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Se declara ácrata Patricia en su artículo del viernes en solidaridad con el juez Pedraz a quien parece que el calificativo se le aplicó como insulto por un portavoz del partido gobernante en el Congreso. ¡Viva el respeto entre las instituciones y la separación de poderes!.

No obstante, la alusión del juez a la “convenida decadencia de la denominada clase política” también me parece una muestra de la mezcla de poderes, porque no deja de ser una opinión política que, cualquiera puede tener en su casa, pero no estoy segura de que sea recomendable en la sentencia de un juez independiente. Porque independientes deben ser los jueces. Independientes del poder político y del poder legislativo. Y eso implicaría no tener adscripción política definida (para no tener que actuar al dictado de ningún partido) y con cualesquiera que sean sus ideas políticas, que todo el mundo las tiene, llevadas con total discreción para que no empañen su quehacer profesional. Porque al final lo que se les pide a los jueces, con eso de la independencia, es que puedan ser justos, cualidad imposible sin altas dosis de profesionalidad.

Y profesionalidad deberíamos exigir también a los políticos, para que legislen, si les toca, y dejen a los jueces enjuiciar. O para ejercer el poder ejecutivo y dejar en paz a los jueces y a las Cortes, para que no se legisle a golpe de calentón del mandamás de turno.

No sé por qué nos tenemos que acostumbrar a los jueces políticos de todo signo, a los políticos que cuestionan las decisiones judiciales de todos los jueces, a los políticos (otra vez) que, tras una sentencia judicial con la que no están de acuerdo, optan por las bravas por una modificación legal a su medida y, si no, enjuician al juez y consiguen alejarlo de su carrera.

Yo ya ni sé si es bueno o malo lo de que la política se esté convirtiendo en una profesión más estable que la de funcionario. Porque, si profesión fuera, quizá se les podría aplicar algún código deontológico, un secreto profesional, una dignidad profesional, no sé, algo que los vuelva a hacer creíbles y confiables (un milagro, más bien, habría de ser).

En cuanto a los jueces, es claro que su profesión ha sido una profesión prestigiada durante siglos. Y no sé si el acoso de la política desde fuera y desde dentro de la propia judicatura va a dejar que la profesión mantenga esa dignidad que se le ha supuesto desde tiempo inmemorial. Porque la dignidad de un juez se basaba en que su profesionalidad le llevaba a ser un hombre justo. Porque así deben ser los jueces: justos y sabios, como Salomón, voten a quien voten.

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