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Pensar o no pensar se nos ha convertido en la duda de la semana. Se ponía a pensar Carmen para que luego Patricia nos dijera que pensar podía ser inútil. Y ahí andamos, en de qué nos sirve pensar.

Es seguro que es mucho mejor tener la opción de poder pensar pero… ¿siempre? En situaciones límite el pensar más de la cuenta puede ser letal y, en general, cuando al tomar una decisión se piensa más de la cuenta, el retraso en la toma de la decisión puede convertirla en desafortunada, aunque tomada a tiempo no lo fuera.

La cualidad de pensar ha de ser combinada con el instinto, con la intuición. No siempre el pensamiento racional es suficiente para tomar una decisión, no lo es cuando esa decisión atañe a lo personal. Es necesario manejar el instinto, la intuición, si queremos que la decisión nos satisfaga plenamente. En general nuestras decisiones no pueden ser sólo racionales o sólo emocionales o intuitivas. En cada caso habría que sopesar qué grado de intuición o de razón son adecuados para esa decisión y tener la fortuna de tenerlos disponibles.

En realidad, para tomar decisiones correctas, necesitaríamos tener visión futura para calibrar los resultados de cada posibilidad y no equivocarnos, y eso yo no conozco a nadie que lo tenga (no digo que no haya, que lo mismo hay, pero yo no los conozco).

La gente que yo conozco es de esa que, igual que lee libros de lo más variado, se equivoca de vez en cuando en la toma de sus decisiones. De la que toma decisiones racionales para asuntos del corazón, o emocionales para asuntos laborales. O quizá no, puede que sí use la intuición para el corazón y la razón para el trabajo, pero a veces se les cruzan los circuitos y las decisiones se toman con dosis de emoción y de razón inadecuadas y eso les lleva a grandes fracasos o, también a veces, a grandes aciertos.

De lo que sí estoy segura es de que, cuando usamos la intuición (y los expertos están empeñados en que cada vez la usemos más) los aciertos se disfrutan mucho más. A lo mejor también es mayor la sensación de fracaso y se produce una gran tristeza (pero en los ambientes literarios todos sabemos que de esos estados de fracaso emocional pueden sacarse historias estupendas, lo cual no deja de ser una ventajita, porque de los fracasos racionales no nos salen igual).

Es la cabeza (la razón) la que nos reconduce desde los éxitos o los fracasos y nos obliga a no emocionarnos o desilusionarnos más de la cuenta, así que  no la podemos dejar de lado. La fórmula mágica quizá sería usar a partes iguales razón e intuición, pensar e intuir, con equilibrio… con cabeza, con mucha cabeza y, mientras tanto, cruzar los dedos (por si acaso).

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2 pensamientos en “Con cabeza

  1. Quizás con el cerebro racional no debemos anular el emocional, pero de algo tendrá que servir la razón, digo yo, y yo creo que está bien para domesticar un poco al otro cerebro, pues es responsable de las emociones positivas pero también de las negativas, y si se descontrola y nos arrastra, está bien que exista una razón que nos eche un cable con la tristeza, las inseguridades, el miedo, la desesperanza, la soledad, la angustia, y otras…. y nos ayude a controlarlas, a relativizarlas, a superarlas…

  2. Sí, el cerebro racional es imprescindible para que sujete un poco al emocional o para que, libre y voluntariamente, decida, de vez en cuando, darle rienda suelta del todo. Pero que la parte emocional esté controlada. Lo ideal sería llegar a que nos permitiera disfrutar plenamente de las cosas buenas y nos impidiera hundirnos con las emociones “malas” pero eso debe requerir mucho entrenamiento.

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