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El viernes Patricia deducía que, cuando compramos en los días previos a la Navidad papeletas para sorteos a beneficio de alguna ONG (o colegios, o clubes deportivos, o asociaciones de amas de casa o…) en los que lo máximo que nos puede tocar son unos turrones o una cesta de Navidad, nos es más fácil la donación si a cambio nos entregan la papeleta. Textualmente, dice Patricia, que todas esas gentes que entregan su dinero “NECESITAN que a cambio del dinero les quede algo: la propia papeleta.” Y yo no estoy en absoluto de acuerdo.

Sí lo estoy en que es más fácil conseguir la donación si, como excusa, se organiza un sorteo de cualquier cosa: un lote de libros, un jamón, un surtido de mazapanes, una macrocesta llena de alimentos de los que jamás comemos salvo que nos los regalen o una simple caja de mantecados de Astorga. Es verdad, pero no creo que la gente considere que cambie su dinero por una papeleta, por un simple papel. Más bien creo que en realidad lo que compramos es una expectativa.

La operación no termina en cuanto recibimos el papel. El papel tan sólo representa el que en unas semanas (o meses, o a lo mejor tan sólo unos días) tendremos una posibilidad, remota pero posible, de que nos ocurra algo bueno. Y a lo mejor ni te gustan los mazapanes, pero qué más da, puede tocarte algo en un sorteo, la suerte estará de tu parte y, quién sabe, una vez que venga, a lo mejor se queda una temporada más y te mejora tu vida.

Yo no conozco a nadie absolutamente feliz entre mis afines o conocidos de más de seis años. A nadie. Todo el mundo tiene un tropiezo de vez en cuando, una mala racha, un todo me va bien pero quiero algo más, un qué feliz soy en mi casa pero se me tuerce el trabajo, un qué a gusto estoy en mi trabajo pero estoy harto de mi novia, un me encantan las vacaciones y no quiero que llegue septiembre, las dudas de un proyecto por comenzar, un examen por aprobar, un examen médico por pasar o cualquier otra de una infinita variedad de dificultades, incertidumbres o contrariedades en las que viene bien el concurso de la buena suerte. Y nos gusta tentarla de vez en cuando. A ver si viene, a ver si se queda.

Una papeleta de un sorteo, por pequeño que sea, es algo más que un papel. Es una expectativa. Y eso sí merece la pena.

 

(Esto es lo que me voy a repetir yo cuando a partir del mes que viene empiecen a proliferar en el trabajo los compañeros pidiendo euritos a cambio de variados sorteos de la hija de, el marido de o, incluso, los nietos de: no compras un papel, Ana, no, que compras una expectativa. Y, quizá, lo mismo consigo hacerlo incluso con agrado, quién sabe).

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