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A por todas, así terminaba Patricia su artículo del viernes. A por todas.  Refiriéndose a la forma de actuar ante los impulsos ordenados por una emoción positiva. A por todas, dice Patricia, con total seguridad.

Y a mi me parecen complicadas las certezas en el mundo de las emociones. Porque si el acto que se deriva de la emoción afecta sólo al actuante, no hay problema, porque hay coincidencia entre los afectados. Pero si el acto afecta a otras personas que, por su parte, tienen otras emociones diferenciadas en poco o en mucho… buff… ahí puede haber problemas.

No me refiero sólo a la habitual falta de coincidencia en afinidades en los lances amorosos, en los que la decisión de actuar o no depende de las señales que emita el ente contrario. Ocurre también con los miembros de una familia o con los amigos, cada uno tenemos una forma de entender el amor o la amistad y a veces lo que nuestro impulso nos presenta como mejor para todos no coincide con lo que sus impulsos les dicen a ellos. Cuando el tema es racional es más fácil sentarse y hablarlo, pero en los emocionales los impulsos de unos y otros no siempre dejan espacio al consenso. Y en los amores, las amistades y las familias no hay ningún tema que sea sólo racional.

Las actuaciones emocionales, cuando aciertan, proporcionan un éxito emocional más placentero que el racional. Pero esas mismas, cuando fracasan, producen también un fracaso más intenso que el racional. Y ahí está el dilema… ¿qué elegimos? ¿la tibieza o la intensidad?

Lo que ocurre es que entre hacer algo o decidir no hacerlo la peor opción suele ser la inactividad. Así que habría que actuar, bajo el influjo de las emociones buenas, y confiar en que el resultado sea positivo.

Y, dado que lo que buscamos es alcanzar el mayor número posible de éxitos, donde claramente tenemos que enfocarnos no es tanto en la acción a realizar sino en la interpretación del resultado.

Hay que redefinir el concepto de fracaso:

¿Es fracaso el decirle a un niño me gustas y tener que oír tú a mi  no (así de diplomáticamente que lo dicen los niños)?

Nooooo, no es un fracaso, es un éxito por haber descubierto tan pronto que el niño es un cafre.

¿Es fracaso preparar una cena romántica a tu pareja y que ese día se presente en casa dos horas más tarde y recién cenado?

Nooooo, no es un fracaso, es un éxito, porque ya tienes hecha la comida para el día siguiente.

¿Es fracaso recorrer decenas de tiendas en una tarde que te pilla llena de amor de madre para comprarles la ropa preferida a tus niños y, al llegar a casa exhausta y llena de bolsas, oír por duplicado eso de ¿y de verdad eso te parece bonito? o ¿y yo me lo voy a tener que poner??

¿ Es eso un fracaso?…. Nooooo, es un éxito, porque acabas de obtener la constatación de que tus hijos ya se han hecho mayores, o al menos lo suficiente para chuparse una tarde enterita de compras en la próxima temporada.

Porque si las emociones positivas y las buenas intenciones no siempre conducen a buenos resultados habrá que cambiar esas consideraciones.

Todos hemos fallado en decisiones emocionales, todos, porque los que no fallaron fueron los que no actuaron y esos no cuentan, así que, como vamos a seguir tomando decisiones no siempre correctas ya podemos ir adecuándonos a una definición mucho más restrictiva de fracaso (pero mucho, mucho).

En resumen, no es que no esté yo de acuerdo con Patricia, no. De acuerdo estoy, lo único que me faltaba a mi era esa redefinición del resultado.

Así me quedo yo mucho más tranquila, ya sólo me queda aprendérmelo.

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2 pensamientos en “¿Fracaso? Nooooo

  1. A ver, una cosa es que el origen positivo del impulse te decida a actuar, y otra muy distinta es que eso te garantice un éxito, o que tu actuación genere en los demás la reacción que tú esperas. Garantías no hay ninguna, eso nunca. Recetas para el éxito (o que tus actos generen en los demás la reacción esperada) no hay, y si sólo nos moviéramos seguros de conseguir un determinado objetivo no haríamos nada nunca.
    Pero a la hora de decidir si actuar o no, el guiarnos por un origen positivo, nos puede servir al menos para no sentirnos mal con nosotros mismos como consecuencia de ese acto en cuestión. Podrán gustarte más o menos las reacciones de los demás, apreciarán más o menos tus gestos, te corresponderán en mayor o menor medida, sobre eso no tenemos ningún tipo de control ni certeza, pero uno consigo mismo no pierde una cierta tranquilidad. Si eso es un fin en sí mismo, y no un medio para obtener un determinado resultado, es posible que aunque éste último no sea el esperado, no haya sensación de fracaso. Ya te digo, al menos con uno mismo. O eso creo…

  2. Sí, yo creo que así es, pero la sensación de fracaso va muchas veces por libre, al menos en mi caso. Por eso lo mejor sería que nos liberáramos un poco de ese miedo a fracasar, que le pusiéramos nuevo nombre al no acertar. Y que le perdiéramos el miedo. En algún sitio leí algo sobre un libro que se había publicado con los grandes fracasos previos de gente que era muy importante en varios campos de la cultura, o la vida en general, no me acuerdo bien. Y alguno decía que sin el gran fracaso no hubiera llegado a ser lo que era o que era lo que era gracias a su fracaso. Si es así, no sería un fracaso ¿no?.

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