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Decía Patricia el viernes que era hora de tomar el control, implicarnos en el presente y decidir. Ante los defectos de nuestro sistema político optar por hacerle desaparecer y llegar a una democracia total en la que cada decisión sea tomada por mayoría.  Es una idea genial pero, a la vez, poco práctica. Así como pasó en las asambleas del 15-M que algunas se eternizaban para llegar a un acuerdo, no hay sociedad, empresa u organización que pueda mantenerse con un sistema de decisión tan, tan descentralizado. Sí me parece interesante para muchas cuestiones que podrían ser votadas rápidamente por sistemas electrónicos pero, al final, siempre tendría que haber una estructura de “políticos” que dirigieran las instituciones (o funcionarios, pero eso está todavía peor visto). Y para elegir a los integrantes de esa estructura habría que recurrir al voto y esperar una mayoría, con lo que estaríamos otra vez en un sistema muy parecido al que tenemos, que las mayorías optan por olvidarse de que son representantes de un todo y actúan como si lo aceptable fuera  actuar en beneficio de uno mismo.

No son malas las mayorías. Y no tendría por qué serlo el sistema actual si no se hubiera viciado. Pero para muchos ya no hay ni opción de cambiar a los viciados, sino que hay que poner el sistema patas arriba. La única opción para que los movimientos de la calle lleguen a convertirse en un poder organizador es convertirse en partidos políticos (llámese asociaciones, asambleas o lo que sea), presentarse a las elecciones y ganar la confianza y los votos de una mayoría. ¿Y cuánto tardarán en olvidarse de que son representantes  para actuar en beneficio propio?

A lo mejor, esos grupos de investigación de universidades americanas que se dedican a hacer estudios de lo más variopinto, podrían probar a calcular el tiempo mínimo que tarda una persona cuando llega a un cargo en pensar que está por encima de todo y actuar por su cuenta, porque, una vez sabido esto, podríamos limitar cualquier tipo de mandato o responsabilidad pública a ese tiempo y conseguiríamos varias cosas: 1. Que nuestros políticos tuvieran menos tentaciones, 2. Que hubiera mayor alternancia en todos los poderes públicos, y, con ello, que se abriera ese camino a más gente, reduciendo el riesgo de acumular poder en las mismas personas.

No sé, es una idea. A mí los movimientos de calle me parecen imprescindibles, pero mientras no haya un apoyo realmente mayoritario no servirá de nada. Lo que a mí más me preocupa es que a cuenta de todo este lío de si el sistema funciona o no hay una tendencia a radicalizar posturas y a no ver ni querer entender las posturas de otros. Han proliferado los tolerantes que no toleran las ideas de otros. Algo que, pareciendo un contrasentido, cada vez veo y oigo más. Y eso sí me preocupa porque es algo que puede dar al traste con cualquier tipo de iniciativa. Hay mucha gente harta pero cada vez hay más hartos e intolerantes que, enfrentados a los intolerantes que disfrutan del poder tienen una difícil mezcla, porque unos y otros quieren tomar el control con posturas irreconciliables. Claro que hay que pensar en tomar el control pero ¿a quién se deja que lo haga?. ¿De verdad están preparados? ¿Van a alcanzar mayorías necesarias? A mi cada vez me cuesta más pensar en todo esto. Porque no lo entiendo, pero me preocupa.

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2 pensamientos en “Tomar el control

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