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Me comentaba mi amigo que en Estados Unidos habían llegado a permitir patentar a una empresa el código de colores que existe en la naturaleza, de modo que todo aquel que fabricaba un producto debía pagarles derechos de patente por emplear uno o varios colores en su diseño.

Yo me escandalizaba, y me preguntaba cómo era posible que alguien tuviera la falta de escrúpulos como para erigirse propietaria de los colores, -sí, suyos son el blanco con un código, el negro con el suyo, el rosa, el amarillo, todos- patentarlos como suyos, y exigir un precio por su uso comercial, pero más aún, cómo era posible que el Estado hubiera elaborado una legislación que no sólo no pone límite a este tipo de tropelía como patentar la naturaleza, sino que la legitima. Es como si yo digo que quiero patentar el Sol, y todo aquel que lo tome en la playa, que lo use para generar energía, o para calentarse, debe pagarme. Eso me hace pensar en lo que la ley hace objeto de ser poseído, apropiado, la ley de la propiedad. En Estados Unidos hay quienes se están comprando estrellas. Las ponen a su nombre, las escrituran, y cuando miran al cielo, supongo que exclamarán satisfechos “ah, una de esas estrellas es mía. Tengo una escritura que lo dice”. Y lo último parece ser que los yankis, al más puro estilo de la conquista del oeste, también están comprándose parcelitas en la luna. Que pensábamos que era de todos, pero resulta que como ahora la legislación americana les permite comprarla, pues están en ello. Y es suya, les ampara la ley. Sin embargo, aunque desde fuera se vea claro que algo falla,  en ese país donde están habituados, les resulta normal, cómo no les va a parecer normal, si lo primero que hizo Amstrong al poner los pies en la luna fue clavar la bandera americana. No sé, qué loco, es como si aquí cojo un terreno de tierra, pongo en un papel que es mío, hago una casa encima, y ya. La tierra es mía, y después de mis hijos y de los hijos de mis hijos…. ¿Por qué? porque he pagado y tengo un papel que lo certifica. No sé, qué loco, no?

Este es sólo un ejemplo, pero cuántas veces nos pasa que juzgamos y vemos con una meridiana claridad errores cuando los analizamos desde fuera. A mí esto me lleva a pensar cuántas de las costumbres propias podrían alcanzar el mismo grado de absurdez, incluso aquellas que están amparadas por ley, pero que no sólo no nos cuestionamos, sino que aceptamos como derechos inmutables e inamovibles puesto que se ha venido haciendo así toda la vida, y es la costumbre lo que nos legitima. Sin embargo, que existen cosas que estamos haciendo mal y que, de hecho, llevamos mucho tiempo haciendo mal, creo que es una cuestión innegable. Por eso, a veces juego, -y más aún ahora cuando tenemos tan doliente el bofetón que nos hemos llevado con esta crisis-,  a intentar mirar nuestro mundo y su funcionamiento desde la distancia. A veces, para detectar insensateces en nuestra forma de vida me resulta de suma utilidad buscar paralelismos con insensateces que encuentro en otros países, y entre todos no puedo ocultar mi predilección por Estados Unidos. Otras, juego a tratar de mirarnos como si fuera un extraterrestre recién llegado a este planeta. Y en la mayoría, no sigo ningún tipo de técnica ni procedimiento. Al final, lo que trato es de observar,  poner en duda mis verdades universales, hacerme preguntas, tratar de entender…  A veces los resultados del ejercicio resultan peregrinos, otras razonables, a veces pueden hacer pensar, o dudar al menos, o disentir,  o aburrir…  Yo los voy seguir compartiendo en este cuaderno, junto con los de Ana y Carmen, por segundo año. Baricentro, ortocentro y cincuncentro haciendo Euler. Para empezar septiembre, me gusta.

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Un pensamiento en “Mirar desde fuera

  1. Totalmente de acuerdo, es absurdo patentar cosas que están ahí, que nadie ha inventado, que son de todos… Como lo de patentar genes… Inmoral.
    Sobre lo de mirar el mundo desde fuera… Me has recordado a Gurb, y mira que me reí con el. Bs.

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