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Carmen denunció el empleo de la neolengua, esa actual que utilizan nuestros opacos políticos que consiste en  buscar palabras alternativas para designar una realidad con la finalidad de ocultar esa realidad.

Muchas veces, el elegir una u otra palabra para designar algo cambia la percepción de ese algo por parte del interlocutor. No es sólo que un hecho en sí contado de dos formas distintas, y siendo el mismo, se perciba de manera completamente distinta (el famoso “no es lo mismo decir que me voy a la casa del pueblo que al chalet en la sierra”). Es que, simplemente, el usar una palabra en lugar de otra para nombrar algo lo cambia todo, aun cuando teóricamente significan, si no exactamente lo mismo, al menos algo muy parecido. Y esto es así porque el lenguaje, además de ser denotativo –es decir, además de definir o representar algo- es connotativo –lleva asociados una serie de juicios y valores.

Ayer leí en prensa una entrevista en El País al subdirector de Fedea, en la cual éste decía que había que sanear el capital humano. Casi siempre y por costumbre me gusta leer algún comentario de los lectores. Y me llamó la atención la indignación generalizada porque este señor, para hablar de las personas, había escogido el término “capital humano”. Estoy segura, a juzgar por muchas de las apreciaciones que leí, que fue tal la irritación que un buen número de lectores ni siquiera pasó de la lectura del primer titular. ¿Y por qué nos molesta que cuando tanto “persona” como “capital humano” denotan una misma cosa –es decir, a nosotros, hombres y mujeres,  como género, con nuestras piernas, nuestros brazos, nuestra corriente sanguínea, nuestro mal humor por las mañanas, etc… se haya usado un término en lugar de otro? Por el contexto. Capital humano es como se designan a las personas dentro del contexto  empresa. En ese contexto, la empresa es el ente principal, y en ese contexto, el capital humano es sólo una de las partes –imprescindible, eso sí- para el funcionamiento de la misma. Lo principal es la empresa, el capital humano es un medio para que ésta pueda existir.

Sin embargo, cuando se utiliza el término ciudadanos, también se refiere a las personas en un contexto en el que el ente principal es la ciudad,  y los ciudadanos sólo forman parte de ella. Pero en este caso no nos resulta ofensivo.

Volvería al contexto, y es que en general, al igual que con la clase política, en general existe entre la población un notable rechazo frente a los empresarios. Uno de los comentaristas de la entrevista que citaba antes opinaba que uno de los problemas de la economía española era la poca calidad del empresariado, refiriéndose a la dudosa ética que les movía. Llevamos semanas hablando de que la crisis moral que vivimos no es aplicable sólo a la clase política sino a la sociedad en su conjunto, por qué iba a ser el sector empresarial una excepción.

El caso es que me resulta positivo que palabras como ciudad, o ciudadanos, no hayan adquirido una connotación negativa a pesar de los tiempos que corren. De hecho, en muchas ciudades está surgiendo un espíritu de regeneración, solidaridad e iniciativas de rehumanización (vecinos que por barrios organizan bancos de tiempo, seminarios, talleres, manifestaciones artísticas…..), que al menos a mí me hacen ganar en este contexto la fe que he perdido en otros. No todo está perdido. Y hay mucho por hacer para crear connotaciones positivas y realidades que no sea necesario camuflar. Porque el problema no está en las palabras.

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