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Escribía Patricia el viernes sobre esa manía de los americanos de patentarlo todo, de hacerse propietarios de parcelas en la luna, de las estrellas y hasta de los colores. Y, así, cuando cualquiera haga uso de un color o pise la luna o, quizá, mire una estrella, dará a su dueño el derecho de cobrar algo por ello. Que digo yo que, si no es así, ¿para qué quieren la propiedad?. ¿Será sólo un ánimo mercantilista más, como en gran parte del mundo en el que vivimos?

Hay posiblemente otra opción. Quizá el ánimo no es tanto el de ganar dinero como el de trascender, avanzar, sentirse dueño de algo único y maravilloso. No es raro sentirse de vez en cuando  pequeño, metido en una vida rutinaria de la que es difícil obtener alicientes, o en relaciones que no van a ningún sitio pero que no nos atrevemos a cortar, o en trabajos que ya no nos motivan en absoluto pero que nos permiten mantenernos a nosotros y nuestras familias, o en problemas más graves. Hechos que nos hacen sentirnos pequeños, encerrados en una vida plana.

Hay individuos que obtienen recompensa en sus quehaceres, dichosos ellos, pero no todos somos futbolistas de la Roja, o actores de Oscar (o de Goya) y es bastante improbable que ganemos un Nobel, o un Pulitzer, o un Príncipe de Asturias. Quizá para la mayoría de los mortales eso de ser propietario de una estrella o de un trozo de luna puede hacerle sentirse especial, único, más único de lo que ya de por sí somos todos.

Y ahora que lo pienso, lo mismo estas pocas ganas que tengo de incorporarme a mi vida profesional mañana podrían paliarse con la propiedad de un color. A mi me gusta el rosa palo… ¿y dónde lo compro? Porque, si fuera mío, cuando mañana a mi jefe se le ocurra plantearme cualquiera de esas tareas superfáciles y rápidas que se le ocurren para mi, sin que él sea capaz de hacerlas, yo podría pensar: “Vale tío, tú podrás machacarme, pero conmigo no vas a poder porque yo, aquí dónde me ves, tan chiquitita y tan poquita cosa,  soy la dueña única del rosa palo”. Y, probablemente, con eso tan sólo yo sería capaz de mirarlo por encima del hombro (bueno, con eso y una pequeña ayudita de unos tacones de vértigo).

   

P.D. El caso es que los textos de Euler no suelen llevar ilustraciones, pero hoy he tenido un ilustrador espontáneo y no quería dejar de compartirlo. Gracias, primo.

 

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7 pensamientos en “Rosa palo

  1. jo, somos tan ingenuos que hasta nuestras absurdeces más grandes terminan resultando conmovedoras. al menos así contado con el cariño con el que lo haces.

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