente emociones e impulsos. Porque a veces también es para mal, como señalaba Carmen. Y nos encontramos con emociones oscura:,  envidias, rencores, dolor, que nos contaminan el pensamiento, y también los actos. Y nos hacen peores, más estrechos de miras, y más injustos, y lo que hacemos partiendo de estas emociones y pensamientos intoxicados es tóxico, y hacemos daño y nos hacemos daño. El enemigo en casa. Exactamente.

Hace unos meses, tras una cagada siguiendo un impulso, di con una observación que aunque parezca básica, me resultó una guía útil ante el desconcierto de tanta libertad de sentimientos, pensamientos y acciones. Y es que me di cuenta de que sí debía confiar en mí, seguir mis impulsos, reordenar mis pensamientos e ideas, y actuar en consecuencia en función de qué emoción los generaba. (Claro, esto exige un mínimo detenimiento y análisis, lo cual quizá no case del todo con lo que viene siendo un impulso). Si todo provenía de una emoción negativa y del dolor, alerta, no seguir, porque me estaré equivocando seguro. En ese caso, mejor curar el dolor primero, aceptarlo, y una vez limpia, continuar. Sin embargo, cuando un impulso, una reordenación de ideas, y unas determinadas actuaciones venían impulsadas por una emoción positiva, como el amor (a otras personas o en sentido sano a uno mismo), entonces la norma es no dudar. No dudes, ahí sí, confía en ti. Adelante. A por todas.

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Un pensamiento en “Encontrar una guía

  1. Buena norma la tuya, coincido en que las emociones positivas pueden mover impulsos positivos, pero las negativas…. mejor parar y respirar… que los impulsos a veces son tan peligrosos. 🙂

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