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Decía Patricia en su artículo del viernes que “el problema no está en las palabras”.  Y es verdad que el último de nuestros problemas ahora mismo son las palabras. Porque ellas en sí no suponen ningún problema, el problema está en los significados.

Esa Neolengua absurda de la que nos hablaba Carmen ni siquiera llega a cumplir la utilidad para la que se crea puesto que, a pesar de que el nivel medio del español medio en el conocimiento de cualquier idioma extranjero deja mucho que desear, la Neolengua exige para cumplir su función de sustituir significados “delicados” un alto grado de inocencia y credulidad en los destinatarios del mensaje.  Quizá en un mundo ideal en el que la gente es inocente y confiada las neolenguas tengan sentido. Si se utilizan nombres diferentes la mayoría de las personas  pueden dar por supuesto que el significado sea diferente, porque no tienen muchas preocupaciones y no están prestos a pillar el más mínimo intento de engaño enseguida. Pero no vivimos en un mundo ideal, más bien al contrario en cuanto al grado de confianza en quien emite el mensaje, y ya las palabras inventadas no cuelan. El desahucio es un desahucio lo llames cómo lo llames y esa larga denominación del “recargo complementario temporal de solidaridad en las rentas de trabajo y capital” da verdadera risa leerlo (la que no dará pagarlo).

Y es más, con este sentimiento de desconfianza general ya no nos creemos nada: si nos dicen que algo va bien, pensamos que nos están ocultando que va mal pero, si nos dicen que algo va mal, enseguida creemos que nos están ocultando que  de verdad las cosas van mucho peor. Así que, de tanto jugar con el lenguaje, de tanto vaciar a las palabras de su sentido real, nos hemos quedado con un lenguaje vacío: hemos vaciado las palabras de significado.

Es verdad que es en el sector político en el que más se nota pero, cual epidemia de película americana, el virus se está extendiendo a todos los ámbitos y dejamos de escuchar las palabras, porque ya nada son, y nos fijamos en quién las dice y cómo las dice. Hay telediarios que producirían la misma sensación en los televidentes si se emitieran sin sonido y sin subtítulos. Porque ya les vamos viendo la cara de mentirosos que ponen y, digan lo que digan, nos da exactamente igual.

El problema es que algún día llegará alguien, o alguienes, que no mientan, que no usen trucos de lenguaje y que quieran usar las palabras para transmitir sus ideas, sus buenas ideas para conseguir un mundo mejor y, si no hacemos algo cuanto antes, cuando esa gente llegue se encontrará las palabras vacías.

Así que para que cuando lleguen los honestos, los sinceros, tengan herramientas con las que transmitir sus ideas y no dejarles todo el trabajo a ellos solos, deberíamos ir empezando por volver a llenar las palabras. Cientos, miles de palabras llenas, serán el mejor instrumento para conseguir unir fuerzas reales de cambio. Necesitamos gente, mucha gente, honesta, valiente, inteligente, preocupada por el bien común, pero también necesitamos palabras, todas las palabras posibles y, eso sí, bien llenas.

Y  que muro a muro la ciudad (3)

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