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… el otro día soñé que se acababa el mundo. Un satélite se rompía, o algo así, y se estrellaba contra la Tierra, y la destruía. Y en los telediarios se les llenaba la boca anunciando el día, la hora, el lugar del impacto, el cómo sería, entrevistaban a la gente… Además, fue un sueño de un alto nivel de realismo, y al despertar estaba convencida de que cuando encendiera el telediario desayunaría un zumo junto con el fin del mundo. Tanto es así que lo primero que balbuceé a mi compañero según tuve el nivel de consciencia suficiente fue “¿es verdad lo del satélite?” “¿qué?” “que si nos quedan un par de meses” “creo que estás desvariando” “menos mal…”. Después fui informada de que un satélite ya estaba diseñado para que de ninguna manera su caída sobre nuestro planeta pueda originar semejante destrucción. Si no hubiera sido tan ignorante habría dormido mejor.

El fin del mundo no es tan terrible cuando se ve lejos, la verdad. Hasta que lo soñé como algo cierto e inminente no me había planteado la seriedad del asunto. Porque yo en el sueño sólo veía dos posibilidades. Una de ellas era el suicidio programado, el mío y el de los míos. Claro, entre morir por una explosión, ahogados por una ola gigante, o a saber, sin que nadie te garantice cuidados paliativos, ni una muerte rápida e indolora, casi mejor procurársela uno mismo máxime conociendo los plazos con semejante exactitud. Otra era la de probar suerte y apostar a no morir, a un fin del mundo no definitivo, a la posibilidad de la supervivencia de unos pocos, a estar entre ellos, y a luchar después por mantenerla con sufrimiento y pena, que es lo que hacen los protagonistas de las pelis de catástrofes. Y a mí en el sueño, esa posibilidad me daba una pereza infinita.

Más tarde caí en la cuenta de que quizás me había influido el libro del hermano de mi amiga Cloti -merece la pena, muy psicológico y visceral- en el que, ante el próximo fin del mundo, un hombre se decide a buscar, antes de ese fatal momento, a la única mujer de la que había estado realmente enamorado. Sólo he leído los dos primeros capítulos y no sé si la encuentra ni lo que ocurre si lo logra, pero la verdad, yo no sé cuál sería mi reacción ante un tipo que necesita esperar al fin del mundo, a que todo se  haya ido a la mierda, cuando todo tiende a infinito,  para lanzarse a luchar por lo que realmente quiere.

El caso es que pocos días después, mi hijo Pablo me preguntó si era verdad que un meteorito se estaba acercando a la Tierra.Y algo me contó de que el padre un amigo decía que los mayas llevaban prediciendo los últimos cinco años el choque de un meteorito contra la tierra… sin comentarios.  No, no es verdad, pero el otro día yo lo soñé -evité decirle lo del satélite, para no hacer el ridículo también con él, que es importante que los hijos mantengan el respeto-. Y lo pasé mal porque todos íbamos a morir. Y me pregunta tan tranquilo ¿y qué pasa por eso? ¿Cómo que y qué pasa con eso? ¿Qué clase de pregunta es esa? –Ah, ya. Lo dices porque de todos modos vamos a morir, no? –Claro. –Sí, pero la verdad es que no impacta lo mismo el saber que va a ocurrir, pero a poquitos, que el ir a acabar todos de golpe. No es lo mismo. Si lo sueñas un día lo entenderás. 

El pasado martes leí en prensa que niveles récord de gases de efecto invernadero ahogaban el planeta, y claro, como que me vino todo de seguido. Cuántas menciones al apocalipsis en los últimos días. Y resulta que las que son de verdad, no están provocadas por cuerpos extraños, sino que el ser humano se basta y se sobra para conjurarlo. Pero claro, estamos todavía en la fase en la que el fin del mundo no es tan terrible, porque lo vemos de lejos. Supongo que nos plantearemos las soluciones cuando ya no haya nada que hacer, que en eso somos expertos, lamentarnos por lo que pudimos hacer y no hicimos cuando ya todo se ha ido a la mierda…y lo único que queda es el suicidio programado, la muerte por holocausto, o el papel principal en una sufrida e improbable peli de supervivencia extrema.

El miércoles Carmen titulaba su artículo Un año de catastróficas desgracias. Y ya sí que me pareció una señal. No, no tiene nada que ver. Pero tenía que contarlo.

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