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Así, con mayúsculas. Coincido con Patricia y con Karmen en que es un bien escaso. Fluye mucho más ahora la desconfianza. En un mar de des-confianza nos hace falta quitar el prefijo. Y es la desconfianza un sentimiento contagioso entre las personas y, dentro de una misma persona, entre sus intereses. Llega un momento en que uno pasa de desconfiar de los políticos a desconfiar de todo el sistema político, de ahí a desconfiar del sistema judicial, el educativo, el sanitario, de la regulación del tráfico en tu ciudad, de la frecuencia de llegada del transporte público, de la bondad de los taxistas, de la salubridad de los alimentos, de… hasta llegar a desconfiar de nosotros mismos, de nuestra existencia, de nuestra propia capacidad para salir adelante.

Y la desconfianza va unida al desconocimiento. Yo tengo la sensación, y sé que no soy la única, de que tendría que haber una estrategia global para afrontar la crisis (no me vale un recorte en todos los ministerios, si de verdad no hay dinero a lo mejor hay algún ministerio que debería desaparecer o reducirse al mínimo su gasto, no sé, por ejemplo, cómo se mantienen, aunque se reduzcan, las subvenciones a algunos actos culturales o incluso al cine, mientras se recortan las ayudas a la dependencia, se reduce la carta de servicios sanitarios o se cierran casas de acogida a mujeres maltratadas), pero no sé si existe esa estrategia y tampoco sé, si la hay, si alguien me la va a contar. Y eso me genera desconfianza.

Ayer fui al cine. He formado parte de ese más de un millón de personas que han visto Lo imposible este fin de semana. Yo había leído comentarios (en twitter y prensa) y la mayoría de los comentarios recomendaban la película pero advertían de que se hartaba uno a llorar. Y yo, con una fragilidad de lagrimal congénita, me lo pensé un poco antes de ir pero, optando porque si al fin y al cabo me tocaba llorar no me venía mal un vaciado de depósitos, me fui al cine.

Y el caso es que yo ni derramé una lágrima ni tuve que aguantar nudo en la garganta ni nada por el estilo. Disfruté la peli, me pareció estéticamente grandiosa  y recomendable, pero no sufrí. Es verdad que la historia que se narra, lo que les ocurre a los protagonistas es brutal, pero ellos, los protas, y quizá parte del cine, no tenían toda la información. Yo sí, yo estaba muy bien informada: había leído alguna entrevista con el director, conocía la historia en la que se había basado el guión y conocía cómo terminaba la historia real por lo que pude ir siguiendo los acontecimientos con confianza absoluta en su resolución favorable. Confianza unida a información.

Es muy probable que no podamos paliar la ausencia de información sobre las decisiones políticas, o sobre ninguna de las grandes decisiones en las que no influimos y transforman nuestra vida. Pero sí podemos llenarnos de información sobre nuestras pequeñas vidas, sobre nosotros mismos. Me extrañaría mucho que la familia que sobrevivió al tsunami pudiera asustarse ahora por la crisis económica. Ellos pueden tener confianza porque saben (tienen esa información) que han salido de algo mucho peor.

No hace falta un tsunami para recuperar la confianza pero quizá, en vez de esperar (en vano) a que los políticos nos la den, podemos optar por dejar de mirarlos y mirar un poco nuestra pequeña vida y recordar o recabar toda la información posible que nos haga recuperar la confianza en nosotros mismos.

Alguien sabio me decía hoy que le parece un gran error el que estemos educando a nuestros hijos en la desconfianza, que no seamos conscientes de que condenamos a nuestros hijos a un futuro peor. Seguro que pueden acostumbrarse a vivir con menos vacaciones, menos juguetes, menos extraescolares, más comidas en casa y menos en restaurantes, sin teléfonos móviles, sin ordenador, sin… sin todos los bienes que la crisis nos obligue a descartar pero… ¿sin confianza? ¿qué juventud es esa?

Lo más seguro es que no podamos acabar con la crisis mundial y ni siquiera con la nacional, pero podremos ir paliando nuestras crisis individuales y, sobre todo, dejar a nuestros hijos un futuro esperanzador.

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4 pensamientos en “CONFIANZA

  1. Totalmente de acuerdo. Yo lo estoy comprobando en mis propias carnes desde el verano: cuanto menos miro hacia los vaivenes políticos y más me centro en mi vida y las pequeñas cosas, más feliz, optimista y confiada soy. Lo recomiendo!!!

    • Sí, hay que cambiarse de gafas. Que parece todos adolecemos de presbicia, venga a mirar a lo lejos y sin poder concentrarnos en mirar de cerca. Habrá que ponerse gafas (quien no las tenga) 😉

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