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Creo que entre los fans de los blancos y los negros y los extremos puros, hay algo que se suele confundir. Uno puede ser sincero y honesto, pero eso no significa que tenga que verbalizar y comunicar absolutamente todo lo que se le pasa por la cabeza.

Es decir, por poner un ejemplo: mi compañera de trabajo Pepita se pone unas faldas que le hacen gordísima y se diría que las eligió su enemigo. Si yo no le digo nada acerca de lo que yo pienso de sus faldas, ¿estoy siendo hipócrita? No. Lo sería si le dijera lo mucho que me gustan y lo bien que le sientan. ¿Estaría mintiendo? No, simplemente no estoy diciendo lo que pienso. ¿Es necesario decir siempre lo que uno piensa de todo y de todos? ¿Es eso la sinceridad? No lo creo. Yo creo que cuando se refiere únicamente a aspectos de otras personas, a algo que no nos daña profundamente, o a algo que no daña profundamente a quien nos importa, la opinión hay que darla cuando a uno se la piden. Es decir, si Pepita me pregunta un día ¿qué opinas de esta falda que me he comprado? Entonces tendré que contestar. Y si quiero ser sincera, tendrá que ser la verdad, aunque la verdad no sea lo que Pepita quiera escuchar.

Pero aún así, aún en el caso en que nos hayan pedido opinión, y haciendo gala de nuestra honestidad, vayamos a darla, hay muchas formas de decir una misma cosa. Se puede decir la verdad de una forma agresiva “esa falda te sienta como el culo, yo no sé dónde te han puesto el sentido del gusto, te lo debieron extirpar al nacer”. O se puede decir de una forma asertiva “la verdad es que no es de mi estilo, pero sólo es mi opinión, lo que importa es que te guste a ti, que eres la que la vas a vestir”. La primera aseveración tiene una intención clara de herir y atacar, mientras que la segunda arroja la opinión propia manteniendo el respeto por la ajena.

La buena educación no es suficiente para la buena convivencia. Dejar salir antes de entrar, masticar con la boca cerrada, respetar los turnos, dirigirse a los demás con un lenguaje apropiado y sin elevar el tono de voz…, o incluso si pensamos en lo académico, el tener una cultura general envidiable, y un expediente académico brillante está muy bien. Pero no es suficiente. Creo que para la buena convivencia es necesario dar otro paso más allá. Que no es otro que el de la amabilidad y el tratar a las personas que nos rodean con afecto. Incluso a quienes no conocemos. ¿Por qué? Pues por el mero hecho de que son personas, tienen un corazoncito, sus problemas del día a día, sus amores, sus miedos, sus dificultades, sus mezquindades también,y si las conociéramos, probablemente, en lo esencial tampoco distarían demasiado de nosotros mismos. Y la amabilidad no está reñida con la sinceridad. Y la amabilidad no cuesta tanto trabajo, y tiene un fuerte impacto en el clima que se respira.

Hay un millón de ejemplos. Se me ocurre que yendo en metro, si el que va delante mío al abrir la pesada puerta no la sujeta y me la tira encima, me voy a sentir agredida, voy a sentir la hostilidad, y me predispone para ella, para seguir el día en una jungla donde no le importas a nadie, para ir a la defensiva, para tratar de evitar agresiones. Que se te cuelen en la cola, que te griten al volante, que te empujen al entrar al vagón, que la cajera del supermercado te arroje la compra, que tu compañera de trabajo te diga que tienes una cara espantosa cuando ni se lo habías preguntado, tus hijos protestan por la cena que les has puesto, y el día acaba con una enorme tensión acumulada. Sin embargo entras al metro y la persona que está delante mira hacia atrás, ve que llegas y te sujeta la puerta, y encima te sonríe. Y me pasa eso y lo siguiente que hago es copiar ese comportamiento que me ha hecho sentir bien, y miro detrás, y si viene alguien sujeto la puerta y sonrío. Y en el coche cedo el paso y dejo de mirar la hora y si llego tarde o no, en el trabajo me fijo en que Pepita lleva una falda horrible pero una camiseta de un color alegre, y le digo que le siente bien el verde, y en la cola del supermercado miro el nombre que lleva la cajera en la placa, y le doy las buenas noches llamándola por su nombre y mirándola a los ojos, y ella me cuenta alguna anécdota del día y además me ayuda a embolsar y no me agobio por estar tardando demasiado y retrasando al siguiente, y cuando los hijos protestan por la cena no estoy tensa, no me siento agredida, y me armo de paciencia hasta que consigo que terminen y no me lo tomo como algo personal que acaba en gritos.

El clima, el ambiente que se respira en nuestro entorno, lo hacemos entre todos. Y la hostilidad se contagia, pero la amabilidad también. Y es absolutamente compatible con la sinceridad, porque la sinceridad tiene sus formas. La hostil y la amable. La que conserva el respeto y la que lo vulnera y lo agrede. La que tiene intencionalidad de dañar y la que no.

Y bueno, digo yo que ya es la vida bastante dura y complicada, y más en estos momentos, como para que además de la tensión que supone llegar a fin de mes o encontrar trabajo, haya que sumarle un montón de pequeñas agresiones en el entorno. En lugar de hacerlo más difícil, hagámoslo un poco más fácil.

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Un pensamiento en “De cómo la sinceridad brutal no debería estar reñida con la educación, ni tampoco con la (buena) convivencia.

  1. Cuanta razón tienes en lo de ir acumulando tensión, y a veces no nos damos cuenta. Lo peor es cuando la descargamos con el último que llega y que menos culpa tiene 😦

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