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A veces pensar no sirve para nada. Decía Carmen que cumplir años le ponía reflexiva acerca de las decisiones tomadas, los errores, los aciertos, los años que le quedan por vivir… y que después de mucho pensar, lo que quedaba era lo feliz que era su presente y lo amada que se sentía.

Meditar está bien, es una actividad como otra cualquiera. A mí me suele entretener analizar situaciones y extraer conclusiones. Pero no es algo que me proponga, no es como cuando llega un viernes por la tarde y piensa uno ¿y qué hago el fin de semana? pues durante la mañana del sábado arreglo la cisterna del baño, después de comer quedo a tomar café, de siete a nueve pienso, y por la noche veo Matar a un Ruiseñor. No. De pronto y sin darse cuenta está uno conduciendo, o bajando las escaleras mecánicas del metro, o preparando la cena del martes, y sin avisar se pone la cabeza a darle vueltas a algún asunto, trascendente o no, sin que nadie le haya dado permiso.

Sí que es cierto que algunas veces tiene su utilidad, una relativa, como estar llenando de letras ahora mismo esta página, que esto sí que exige una cierta disciplina cerebral.Que me toca escribir sobre algo, tengo tiempo ahora, si no es ahora no es nunca, y no se me ocurre absolutamente nada. Entonces sí, llamo a mi sedicioso pensamiento y le obligo a forzarse, aunque él normalmente funciona cuando quiere, y le hacen activarse resortes sorprendentes.

Pero en general, las reflexiones que más nos importan son las que nos atañen a nosotros mismos. Con las que pretendemos conocernos y determinar lo que nos hace sentir bien y lo que no, nuestras reacciones ante determinadas situaciones, y sus por qués, e intentar racionalizarnos. Especialmente racionalizar todo aquello que atañe a nuestras decisiones, para acerta y poder explicarlas, y ser entendidos, como un “mira, me he cambiado de casa y he elegido ésta porque es la opción más racional: dentro del presupuesto, cerca de mi trabajo, de nueva construcción, y de entre las de similares características, la más barata”. Bien, pero resulta que igual me pongo a mirar casas, y de pronto veo una que es vieja, que está lejos de donde trabajo pero junto a mi barrio preferido de los fines de semana, y además no sé qué tienen esos cercos blancos del balcón viejo de su salón que me atraen. Aún así intento reprimir ese instinto irracional, y pido cita para ver las otras, las que están soportadas por un montón de argumentos racionales que me permitirán explicar mi decisión, y explicármela a mí misma, pero no puedo evitar visitar también a la del cerco blanco del balcón. Y después de verlas todas, y sin un solo argumento de los que se entienden fácilmente, me quedo con la vieja. Y entonces me preguntan o me pregunto ¿por qué? y aunque haya pensado mucho, aunque haya meditado pros y contras, aún habiendo elaborado un excel con un análisis dafo de todas las opciones, la única respuesta es porque me gusta el barrio y me gusta la casa. ¿Pero por qué te gusta, si el barrio es ruidos y la casa vieja? No sé, pero me gusta, porque sí.

Y es que en casi todas las decisiones vitales terminamos encontrando algún motivo que se escapa a la racionalidad, y cuando la omitimos por completo, sentimos que la decisión, la elección, nos es completamente ajena. Todo el mundo la aplaude y la considera sensata, pero nos es ajena. Así me sentía yo por ejemplo durante mi carrera. Mi decisión fue cien por cien racional, pero no había nada de en eso que estudiaba.

No sé por qué me gusta lo que me gusta, por qué amo lo que amo, por qué me emociona lo que me emociona. Pero eso es lo que determina lo que soy. O yo determino lo que me atrae. Y unas veces acompañará a la lógica, otras muchas no. Pero por mucho que piense sobre mí, que intente racionalizar mis emociones, mis actos, mis decisiones… antes de elaborar toda esa racionalidad me encontraré con algo que no es objeto de entendimiento: mi yo. Mi yo es lo que es, y es necesario respetarlo, ser honesto, cuidarlo, y tomarlo en cuenta, para no sentirnos ajenos a lo que nos rodea, para no rodearnos de cosas que nos son ajenas, ni de personas que nos son ajenas, y poder amarlas, y que nos amen, que al final es lo que queda, más allá del pasado o del futuro.

De modo que lo que pienso hoy es que igual pensar no sirve para demasiado, al menos para lo importante, y que quizás para acertar sería mejor pensar menos y escucharnos más.

pienso donde no soy, soy donde no pienso

(Lacan)

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