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Casualmente estos días he sido testigo de una de esas ocasiones en las que no se produce la buena convivencia que proponía Patricia. Con el agravante de que los incidentes se producen delante de niños y quienes los producen son adultos de aquellos que tendrían que velar por su educación, felicidad y buena convivencia. Y, con el agravante añadido, de que se produce en un campo deportivo donde las normas del juego limpio y el respeto al adversario deberían primar sobre cualquier resultado en la competición.

La suma de campo deportivo, competición de niños y padres actuando de espectadores se ha convertido en un caldo de cultivo de agresividad y violencia ante la que la parte sensata de la población no dejamos de estar estupefactos. Porque no deja de ser una insensatez que demuestra una inteligencia limitada el que actúes ante tus hijos de esa manera.

¿En qué pretendes convertir a tus hijos si llamas inútil a gritos al entrenador de su equipo cuando consideras que ha tenido un fallo? ¿En qué los conviertes si les exiges ganar por encima de cualquier circunstancia (o compañero)? ¿En qué les conviertes cuando les convences de que son los mejores del equipo y merecen tener siempre el balón en su poder y quien no lo reconozca es tonto? ¿En qué quieres convertirlos…?

Es indignante ver algo así, pensando que tan sólo sea una muestra más de la agresividad general del ambiente.

Pero si encima resulta que los enfrentamientos se producen porque un par de adultos con una capacidad intelectual aparentemente normal han decidido cargarse al joven entrenador de sus hijos porque cometió el profundo error de no dejarles dirigir el partido con él y se ve que, semana tras semana, sin contar las razones reales, van ganando adeptos y el coro de los insultos es cada vez mayor y ya parece que nadie recuerda que los que hay en el campo son niños de nueve años, cuando es algo orquestado y preparado, estando los niños de por medio, crece la indignación sin límite.

Pero si encima ves que los “malos” están a punto de ganar su batalla… y que parte de los buenos, a pesar de saber la gran injusticia que supondría, opinan que lo mejor, “lo que menos problemas causaría” es expulsar al entrenador… a mi ya me hierve la sangre. Porque si hacemos eso ¿qué les estamos enseñando ahora? ¿queremos que comprueben que por las malas se puede conseguir forzar situaciones injustas? ¿No es pronto para eso?

Nuestros hijos viven en un mundo imperfecto, ese que hemos creado entre todos. Pero el admitir que sea imperfecto no puede llevarnos a callar y a permanecer impasibles cuando pasa de ser imperfecto a ser nocivo. Porque, como en los cómics y los videojuegos que tanto gustan a nuestros hijos, en la vida real también existen las fuerzas del bien y del mal. Y, a pesar de que en esta vida real los buenos no suelen disfrutar de superpoderes para realizar su misión, cuanto más tiempo mantengamos a raya a las fuerzas del mal, más confianza daremos a nuestros hijos en que el triunfo de los buenos es siempre posible.

Lo difícil es cuando esta pelea contra los malos se inicia por un sólo bueno, uno sólo, y pequeño. Ahí es cuando, al sentir el temblor de piernas o la inquietud del sueño, de verdad se echan de menos los superpoderes de los héroes de los comics y los videojuegos. Porque, en la vida real, el único superpoder posible del que echar mano es el de ir sumando gente al bando, aunque sea de a pocos. Y, mira, a veces se consigue… y se duerme mejor.

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