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Después de una semana de catástrofes (que aquí no nos andamos con chiquitas y pasamos de las catástrofes por decisiones políticas nacionales al fin del mundo) no me queda otra que seguir hablando del fin…

Hay un acuerdo general, por lo menos en los ámbitos en los que yo me muevo (y a veces me parece que me muevo demasiado) en cuanto a que las cosas no pueden seguir así: que este sistema no funciona, que ya no se confía en los políticos, que estamos agotando nuestros recursos naturales, que el agujero en la capa de ozono crece y los dirigentes mundiales ya no son capaces de llegar a un acuerdo de reducción de emisiones contaminantes, que hay una crisis de valores, que hay una desidia general en la juventud… así que el acuerdo se resume en que necesitamos un cambio, un cambio grande. Y hasta ahí.

Porque, a pesar de que estoy convencida de que el acuerdo en la necesidad de cambio es mayoritario, no es menos verdad que conozco a pocas personas en las que esa conciencia de la necesidad de un cambio se haya traducido en un paso adelante para hacerlo.

Es verdad que el cambio que necesitamos es tan grande, que es natural verse pequeño ante él, con pocas opciones. Pero muestras hay ya de que hay acciones que están teniendo algún efecto, quizá pequeño pero efecto. Los desahucios, el Hospital de la Princesa en Madrid… son actuaciones que han dado lugar a una respuesta cívica que ha tenido algún reflejo en las decisiones de los gobernantes (quizá no el total efecto reclamado, pero algo se ha movido).

Y manifestarse no es la única opción. Yo creo que, aparte de las manifestaciones, que me parecen muy útiles, existen otras opciones. Me parece perfectamente entendible que haya gente que no acuda nunca a ninguna (yo por ejemplo voy poquito porque me asustan las aglomeraciones) pero hay muchas otras cosas que se pueden hacer. Por ejemplo…

Yo hay una cosa que tengo clara: yo sola no puedo cambiar el mundo pero sí soy perfectamente capaz de cambiar el mundo en mi casa y de intentarlo en mi entorno cercano. A mi me molesta mucho la gente que no deja de quejarse porque funciona mal el sistema político, el económico, su empresa, el cole de sus hijos, el supermercado del barrio, su matrimonio, la relación con sus hijos o el expendedor de bebidas de la estación… y no hace nada por cambiarlo, ni una reclamación oficial, ni un cambio en su actuación hacia otros… nada. Se quejan, pero sin moverse de su silla.

Es para todo esto para lo que a mí me gustaría ir viendo el fin: el fin de la queja estéril, de la protesta vana.

No es necesario ir de manifestación en manifestación (aunque sí es una buena vía), porque si todos diéramos un paso chico hacia ese cambio en nuestros mundos pequeños, la suma de ellos se convertiría en un paso grande para ese fin. O, al menos, para el principio del fin. Y eso es un buen comienzo.

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2 pensamientos en “El principio del fin

  1. Efectivamente si todos fueramos conscientes de que con cambios pequeños conseguiriamos grandes cambios a nivel global sería estupendo. Muchos se conforman con la queja y la manifestacion, que sirve, pero si además fuera acompañada con un cambio de actitud en pequeños momentos de la vida cotidiana sería como tu dices el principio de un gran cambio.

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